Superar la envidia

Superar la envidia
En los procesos colectivos que acabamos de describir, la envidia desaparece porque nos olvidamos de nuestro Yo y del problema de su valor. Ya no nos comparamos con los demás, sino que, junto con ellos, nos identificamos en una entidad que nos trasciende.
Estas fuerzas colectivas; sin embargo, se presentan, con frecuencia, de manera irracional y violenta y se sustraen a nuestra voluntad. No somos libres de convertirnos a una fe religiosa o política, no podemos enamorarnos a voluntad. La mayor parte de nuestra vida transcurre en lo cotidiano. Pero precisamente es entonces, en la vida cotidiana cuando no ocurre nada, cuando nada nos arrastra fuera de nosotros mismos, pues, cuando sentimos la necesidad de indicaciones que nos permitan liberarnos de la envidia, utilizando la inteligencia.
Se suele decir que en el mundo del espíritu no existen recetas, reglas fáciles. Debemos absolutamente dudar de los manuales y de los consejos. El camino maestro es únicamente el camino
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de la observación y de la reflexión sobre nosotros mismos, mediante los instrumentos intelectuales que poseemos.
Por eso este libro podría terminar aquí, no agregar nada más. Que cada uno recoja los frutos del mejor modo posible de lo que aprendió en él, si es que había en él algo que aprender.
Sin embargo, me parece que se puede dar un pasito más adelante. Podemos recapitular algunos de los puntos ya estudiados a fin de buscar en ellos una indicación, una sugestión para la acción, una huella que nos puede servir de guía.
1) Animo
Todos los seres humanos tratan de sobresalir por encima de los demás, para ser preferidos, amados, admirados, adorados. Es un certamen no declarado, una competencia implícita, en la que, no obstante, siempre hay un ganador y un perdedor.1 La envidia es una reacción ante la derrota, es el intento de negarla y para hacerlo buscamos deméritos en los que nos han superado, los condenamos moralmente y al mismo tiempo condenamos al mundo que los ha valorizado. La envidia, como ya lo hemos visto, es el intento forzoso, arbitrario, de encontrar un orden moral incluso en las esferas de la vida en las que no existe dicho orden.
Los griegos habían comprendido claramente
1 Eugéne Raiga: L’envie, op. cit, pág 2. 268

que hay esferas de la existencia en las cuales los resultados dependen del mérito de los hombres, y otras, en cambio, en las cuales la capacidad y la virtud no tienen ninguna importancia porque pertenecen al dominio de la moira, el destino, en las cuales todas las explicaciones carecen de sentido y todas las comparaciones son imposibles.
Los seguidores de las religiones monoteístas apelan a la inescrutable voluntad de Dios o a su misteriosa predestinación.
Por eso, todos estamos llamados a dar lo mejor de nosotros mismos, a brindarnos, a prodigarnos, a luchar, pero teniendo clara conciencia de que no fuimos nosotros autores de lo que somos: varones o mujeres, blancos o negros, europeos o asiáticos, sanos o enfermos; con la conciencia de que nuestras virtudes y nuestros valores dependen de la sociedad en la que nacimos, de la época histórica en la que vivimos. Es muy poco lo que podemos atribuir totalmente a nuestro mérito.
El envidioso hace exactamente lo contrario. Busca siempre una razón de mérito para sí, de descrédito para el otro y, para justificar su propio fracaso, ve engaños y enredos por todos lados.
Si queremos sustraernos a esta debilidad debemos tratar de cultivar en nosotros mismos la capacidad de afrontar, con serenidad, tanto la fortuna como los infortunios, de afrontar impávidos hasta el resultado más absurdo, más amargo. Podemos llamar a esta virtud, fuerza de ánimo, que es una forma de la valentía. Valentía en la lucha, valentía ante la derrota, valentía ante la catástrofe.
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El envidioso siente lástima de sí mismo, se lamenta. Para triunfar sobre la envidia, debemos aprender a no hacerlo, ni siquiera cuando tenemos razón, ni siquiera cuando nos sentimos profundamente heridos. Hasta el niño aprende a no lloriquear, a controlarse. Y, poco a poco, su miedo desaparece.
Es una actitud de firmeza, que alguna vez se llamó viril. Es la disposición de ánimo con la que el guerrero afronta la batalla. El sabe que la muerte no obedece a una ley moral, no hiere a los malvados y evita a los justos. Llega por casualidad, por una bala perdida, por una bomba que estalla ahí, muy cerca.
El guerrero sólo debe vencer el miedo, combatir valientemente, con los sentidos vigilantes, la mente lúcida, el cuerpo dispuesto a dar el salto. Y pensar lo menos posible en sí mismo.
2) Emulación
La envidia es un mecanismo de defensa, una huida para evitar una confrontación de la que nos sabemos perdedores, en la cual nos sentimos derrotados. El envidioso escruta con recelo a todos aquellos que sobresalen, que se destacan, a todos aquellos que han hecho algo bueno o hermoso. Los desvaloriza, se mofa dé ellos, los ofende, los difama. De ese modo no está obligado a medirse con ellos. Se refugia en la maledicencia.
Una manera de superar la envidia es decidir hacer exactamente lo contrario. También encon-
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tramos aquí la valentía y, en su forma más sencilla, directa, como virtud del comienzo.2 Dominar nuestra repugnancia y mirar con atención a aquellos que son mejores que nosotros a fin de aceptar el desafío que ellos nos lanzan con su ejemplo. Elegir el camino de la emulación, sin tener la absurda pretensión de llegar pronto a la cima, de conquistar el primer puesto. Porque eso se llama desconsideración, arrogancia, soberbia. Aceptar el desafío significa, ante todo, fijarse objetivos posibles, metas alcanzables. El deporte no les exige a todos alcanzar la medalla de oro en las Olimpíadas, sólo exige competir, desempeñarse del mejor modo posible, cada uno en su categoría, cada uno en el campo de sus posibilidades.
Del Maratón de Nueva York participan los grandes campeones olímpicos, pero también lo hacen millares de ciudadanos comunes, y hasta los inválidos en sus sillas de ruedas. Estos no se proponen llegar primeros, x ero de todos modos luchan para alcanzar la meta, para mejorar su marca anterior.
Los anima el gusto por la competencia, el placer de superar un obstáculo, la alegría de desempeñarse lo mejor posible.
Pero el ejemplo más grande de superación de la envidia en la sociedad moderna es el que ha dado la competencia económica. Las empresas que compiten, se escrutan, observan con mucho cuidado las mejoras que alcanzan las demás a fin
2 V. Jankélévitch: Trattato delle virtú, Milán, Garzanti, 1987, págs. 123-124.
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de imitarlas, neutralizarlas, derrotarlas. En lugar de desviar la mirada ante el éxito del adversario, lo estudian profundamente a fin de comprender qué estrategias ha empleado. Todas las grandes escuelas de business administration se fundan en el estudio de casos concretos.
En la competencia económica el éxito del otro produce no desesperación, envidia y difamación. Sino interés, investigaciones de las cuales surgen preciosas enseñanzas.
Esta es la extraordinaria fuerza que, mediante la competencia, produce el continuo mejoramiento de las técnicas, de la calidad y, por lo tanto, el progreso. .
En la ciencia experimental se cumple un proceso análogo. El científico aprende rápidamente a dejar de lado su perversidad envidiosa y a utilizar el resultado de su colega como un nuevo punto de partida.
El deporte, la competencia económica y la investigación científica son los tres grandes sectores en los cuales la sociedad moderna ha logrado neutralizar la envidia. Por eso, esos sectores nos ofrecen el modelo que podemos usar en nuestra lucha personal contra este sentimiento paralizante.
La envidia es una estratagema para sustraerse a la confrontación, para conservar nuestro valor sin exponernos, sin arriesgarnos, manteniéndonos bien protegidos, en lugar seguro, circundados por una red protectora de mentiras, mientras intoxicamos el ambiente exterior con el gas venenoso de la maledicencia. A fin de doble-
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garla debemos salir a la luz, exponernos al riesgo, y, finalmente, mirar al enemigo a la cara. Suponiendo que realmente se trate de un enemigo y no de un conjunto de fantasmas productos del miedo.
En la competencia estamos obligados a permanecer vigilantes, atentos, a modelarnos según el parecer del mundo externo, a captar todas sus pequeñas vibraciones. Y, al Hacerlo, admitimos que estamos obsesionados por nosotros mismos y por el insoluble problema de nuestro valor.
La envidia es un atasco de nuestro impulso vital, un vórtice que absorbe nuestras energías. Para poder salir de él debemos revertir el movimiento desde el interior hacia el exterior, de lo cerrado a lo abierto, de la conservación al desprendimiento, del miedo a la valentía. Todo esto equivale a zambullirse nuevamente en el impulso de vida. La vida que avanza feliz, riesgosa, ávida, una vida que ha perdido la rigidez de los resultados, las fórmulas, los objetos que hay que conservar.
3) Sinceridad
El envidioso miente. Se miente a sí mismo cuando desvaloriza a la persona que admira, miente ante los demás a fin de esconder su envidia, de parecer desinteresado, objetivo.
Mentira y mala fe constituyen una telaraña en la cual el envidioso queda enredado y de la cual no logra salir. La liberación requiere que se
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rompa esta telaraña, que se empiece a ver la envidia en uno mismo y para ello hay que decirse claramente: “Sí, soy envidioso. Lo que digo y lo que pienso es producto de la envidia.”
El envidioso es un fullero que no admite su condición, mientras acusa a todos los demás de tramposos. Si reconoce que él lo es, por lo menos ya no puede indignarse con los demás, ya no puede desempeñar el papel de moralista.
El trabajo del envidioso, como hemos visto, falla porque él no se siente seguro de sí mismo. Trata de convencerse y de convencer a los demás, pero la duda reaparece. La mala fe es una estrategia para acallar las dudas, que, sin embargo, permanecen como un rencor y piden la palabra. Por lo tanto, es mejor dejarlas hablar abiertamente, abrirles la puerta y reconocer, por lo menos ante nosotros mismos, el engaño que hemos urdido.
Quien admite ser envidioso y, por lo tanto, admite que miente, ya ha derrotado a medias el trabajo de la envidia. Y puede experimentar un profundo sentimiento de alivio por no tener que continuar con un juego que lo envilece.
En cambio, es verdad que resulta mucho más difícil admitir nuestra envidia ante los demás. Porque ello equivale a decir: “Cuidado que soy un mentiroso, que cuando emito un juicio no lo hago de manera objetiva, sino que trato de engañar.” Es una confesión, dura, heroica y resulta muy difícil aconsejarla aunque, en algunos casos, quizá fuera saludable.
Lo que en cambio no sirve y hasta resulta
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contraproducente es explicar la envidia misma, encontrarle una motivación. Por ejemplo, atribuirla a alguna experiencia infantil, transferencia de una emoción experimentada hacia los hermanos o los padres. Porque toda explicación es una legitimación. La. moral es el campo de la voluntad y de la libertad. Todo lo demás le estorba y le pone obstáculos.
4) Apertura
Hemos visto que se necesita fuerza de ánimo para afrontar la suerte, valentía para volver a empezar después de una derrota, transparencia para admitir la propia mezquindad. Y también es necesaria una cualidad que no tiene nada que ver con la fortaleza, sino que está relacionada con la apertura, el optimismo, la alegría. Una cualidad solar que nos lleva hacia los demás. Un impulso vibrante hacia todo lo que, espontáneamente, estaríamos dispuestos a admirar.
La envidia es una fuga de aquello que deseamos, de aquello que estamos dispuestos a amar. Porque no soportamos el hecho de verlo encarnado en otra persona. Porque hemos abierto un abismo insalvable entre esa persona y nosotros.
Pero esta fractura, esta separación del objeto, llega a ser automáticamente una separación de nosotros mismos, de la matriz ardiente de nuestros deseos y de nuestros sueños, que ya no podemos alimentar, nutrir.
En su esencia, la vida es una continua asi-
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milación de los demás, de lo nuevo. Si ese proceso se interrumpe, si el organismo quiere seguir siendo él mismo, sin absorber en su interior el mundo externo y sin perderse, sin renovarse, se detienen sus catabólicos, su metabolismo se desacelera, se envenena y muere. La envidia es una enfermedad del proceso de renovación vital. Es una enfermedad del envejecimiento.
Puede aparecer a cualquier edad. Porque hay un envejecimiento en cada período de la vida, del mismo modo en que en cada período de la vida hay fases de renovación, de renacimiento, de juventud. Los espíritus creativos son capaces de recrear en su interior una frescura extasiada ante el mundo. Una mirada ingenua, infantil, que observa cada cosa como si lo hiciera por primera vez. Que descubre el misterio, la profundidad, la riqueza de cada ser viviente.
Tenemos esta mirada en ciertos estados de gracia. Pero también podemos cultivarla en nosotros mismos dominando voluntariamente la presunción de saber, la indiferencia, el cinismo, los prejuicios, las ideologías, los rencores, todas las murallas, las barreras, los obstáculos que nos impiden encontrar a los demás, darnos cuenta de que experimentan nuestra misma alegría y nuestras mismas angustias. Que en realidad, las diferencias que nos separan de ellos no son nada, sólo son fantasmas de nuestra imaginación.
En el fondo, todos nosotros tenemos una tendencia a mirarnos mutuamente rechinando los dientes. La envidia es un rechinar de dientes ante quien se nos acerca, ante quien nos supera, an-
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te quien se nos adelanta aunque sólo sea un paso. Pero la civilización ha crecido comprendiendo al otro, identificándose con él, participando de su vida, adquiriendo su diversidad.
Esta no es una invitación genérica a querer a todo el mundo. No podemos amar a cualquiera. Es justo y legítimo reconocer a nuestros enemigos y combatirlos. Pero, aunque sean nuestros enemigos, podemos comprenderlos, apreciar sus valores, estimarlos. Con los enemigos hasta se pueden hacer las paces, y, algunas veces, establecer una amistad duradera.
Lo que debilita el ánimo no es la claridad de la lucha, sino el caldo de cultivo de la mala fe, el rumiar rencoroso, el carácter obtuso del espíritu, la miseria moral. Es mejor tener una actitud mental abierta, disponible, aun a costa de pecar de simple o de ingenuo. Para corregir un cinismo y un pesimismo paralizantes, es necesario correr el riesgo de la pureza del corazón.
5) Imparcialidad
La envidia es una parodia de la justicia. Se viste con sus ropajes a fin de difamar. El envidioso está siempre dispuesto a indignarse, a estigmatizar. Junto con la maledicencia, esta característica confiere un sello inconfundible a su personalidad.
No puede buscarse la respuesta psicológica y moral a este vicio, a esta debilidad, apelando genéricamente a la bondad de ánimo o a la com-
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prensión, sino que sólo puede encontrarse en la rigurosa aplicación de un criterio racional de justicia.
En este tema tenemos tres caminos maestros.” Uno señalado por Bentham, el utilitarismo, nos prescribe actuar de manera tal que aumentemos al máximo de nuestras posibilidades la felicidad colectiva. Este criterio puede aplicarse con relativa facilidad en la ética pública, pero poco nos ayuda en nuestras relaciones con un individuo como en el caso de la envidia. Y la mala fe envidiosa puede encontrar fácilmente argumentaciones en su favor, descubrir una utilidad colectiva donde le conviene.
El segundo camino es el señalado por Kant: “Procede basándote en la máxima que quisieras que se adopte como ley universal”.
En la conducta concreta este imperativo es, sin embargo, de difícil aplicación y se presta a ser utilizado por la mala fe. Con frecuencia, el envidioso se siente con el espíritu de un cruzado y quiere erigir en norma universal su mala disposición y su rencor.
Por esa razón en nuestro texto nos hemos referido muchas veces a la posición fundamental de Rawls, en la cual debemos establecer el criterio de justicia sin saber cuál es nuestra posición. Sobre todo, sin saber si nos encontramos del lado del envidioso o del envidiado, del que tiene éxito o del que no lo tiene.
3 Véase F. Alberoni y S. Veca: L’altruismo e la morale, op. cit.
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En su más elemental aplicación práctica, este principio requiere que me ponga en él lugar del otro, lo coloque a él en mi lugar y no pronuncie ningún juicio hasta haber hecho mentalmente este experimento de buena fe.
Todo esto sólo es posible si respeto al otro, si respeto su ser. Iodo ser humano merece este respeto, porque vivir es difícil, implica dolor, requiere esfuerzos, cansancio. Siempre debemos tenerlo presente cuando hablamos con otra persona, cuando la juzgamos, cuando observamos lo que ha realizado.
A veces quedo sorprendido y ofendido cuando oigo que alguien juzga en un tono de aprecio y estima a un gran director, a un gran escritor o un gran filósofo. Dejo a un lado, con superficialidad, después de apenas hojearlo, un libro que ha costado años y años de trabajo. ¿Con qué derecho faltamos tan profundamente el respeto al trabajo ajeno?
Imparcialidad significa prestar a cualquier otro la misma atención y el mismo respeto que justamente pido que se me preste a mí. Significa aplicar al otro la misma vara que exijo para que se me mida a mí.
6) Concentración
Para realizar una obra verdaderamente grande y, por lo tanto, tener un real y duradero éxito es necesario no desearlo, no buscarlo, no obsesionarse con ello. En lugar de eso es mejor no
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pensar en modo alguno en el éxito y concentrarse, en cambio, en la calidad del trabajo apuntando únicamente a la perfección.
Expresada de este modo, ésta parece una de esas máximas edificantes que sirven para consolar a los desafortunados y a los perdedores. En cambio, no se trata en modo alguno de una máxima moral, sino que es un fenómeno real y observable. Un fenómeno, debemos añadir, paradójico. Porque, para alcanzar el éxito es necesario tener el deseo de sobresalir, sentirse profundamente motivado, mirar derechamente la meta, darse, prodigarse. Pero, por otro lado, al mismo tiempo, hay que desinteresarse, no buscar el éxito.
Algo parecido a lo que ocurre con la felicidad. No podemos encontrar la felicidad si no la buscamos, si no nos dirigimos a lo que nos gusta, si no creamos la situación en la cual podemos encontrarla. Pero, si queremos capturar la felicidad con seguridad, cierto domingo o en determinadas vacaciones, casi siempre quedamos desilusiona dos. Porque nuestro deseo crece enormemente nos volvemos impacientes y cualquier contra tiempo termina por amargarnos. Así nunca podremos ser felices. Para ser felices debemos saber aceptar el fracaso y el infortunio, no espe rar nada; entonces, la felicidad, imprevistamen te, aparece. Como un don gratuito, como uní gracia.
El éxito es, ante todo y en su esencia, reconocimiento público, aplauso, clamor, chismorreo. Quien tiene este reconocimiento en la mira, quien quiere la aprobación de la gente, quien pro-
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cede teniendo en cuenta este fin, quedará inexorablemente fuera del camino.
En realidad, toda innovación, toda obra creativa, se anticipa a su época, a las necesidades de aquellos que luego la aplaudirán. Si nos concentramos en lo que éstos piensan y desean hoy, terminaremos por recibir su influencia, por plegarnos a sus prejuicios.
El que se preocupa por el éxito llega a ser esclavo de la opinión pública y queda trastornado por ella. Para resultarles agradables a todos debemos hacer concesiones en todas las direcciones, dividirnos, hacernos añicos, esparcirnos en mil zalamerías diferentes. Por el contrario, la obra que vale es siempre algo unitario y definido. Por lo tanto, el fruto de una elección, de una exclusión intransigente.
Está también el peso de la agresividad de aquellos que nos circundan. Las personas que nos envidian procuran deliberadamente hacernos caer en el error. Nos felicitan cuando hacemos cosas mediocres, que no les molestan, pero nos atacan ferozmente cuando somos originales e innovadores. Tratan de inhibirnos, de atemorizarnos, de hacernos titubeantes e inseguros.
Sin embargo, si bien la envidia de los demás es peligrosa, nuestra propia envidia engendra un peligro todavía mayor. Si, en lugar de concentrarnos en nuestra obra, empezamos a pensar en aquellos que tienen éxito y nos atormentamos envidiándolos, perdemos nuestra frescura interior y nos volvemos sordos y ciegos. Ya no vemos lo que vale, ya no nos sentimos estimulados a mejorar,
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ya no logramos aprender. El envidioso mira hacia afuera de sí mismo, únicamente para buscar lo que lo aleja de la meta.
Por eso, hagamos lo que hagamos, sea cual fuere nuestro trabajo, no podemos tener el éxito como meta. La única salvación consiste en concentrarse en la obra y en tratar de realizarla de manera perfecta. El éxito, cuando llegue —si llega—, será un don gratuito.