Qué envidiamos
Envidiamos lo que más deseamos, los objetos más colmados de nuestro deseo. Los envidiamos cuando los vemos en manos de otro, realizados por otros, mientras nos están vedados irreparablemente. Comprendemos su valor mediante una confrontación inmediata: el suyo es mejor, el mío es peor, él es mejor, yo Soy peor. El sentimiento de impotencia produce en nosotros una impresión de no valer, de derrota, de envilecimiento, y un movimiento de odio, de destrucción.
La envidia se refiere tanto a lo que se tiene como a lo que se es, a los objetos como a la calidad, a las posesiones como a los reconocimientos.
Según algunos autores, el objeto o la cualidad que envidiamos es siempre un medio para otro fin superior y, así sucesivamente, hasta el fin último que es, en definitiva, la excelencia, la superioridad. Por lo tanto la envidia sería siempre una competencia por el prestigio, por el éxito, por el poder.1
1 Según Cristiano Castelfranchi: Che figura, Bolonia, II Mulino, 1988, pags. 131-132, junto a un fin específico, siem-
No hay duda de que en muchos casos es así. Muchas personas tienen como máximo deseo distinguirse, hacer un buen papel, ser apreciadas, admiradas, adoradas. Los actores, los políticos, los escritores, todos aquellos que quieren sobresalir socialmente, obtener reconocimiento y honores, envidian a quienes logran alcanzar esos fines. Pero no todos los hombres son iguales. No todos los seres humanos tienen los mismos deseos. También hay personas que desean antes que nada la riqueza, la riqueza pura, sin notoriedad social, sin la aureola del prestigio, entonces envidiarán solamente a alguien que imprevistamente se haga más rico que ellas. Alguien con quien puedan compararse porque es parecido a ellas, pero que las ha vencido, las ha superado en este campo.
Verdad es que siempre está el Sí mismo en el centro de la envidia, pero el Sí mismo se realiza en todas sus posesiones, en todos los objetos que domina, que adquiere y que desea. Nuestro sí mismo se expande hacia las personas que queremos o con quienes nos sentimos identificados: nuestros hijos, nuestro marido o nuestra esposa. A través de nuestra casa, de nuestras propiedades. En el mundo campesino, un campo de trigo o una vaca corresponden al premio literario para un intelectual, a una promoción para el burócrata, a una elección ganada para el político, al aplauso para el actor.
pre está también el fin de “tener más que” o “no tener menos que”.
Recuerdo a una campesina que envidiaba de manera feroz a sus vecinos porque el trigo de ellos crecía mejor que el suyo. Tenían dos campos colindantes, idénticos en todo, hasta en el tipo de tierra. Pero cada año el grano de ella crecía ralo y enfermizo, el otro alto y lozano.
La mujer no lograba explicárselo, así que se puso a estudiar qué hacían ellos para descubrir el secreto. Como no obtuvo ningún resultado, decidió imitar de manera minuciosa la conducta de sus vecinos. Después de la cosecha esperaba para arar a que lo hicieran los otros. Los tractores trabajaban uno junto al otro. Luego fertilizaba los mismos días, con el mismo estiércol de vaca. En cuanto a la siembra todo era idéntico: el mismo día, la misma semilla, la misma cantidad. Pero no había nada que hacer. Ya en abril el trigo del otro estaba más alto y espigado. En junio la diferencia se manifestaba catastrófica. Ella no lograba encontrar una razón que la tranquilizara. De noche no dormía y miraba con odio el otro campo, al que seguramente hubiera prendido fuego si no hubiera temido incendiar también el propio.
En el campo estas confrontaciones envidiosas eran muy frecuentes y se presentaban en cada ocasión: una vaca que paría dos terneros y la otra uno solo, un árbol de cerezas cargado de frutas y el otro no.
Otro ejemplo de envidia que no tiene ninguna relación con la consideración social es la envidia erótica. Hay hombres y mujeres que tienen una extraordinaria capacidad de atracción sobre el otro sexo y otros que, por lo menos en ciertos períodos de la vida, están totalmente privados de esa atracción.
Recuerdo el caso de un joven muy buen mozo, extremadamente inteligente, con una naturaleza ardiente y pasional y una extraordinaria carga erótica. Pronto se transformó en un gran artista adorado por las mujeres. Pero cuando era muchacho, sus impulsos eran contradictorios, inhibidos, confusos. Muy tímido, se ruborizaba con facilidad, era torpe y desmañado. Por eso las muchachas lo evitaban. El sufría y hasta lloraba y se consumía de envidia al observar la naturaleza y la facilidad con que algunos de sus compañeros tenían aventuras amorosas.
Particularmente lo obsesionaba uno de ellos, un joven de carácter alegre y despreocupado, cuya compañía todos apreciaban. Con él las muchachas estaban siempre sonrientes, disponibles, desinhibidas sexualmente. Encarnaba todo lo que aquél hubiera querido ser y le recordaba su ineptitud. Cuando lo veía, sentía que en su interior gritaban todos sus deseos sexuales frustrados, todos sus anhelos impotentes. Lo admiraba y lo odiaba. Soñaba con hacerle mal, tomarlo prisionero en una acción bélica, torturarlo y dejarlo podrir en prisión por años.
Están quienes desean poseer tierras, quienes quieren tener hijos, quienes quisieran hacer el amor con muchos hombres o con muchas mujeres. Y está, por último, quien quiere sobresalir, ser admirado, estar en las candilejas, no importa en qué campo.
Pienso en una persona que, de joven, estaba empeñada a fondo en la actividad política en una región meridional. Tenía ideales y un extraordinario deseo de triunfar. Durante muchos años organizó las sesiones de su partido, creó asociaciones culturales, con una actividad frenética, infatigable. Trabajaba dieciocho horas por día, recorría en todos los medios de transporte su provincia, visitaba, uno por uno, a los electores. Era un activista ejemplar y es verdad que proporcionó muchísimos beneficios a su partido.
Pero cuando la batalla política se trasladó a la gran ciudad del sur, en las escaramuzas entre los señores de las papeletas, su entusiasmo y su idealismo no fueron suficientes. Vencieron los hombres del aparato, los políticos realistas, los amos de los parroquianos. Debería haber llegado a un acuerdo con ellos, ponerse a sus órdenes y seguramente hubiera sido recompensado con un cargo de asesor, y luego de subsecretario. Pero su orgullo era demasiado grande. Al no alcanzar la victoria en su terreno, prefirió retirarse.
Dejó la actividad política y se dedicó a su profesión de abogado. Dotado de una vivaz inteligencia, brillante, simpático, logró hacerse una excelente clientela en poco tiempo. Pero tampoco en este campo llegó a donde hubiera querido, a convertirse en uno de los príncipes del foro, esos abogados a los que todos miran, de quienes todos hablan y a quienes todos admiran.
Entonces, haciendo un esfuerzo extraordinario se volcó a la vida académica y a la investigación. También en esto tuvo mucho éxito. Se convirtió en un notable y apreciado estudioso, en un óptimo especialista, invitado a los congresos internacionales. Pero no en una celebridad. Tampoco esta vez los resultados le proporcionaban lo que necesitaba en lo profundo de su ánimo: el aplauso de la multitud, los artículos en los periódicos, las entrevistas en la televisión, los admiradores que piden autógrafos, la gente que se vuelve en la calle al verlo pasar, que lo reconoce.
Por último se introdujo en la actividad financiera. Compró y vendió propiedades y demostró, una vez más, una increíble capacidad de trabajo al obtener brillantes resultados. Pero siempre por debajo del nivel de fama, de notoriedad, de éxito, que deseaba.
Durante esta larga busca se fue volviendo cada vez más envidioso de todos aquellos que habían triunfado en lo que él no había alcanzado. Primero, de los grandes políticos, luego de los príncipes del foro, luego de los investigadores de fama internacional y, por último, de todos. Se puede decir que hoy está envidioso de cualquiera que haya logrado alcanzar el esplendor de la notoriedad, de la fama, del poder. Ya no importa en qué campo. Le basta ver a un director de orquesta célebre, a un famoso conductor de programas televisivos, a un periodista notorio, a un escritor de renombre internacional, e incluso a una mujer extraordinariamente bella y admirada, para sentirse perturbado. Ya no soporta la presencia de las personas importantes, a todas las encuentra estúpidas, vacías, corrompidas. Ha dejado de concurrir a las recepciones, a las fiestas, a las cenas. Al no poder hacerse de una corte en la gran ciudad, se retiró a vivir en un pequeño centro en donde es la persona más importante, el número uno. Allí recibe a los amigos, a los alumnos y es magnífico, generoso, brillante. Pero cada vez que alguien le habla del mundo exterior se vuelve sombrío, cínico ^pesimista.
Podemos decir que este hombre es un envidioso. Sin embargo, al mismo tiempo tenemos que admitir que durante toda su vida intentó combatir la envidia en su interior. Cuando se dedicaba a la política, en lugar de continuar con espíritu malvado y vengativo, prefirió buscar otro camino. Lo mismo hizo en todos los demás campos. ¿No es ésta acaso una manera de defenderse de la envidia: abandonar la partida, renunciar?
¿El resultado? Que su deseo de éxito permaneció intacto y más ardiente que nunca. De nada le sirvió retirarse de todos los objetivos en los que se había empeñado, uno tras otro. De nada le sirvió abandonar el terreno de la competencia, huir de la arena. Poco a poco, terminó por quedar aislado, sin relaciones con las personas de peso, viviendo como un ermitaño. Y esto, sin poder evitar la punzada de envidia que lo humilla y lo avergüenza. Porque el mundo del éxito siempre logra penetrar en su castillo. Se le insinúa en la televisión, en los libros, en las revistas, en los amigos que van a visitarlo y le renuevan la confrontación dolorosa.
¿Por qué este hombre, que durante toda su vida intentó sustraerse a la envidia, que ha procurado protegerse de la humillación, continúa comparándose con quienes han tenido éxito? ¿No ha comprendido que no poseen una sustancia de valor superior a la suya? ¿Que sus cualidades de inteligencia, de iniciativa, de generosidad valen tanto como las de ellos? ¿Que el mundo también aplaude a los necios? ¿Qué defecto, qué debilidad interior lo vuelve tan vulnerable? ¿Qué grieta de su alma lo hace tan indefenso a pesar de todas las protecciones? El deseo de ser el primero, el deseo insaciable de superar a los demás. Una ambición desenfrenada, una necesidad desenfrenada de alcanzar la excelencia. Usando una antigua expresión, la soberbia.
Santo Tomás la describe precisamente así: Inordinata praesumptio alios superandi,2 desenfrenada presunción de superar a todos los demás. Un amor por la propia excelencia que no se amilana, que no cede frente a ningún fracaso, que no acepta ningún límite, que no se adapta a ninguna jerarquía y que, por eso, inexorablemente, produce envidia.
El tormento de la envidia, que se renueva continuamente y envenena toda la vida de este hombre, aparece así como una especie de consecuencia, de castigo por su excesivo (desordenado) deseo de excelencia: la soberbia. Ya lo había observado Natoli: “La envidia sólo es la expiación de la soberbia”.3
2 Santo Tomás, de Aquino: Summa Theologicx, Quses-
tio centesima sexagésima secunda, artículo tercero.
3 Salvatore Natoli: II tormento dell’impotenza, en G.
Pietropolli Charmet y M. Cecconi (comps.): L’invidia, op.
cifc.pág. 38.
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En el ejemplo mencionado es el soberbio que, derrotado, se hace envidioso. Hay casos, en cambio, en los que la envidia crece con la victoria, con el éxito.
Parece paradójico y, sin embargo, es cierto. La envidia puede aumentar con el triunfo, con la fortuna, con la gloria. Porque la naturaleza humana desea expandirse, acrecentarse y, una vez alcanzada una meta, aparece otra más alta. Después de haber superado a alguien, encontramos inmediatamente algún otro con quien confrontarnos. El comerciante que tiene un pequeño negocio, cuando crece no se contenta con ello. Se compara con el que tiene un negocio más grande que el suyo, luego con quien tiene una cadena de tiendas, y después de haber alcanzado esa meta, trata de entrar en la gran distribución.
Este mecanismo no se funda en una avidez o una codicia particular. Es la pura y sencilla consecuencia de haber alcanzado un resultado. Es la pura y sencilla consecuencia de nuestra naturaleza de seres que aprenden sus deseos de los demás.
Pero este hecho no explica por sí solo por qué la envidia crece con el éxito. Podría permanecer constante. Y hasta atenuarse por un instante en el momento en que alcanzamos a aquéllos con quienes nos hemos confrontado y luego reaparecer cuando encontramos una nueva meta con la cual podemos compararnos.
Pero el éxito, la repetida sucesión de victorias, determina en nosotros una gran seguridad, una fe excesiva en nosotros mismos. El que vence termina inevitablemente por suponer que volverá a vencer y con mayor facilidad. De modo que se vuelve presuntuoso y temerario. El que siempre vence, sobre todo, no soporta que haya alguien situado por encima de él. Se convence a sí mismo de que es el mejor, el predestinado, el elegido. Por eso se compara con todos y, cada vez, quiere salir victorioso de esa confrontación. Hasta que encuentra un límite insuperable, un límite que no alcanza a ver, a comprender, o que su presunción le ha ocultado. A partir de ese momento se ve obligado a consumirse de envidia.
Curiosamente la gente imagina que los ricos, los poderosos, los afortunados, aquellos tocados por la varita mágica de la suerte, no son envidiosos. En realidad eso no es cierto.4 Son tan envidiosos como los demás. Porque cada uno de ellos, inevitablemente, termina por desear sobresalir un poco más o tener éxito en un campo afín. Muchos industriales riquísimos, en cierto momento de sus vidas, comienzan a desear reconocimientos públicos, premios, lauros, honoris causa. Quieren escribir libros, dar a conocer sus puntos de vista y, con frecuencia, van al encuentro de
4 Aristóteles ya lo había descubierto: “También son arrastrados por la envidia aquellos que poseen casi todos los bienes: por lo tanto aquellos que obtienen grandes éxitos y son muy afortunados son envidiosos… lo mismo que quienes reciben honores excepcionales por cualquier motivo, sobre todo por sabiduría o por felicidad”, Retórica II (B), 10, 1387 b, op. cit.
amargas desilusiones. Napoleón envidiaba a los monarcas legítimos con la misma intensidad con que ellos lo envidiaban a él. Envidiaba al zar y a sus desmesurados territorios y esa envidia lo llevó a la ruina.











