Sentimientos y palabras
Continuemos con el ejemplo de la muchacha deshecha en lágrimas y atormentada por la envidia. Tiene la suerte de encontrar a una mujer experta que se hace cargo de la situación. “No hay un solo tipo de belleza”, le dice. “Tu amiga tiene una belleza latina, abundante, vistosa, pero un poco robusta. Tú eres fina, delgada, de líneas delicadas. Puedes convertirte en Una belleza refinada. Pero debes cuidarte, maquillarte.” Y le enseña a hacerlo, a moverse, a valorizar sus atractivos. Hasta le enseña en qué ambientes resultará más apreciada, porque no todos tienen los mismos gustos. La muchacha acepta los consejos, los sigue, se transforma y en poco tiempo, repara en que también a ella la admiran, y aun más que a la otra. La envidia desaparece rápidamente. Las dos amigas vuelven a acercarse y, esta vez, sin comparaciones desagradables. Cada una está ahora segura de su valor.
En este caso, la envidia, después de un primer extravío, tuvo un efecto benéfico. Llevó un problema a la conciencia. Ayudó a la muchacha a encontrarse a sí misma.
Pero podía haber ocurrido de otro modo. Hay personas que, después de una experiencia de este tipo, renuncian a mejorar y hasta intentan directamente afearse, abandonan la competencia en ese campo. También a nosotros nos ha sucedido, a veces, al compararnos con alguien que ha tenido éxito, sentirnos fracasados y sin valor. Es como si se hubiese abierto frente a nosotros un abismo, y ese abismo somos nosotros mismos, nuestra nulidad. Dejamos caer los brazos, nos sentimos faltos de fuerza. La envidia no nos estimula a crecer, nos revela que no tenemos remedio. ¿Cómo identificar dos experiencias tan diferentes? ¿No deberíamos buscar acaso dos expresiones que las distingan? ¿No hay, por ejemplo, una envidia competitiva y una envidia depresiva?
Pero veamos otro caso tomado de la vida real. Conozco a un hombre de ciencia que de joven hizo una carrera brillante y saltó a las candilejas de la notoriedad. Era el número uno, admirado y honrado. Para su desgracia, en determinado momento, uno de sus colegas, que no parecía poseer dotes particulares, hizo un descubrimiento revolucionario y obtuvo un estrepitoso éxito internacional. A partir de ese momento, los medios de comunicación sólo se ocuparon de éste. El primero no acertó a explicárselo. Comenzó a atacarlo y a esforzarse por todos los medios por denigrarlo y su rencor envidioso fue aumentando año tras año hasta convertirse en una obsesión. Ya no se trata aquí de una punzada de envidia que dura un instante y luego desaparece. Este es un rencor que caracteriza una vida, que la envenena. Es la envidia obsesiva, la obsesión envidiosa.
Hay casos en los que, por el contrario, la experiencia de fracaso, de falta de valor, no es excesivamente intensa. En cambio, la irritación, el odio hacia el envidiado es violentísimo. Algunas personas están en permanente competencia con sus colegas; y hacen todo lo que está a su alcance para colocarlos en una situación crítica, para arruinarlos. Aunque con esa actitud provoquen un daño grave a la empresa en la que ambos trabajan. Estas personas encuentran placer no tanto en el propio éxito como en el fracaso de los demás. Es la envidia maligna.
Luego están las personas afirmadas en sus puestos, los viejos que temen la competencia de los jóvenes. Los miran con desconfianza y con altivez, dispuestos siempre a desvalorizarlos, a hundirlos cuando surgen y comienzan a abrirse un camino. En este caso, ¿podemos hablar de envidia? A primera vista no, porque los viejos poseen los bienes, los valores, la estima, el poder y antes bien es el joven quien debería estar envidioso, frente a la pregunta: “¿Por qué todavía él y no yo?”. No obstante, también esto es envidia. El viejo quiere conservar su poder como el avaro su riqueza. Tiene miedo de todos los que crecen. Y los jóvenes tienen el tiempo, la vida, a su favor. Y por eso los envidia. Es la envidia avara.
La envidia es el sentimiento de una posibilidad de vida mutilada, impedida, derrotada, pero no extinguida. O bien, todavía demasiado débil, incierta, titubeante, insegura de sí misma. De las energías que todavía no se han desarrollado plenamente o de las que empiezan a declinar. No del florecer pleno, porque en ese caso la vida colmada supera los obstáculos. Ni tampoco del ocaso definitivo, porque entonces el deseo se extingue en la resignación. Por eso aparece durante la adolescencia, cuando el muchacho o la muchacha no conocen todavía sus posibilidades y esperan o renuncian sin razón. Pero también en la edad más avanzada, cuando advertimos que perdemos nuestras facultades y nuestro poder. O bien en aquellos períodos de la vida en que nos sentimos fracasados, perdidos, cuando todavía tenemos en nuestro interior tanta vitalidad, vitalidad que reconocemos en quien ha triunfado, pero sólo para volver a caer en el desaliento.
Sin embargo existe una gran diferencia entre un organismo en crecimiento, que va en busca de sus posibilidades y uno en decadencia, que empieza a descubrir sus límites. En el primero, la confrontación evoca un deseo que puede parecer irrealizable, aunque en realidad no lo es. Ahora bien, por el hecho mismo de haber sido evocado, se asemeja un poco más a la realización. La punzada de envidia en la adolescencia y en la juventud es con frecuencia una exploración de los propios deseos y de las propias posibilidades.
Si aquel muchacho tiene realmente la capacidad de crecer, si tiene en su interior la vocación, la punzada de la envidia la despierta, la trae a la conciencia. Experimenta entonces una dolorosa languidez que es la llamada y el sentimiento de una patria nunca vista y sin embargo deseada.
Como el ánade de Ibsen cuando ve pasar por primera vez a los magníficos cisnes. El, el más feo de la pollada, siente una misteriosa afinidad con ellos y la pena de un destino no cumplido.
Asimismo el enamoramiento, cuando se inicia, aun antes de haber encontrado la persona a la cual se dirigirá, se presenta como una punzada de envidia hacia aquellos que son felices. El extraordinario impulso vital que está por manifestarse entrevé la felicidad a la que está destinado en un modelo y sufre por no ser como él.1
Cuando estamos en crecimiento la envidia no paraliza la voluntad, no hace renunciar a la meta, no pone en movimiento pensamientos malvados y mezquinos. Sino que estimula el deseo y nos lleva a reconocerlo en nuestro interior, a aceptarlo, a quererlo, a pelear por él. Por consiguiente, no rechaza, temerosa, la competencia, sino que la acepta y asume sin terror el riesgo que ella implica. O bien da incluso un paso más, genera un interés activo por la otra persona. Trata de buscarla, de conocerla mejor, de tomarla como modelo, de emularla y de hacerse amigo. Es ésta una envidia que se transforma en algo diferente, una envidia puente, una envidia de iniciación.
Por lo tanto, la envidia es una nebulosa de experiencias emotivas y debemos contar con otras tantas expresiones diferentes para nombrarlas. Pero, por el contrario, en esta esfera, el lenguaje es extremadamente pobre, está casi ausente. Todo lo contrario de lo que ocurre en la esfera del amor. Los enamorados y los poetas han creado, a través de los milenios, estupendas metáforas. Hasta las personas más simples, cuando son presas de una pasión adquieren el extraordinario don de expresarse, de “hablar de amor”. Lo contrario ocurre en el mundo de la envidia. Muchas de las experiencias envidiosas no tienen nombre. Porque no se las menciona, no se las confiesa, no se las describe. La envidia es un sentimiento afásico. Y es un sentimiento vergonzoso. Es algo que no le decimos a nadie y que nos cuesta admitir incluso frente a nosotros mismos.
Solamente estamos dispuestos a hablar de nuestra envidia en situaciones en las cuales suponemos que podremos desembarazarnos de ella. En psicoanálisis, por ejemplo, porque la consideramos un síntoma del cual podemos curarnos. En todos los demás casos, hasta cuando debemos confesársela a un amigo íntimo, con el cual tenemos absoluta confianza, nos sentimos profundamente inhibidos. Podemos describir nuestro odio, nuestros celos, nuestros miedos, nuestras vergüenzas. Pero no nuestra envidia. No tenemos el coraje de decir: “Sí, envidio a Tal, cuando oigo su nombre me siento mal, trato de no pensar en él, pero me vuelve continuamente al pensamiento y me siento un miserable”. Hacerlo es más que desnudarse, es revelar el aspecto más mezquino y vulnerable de nuestra alma. Y tenemos la impresión de que si debemos hacerlo, nuestro amigo ya no nos mirará del mismo modo.
Hablar de nuestra envidia significa hablar de nuestras esperanzas más secretas, de nuestros sueños más íntimos y de nuestros fracasos, de nuestra incapacidad, de los límites insuperables que encontramos dentro de nosotros mismos. Significa hablar de las injusticias que consideramos que hemos sufrido y que no osamos confesar porque, ¿se trataba realmente de injusticias o de nuestra incapacidad? La envidia se lleva en el interior de nosotros mismos, allí adonde debería estar la plenitud del ser y donde en cambio descubrimos imprevistamente un vacío doliente y rencoroso.
La envidia habla de nuestra frivolidad, de nuestro esnobismo, de las fantasías infantiles que albergamos en nosotros, que cultivamos mientras nos damos aires de personas adultas. Habla de las mentiras que nos decimos para consolarnos y de las que les decimos a los demás para hacer buena figura. De las maniobras que realizamos para conseguir cómplices. Habla de nuestros enemigos y de aquellos a quienes nos esforzamos por dañar, aunque no nos hayan hecho nada. La envidia está en la raíz de muchas de nuestras enemistades y vuelve ambiguas muchas de nuestras amistades. Es la zona oscura en la cual nuestra perversidad logra abrirse camino y corromper los pensamientos más puros.
La envidia es un sentimiento encrucijada, un punto de tránsito al cual se llega desde otras experiencias y del cual se parte para alcanzar otros sentimientos. Se puede llegar a ella desde la admiración, cuando una persona estimada nos trata mal y nos niega su reconocimiento. Puede terminar en la admiración cuando un adversario peligroso y envidiado nos tiende una mano y nos premia. Puede alimentar una competencia fecunda o, por el contrario, una estéril renuncia. Puede ser una inquietud leve, un estado de vigilancia, pero puede convertirse en un rencor.
Pues bien, trataremos de devolverle la palabra a ese sentimiento mudo, a ese sentimiento afásico. Para reencontrar las huellas escondidas de nuestra infelicidad, y de la infelicidad que provocamos a los demás. Para sacarla a la luz, para comprenderla, para liberarnos de ella o para rescatarla.











