Sociedad antigua y sociedad moderna

Sociedad antigua y sociedad moderna
¿Son más envidiosas las sociedades antiguas o las modernas? Probablemente las antiguas. La imagen de una sociedad primitiva y de un mundo campesino formado por comicidades armónicas y serenas carece por completo de fundamento. Los pensadores que, como Rousseau o Durkheim, sostuvieron esta tesis fueron presa de un deslumbramiento.
La envidia surge de observar al vecino, de compararse con él. En su forma más primaria es envidia del alimento, deseo de apoderarse de él cuando el otro come. También en nuestro campo, cuando las familias campesinas guisaban algo especial, mandaban un plato de regalo a los vecinos para que lo probaran y para que no experimentaran envidia. Pero la envidia se manifiesta en su máxima expresión en las pequeñas comunidades, en las cuales la gente vive una junto a la otra, en la que todos desarrollan casi la misma actividad, es decir, en la cual todos pueden ponerse en el lugar del otro.
Durkheim pensaba que esta gente tan pare-
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cida, que comparte las mismas creencias y que tiene las mismas divinidades, se siente profundamente ligada, solidaria.1 Esto es cierto, pero únicamente respecto de una tribu diferente, enemiga. En su interior, en cambio, están dadas todas las condiciones para que exista la identificación envidiosa.
La literatura antropológica es muy rica en ejemplos de envidia en el mundo primitivo y de sus manifestaciones en forma de “mal de ojo” y brujería. Además, en estas sociedades, los individuos tienen miedo de sobresalir, de adquirir algo más que los demás, porque saben que con ello desencadenan el odio envidioso. Por esa razón todos permanecen inmóviles, evitan las innovaciones.
Una primera expulsión de la inexorable inercia envidiosa comienza a producirse cuando, gracias al excedente producido por la agricultura, se diferencian una casta sacerdotal y una aristocrática. Estas castas se protegen de la envidia de las masas, creando entre ellas y los demás una distancia sagrada, ritual. Las grandes sociedades fluviales, Egipto y la Mesopotamia, surgen así, con reyes divinizados y un clero que monopolizaba el saber. En todos los grandes imperios del pasado, del chino al incaico, aparecen distinciones análogas.
Grecia dio una posición autosuficiente y una aportación muy particular. Allí no se formaron imperios, sino pequeños estados ciudades. En
1 Es la célebre tesis sostenida en La divisione del lavo-ro sociale, Milán, Comunitá, 1963. [Hay versión en castellano: La división del trabajo social, Tbrrejón, Akal, 1982.]
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ellos la envidia está extremadamente más difundida y se traduce hasta en conflictos entre las clases sociales, con lo cual se producen las primeras ideologías igualitarias. Pero se trata de una ideología controlada y dirigida a metas innovadoras mediante una extraordinaria elaboración cultural, que se canaliza en competencias individuales.
Grecia era una sociedad de artesanos y de mercaderes que competían entre sí y con los demás en el mercado. Pero la competencia se extendía mucho más allá. Pensemos en la importancia de los cotejos deportivos que culminaban en las Olimpíadas. Había instituciones análogas en la filosofía, cuyos sabios no podían encerrarse en la reserva y el secreto como los gurúes de la India o los sacerdotes egipcios. Debían ascender al agora, exponer su tesis y demostrarla. Todos podían escuchar, todos podían juzgar esgrimiendo sus razones. Lo mismo ocurría en el campo de la política. El demagogo debía exponer sus propuestas en público, solicitar los votos y luego rendir cuentas de lo obrado.
Haciendo esto, los griegos ampliaban al máximo el campo de las acciones en las cuales el resultado dependía del mérito personal, de la virtud entendida como arete, excelencia.
Fuera de esta esfera luminosa, en la que cada individuo recibe lo que merece, se extiende una zona oscura, ininteligible. Es el terreno del destino, de la moira, que significa parte, cuota, porción. Todas las cosas buenas o malévolas se distribuyen entre los seres humanos, incluso entre todos los seres vivientes, de manera desigual
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y no hay una razón ética que justifique esta desigualdad. La moira es una divinidad impersonal que procede más allá de toda comprensión, más allá de la justicia. Ante ella hasta los dioses son impotentes, hasta Zeus.
Sin embargo está allí la esfera luminosa, en la cual el individuo puede afirmarse gracias a su valor. Y debe hacerlo, no puede echarse atrás. Pero pasado cierto umbral, irrumpe lo incomprensible, la tragedia, que únicamente puede afrontarse con viril dignidad.
El modelo cultural griego entra en crisis con la formación de los reinos helenísticos. Se crean grandes Estados en los cuales vuelven a afirmarse las aristocracias hereditarias y las monarquías divinizadas. Luego estos reinos quedan absorbidos por Roma en un único, gran imperio universal.
En un sistema tan amplio, y en el cual existen desmesuradas diferencias de riqueza y de poder, es imposible atribuir lo que corresponde al mérito del individuo, a su virtud, en una competencia reglada. Por lo tanto se difunden un profundo sentimiento de injusticia y de impotencia y la idea de que el mundo es intrínsecamente malo, como en las doctrinas gnósticas.
Durante toda la época helenística, la gente tiende a reunirse en pequeñas comunidades, voluntariamente, dejando afuera los sentimientos malvados, la animosidad, la mezquindad, el odio, la envidia. Es lo que prescriben los estoicos y los epicúreos, es lo que piden las religiones que prometen la salvación.
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Ya no hay un mecanismo social, general, universal referido a todos. En su complejidad, la sociedad queda abandonada a las fuerzas del mal. Se salva una isla, un grupo formado por personas que procuran edificar una ciudad santa, ideal.
También el cristianismo se difunde así. Como conjunto de pequeñas comunidades de hermanos que se aman y que expulsan de su seno la maldad del mundo. Algunas lo hacen en la forma cenobita, otras como asociaciones de individuos y de familias que permanecen en el mundo, pero separándose espiritualmente de él. Asociaciones en las que se refugia el individuo no sólo a fin de practicar su culto, sino también a fin de encontrar en ellas una atmósfera serena y buena, carente de competencia y de envidia.
Con la aparición de las grandes religiones de salvación desaparece la idea de una fuerza impersonal que establece, sin razón, las partes, la moira, el destino del individuo. Todo se le atribuye a la inescrutable voluntad de Dios. Dios está en la raíz de todas las diferencias y si éstas parecen caóticas y sin sentido, ello se debe únicamente al carácter limitado de nuestra inteligencia. En el plano divino todo es sabiduría y justicia.
Pero el mundo se ha alejado del proyecto divino y en él han hecho irrupción el mal, el odio, la maldad. Todas las religiones de salvación, de una u otra manera, anuncian el fin de esta época de perdición y señalan al hombre una tarea moral que debe realizar.
Según el cristianismo los hombres deben
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amarse como hermanos. Vivir juntos sin odio, ayudándose recíprocamente. Pero también sin desear lo que tienen los demás, sin envidia. Para que esto sea posible, es necesario que cada individuo limite sus” deseos, reduzca sus pretensiones, su avidez, se contente con poco.
Ya en los diez mandamientos estaba la prescripción “no desear los bienes ajenos”. Pero ahora la invitación se hace más radical: “No desear intensamente ningún bien del mundo. Y lo que tengas de más preciado dáselo a tu prójimo”. Al mismo tiempo se desvalorizan las riquezas, los honores, todo lo que mueve a envidia. A los ojos de Dios no son nada, y no tienen ningún valor en su plan providencial. Durante siglos y siglos, el ideal de la comunidad cristiana continuará siendo el renunciamiento.
El ideal buscado en las pequeñas comunidades se transfiere a toda la sociedad. Pero lo que podía realizarse, aunque fuera con grandes esfuerzos y con el estímulo entusiasta de los movimientos dentro de las comunidades reducidas, ciertamente no lo era posible en la sociedad en su conjunto. La idea de transformar a toda la sociedad en una única comunidad de hermanos estaba destinada a fracasar.
En Europa se desarrolla una orgullosa aristocracia militar y, luego, una floreciente burguesía mercantil. Tanto la primera como la segunda descubren el gusto por la riqueza, por los honores y restauran el valor de la competencia.
El cristiano estará siempre dividido entre estas dos polaridades. Empeñado en el mundo,
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en la guerra, en la competencia, en el comercio, experimenta un permanente sentimiento de culpa y sueña con poder desembarazarse de todos los deseos mundanos a fin de vivir en la pobreza, en la plegaria, en el altruismo. Por eso el deseo de los bienes y de los honores ajenos llega a ser la señal del fracaso de sus propósitos espirituales, la victoria del mundo con sus tentaciones.
Para el cristiano desear la riqueza, el éxito, los honores, equivale a desear para sí y no para los demás, faltar a la regla fundamental del altruismo y de la fraternidad. Este espíritu se ha transferido sucesivamente —haciéndose laico— a las corrientes políticas socialistas y ha animado, durante los dos últimos siglos, la hostilidad contra el capitalismo que, en cambio, requiere competencia, deseo de éxito.
Max Weber y, después de él, legiones de sociólogos y de historiadores se esforzaron por explicar la aparición de una ética de la competencia, partiendo del protestantismo. En los países protestantes se suprimieron las órdenes monásticas y su ideal de una vida apartada del mundo. Y se difundió la idea de la predestinación; el aspecto duro, incomprensible, no caritativo de Dios, que distribuye a su gusto la salvación y la condenación, más parecido a la moira griega que al crucificado.
Pero el gran cambio llegó con el revolucionario descubrimiento de que los egoísmos, la avidez, la persecución del propio interés, oportunamente reglados, producen no solamente riqueza para todos, sino también una justicia mayor. El utilita-
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rismo de Bentham y la teoría económica de Adam Smith nacen juntos, uno es el complemento de la otra.
A fines del siglo XVIII ya se había constituido en Inglaterra un modelo ideal alternativo. No es necesario tratar de constituir una comunidad de iguales y de hermanos que renuncien a sus deseos y a sus posesiones en favor del prójimo. No es necesario condenar los intereses y la competencia. En cambio es necesario crear reglas equitativas de competencia, gracias a las cuales se recompensará a los virtuosos más que a los demás. En suma, que no hay que buscar la igualdad y la pobreza, sino la justicia, de modo tal que se asignen las diferencias, según el mérito.2
La larga y secular lucha entre socialismo y capitalismo fue también una lucha entre estas dos concepciones de la vida social. La primera tiene sus raíces en la comunidad ideal helenística cristiana. La segunda, en cambio, redescubre, después de milenios, la competencia griega. La confianza en la discordia benigna, la eris benigna, recompensadora de los méritos.
Durante casi dos siglos estas concepciones se enfrentaron e inspiraron diferentes regímenes políticos contrapuestos. En el siglo XX animaron verdaderas guerras ideológicas, hasta que sobrevino el colapso del sistema comunista y la victoria de los que defienden la competencia.
Los Estados Unidos son el país en el cual es-
2 Véase P. Alberoni y S. Veca: L’altruisrno e la morale, Milán, Garzanti, 1988.
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ta concepción de equidad competitiva se ha desarrollado con más fuerza y donde incluso alcanzó el valor de una auténtica fe. La cultura norteamericana está impregnada de un profundo optimismo pragmático. En los símbolos, en las instituciones, en el cine de Hollywood, en la práctica de la escuela cotidiana, en las empresas, en los lugares de diversión como Disneyworld y Epcot Center se repite un único tema fundamental: todo individuo que sabe luchar, que no se rinde, finalmente resulta recompensado. Necesita ponerse metas, necesita combatir para alcanzarlas. Necesita tener sueños, necesita luchar para realizarlos.
Por eso, si alguien triunfa significa que ha luchado, que es superior y que merece el aplauso.
Esta ideología es la antítesis total de la envidia. La envidia sufre por el éxito del ganador, trata de desvalorizarlo y desea que éste pierda todo lo que obtuvo. El credo norteamericano, en cambio, impone aclamarlo, apreciarlo moralmente.