Las honras
Tendemos a suponer que cuando una persona tiene éxito, cuando sobresale en la jerarquía social, ya no tiene razones para experimentar envidia. No es verdad. Incluso es más cierto lo contrario.2 No sentía envidia antes, cuando comenzaba a triunfar. Experimentaba entonces un cálido sentimiento de satisfacción, dé plenitud. Pensaba que el mundo le tenía reservado algo por lo que, de todos modos, valía la pena luchar, aun corriendo el riesgo de salir derrotado.
Pero, cualquier éxito, una vez obtenido, tiende a esfumarse. Se esfuma porque el tiempo pasa y los demás lo olvidan. Se esfuma porque lo que nos produce alegría es el acto de triunfar y para volver a experimentarlo debemos afianzarnos en otra meta, con otro objetivo. Se esfuma porque, alcanzada una frontera, nos imponemos otra más difícil. Se esfuma porque ha pasado nuestro cuarto de hora y ha aparecido otro que quita brillo a nuestra fama, a nuestro prestigio, a nuestra riqueza. Procuramos entonces consolidar nuestra posición, hacerla irreversible. Tratamos de estabilizarla, de hacerla perpetua, a fin de no tener ya que depender del reconocimiento de los demás, de sus humores, de sus juicios.
El audaz intenta formar parte del consejo de administración de las sociedades más importantes, estrechar vínculos y alianza, incluso matrimoniales, con las familias dominantes. El propio
2 Véase Aristóteles: Retórica, op. cit.
251
Napoleón, después de la victoria, trató de consolidarla, emparentándose con las familias reinantes de Europa. No quería estar continuamente obligado a dar pruebas de su capacidad, no quería estar obligado a “triunfar siempre”. Aspiraba a la serena legitimidad del emperador de Austria que permanecía igual ocurriera lo que ocurriese.
A fin de obtener esta seguridad, otros intentan aplastar cualquier oposición que surja en su propio partido o, si controlan un país, toda oposición que surja en el sistema político. Poco a poco, el triunfador se transforma en un tirano que mira de manera recelosa toda manifestación de disenso o de autonomía de pensamiento. Destruye la oposición, acalla las voces críticas de los amigos, se rodea de cortesanos.
El hombre de ciencias, el artista, el escritor, en cambio, van en busca de los premios, de los lauros honoris causa, acumulan todo tipo de reconocimientos, a fin de armarse de un “patrimonio” de honores. De ese modo intentan objetivar su valor y sustraerse al juicio de los demás, a sus cambiantes opiniones. Quieren que todos, absolutamente todos, se inclinen ante sus valores, enmudezcan ante su excelencia.
Este es el significado de las honras: proteger a su portador contra las comparaciones, contra las vicisitudes sociales. Llevarlo a la región de los valores indiscutibles a la cual pertenecen muy pocas figuras de la humanidad como Hornero, Platón, Aristóteles, Dante, Mahoma, o Buda. Figuras sagradas, divinizadas.
Cuando la gente busca este tipo de reconoci-
252
miento quiere decir que es envidiosa. Recuerdo un estudioso que había recibido, merecidamente, el premio Nobel. En ocasión de un seminario, todos debíamos presentar nuestro curriculum vitae. Todos escribimos apenas una pagina. El podría haber escrito menos todavía, ya que era mucho más conocido que nosotros.
En cambio, con gran estupor, advertí que había presentado cinco páginas completas en las cuales había enumerado todos sus títulos académicos, todas las menciones de los congresos en los que había participado, todos los cursos de enseñanza que había hecho como visiting professor, todos los honores y las medallas recibidas, todos LOS lauros honoris causa. ¡A mí se me oprimió el corazón! Quería decir que tenía necesidad de todos esos reconocimientos, que dependía de ellos. ,Con quién se comparaba? ¿Con. todos sus colegas, con los grandes del pasado, quizá también con los que estaban surgiendo?
¡Oh, sí, este hombre tan famoso, era envidioso! Terriblemente envidioso de todos aquellos que podían igualarlo o que podían superar su fama. Esa lista de honores era una especie de baluarte insuperable, una muralla china, destinada a resistir los asaltos de la competencia. Vivía como Tiberio en su palacio de Capri, sospechando de cada súbdito de su imperio.
No. La ascensión en la jerarquía social no es un remedio contra la envidia, sino más bien un factor que la provoca. Los hombres célebres no eran envidiosos en su juventud, cuando luchaban, cuando esperaban, cuando creaban. Cuando
253
no tenían nada que perder. Pero quien tiene algo que perder, quien quiere conservar lo que ha obtenido, es envidioso. El envidioso es un pariente cercano del avaro.
¿No ha notado acaso el lector cuánta gente rica, poderosa, de éxito es mezquina? ¿Y que no es capaz de demostrar verdadera generosidad? Eso ocurre porque esta gente solo piensa en conservar la propia gloria, el propio patrimonio de dinero o de notoriedad. Por supuesto, no todos son así, hay excepciones. Pero la mayor parte se mantiene a la defensiva, es recelosa. El político famoso mira con recelo al joven brillante que afirma su imagen en una reunión del partido. Instintivamente lo considera un rival. Por eso, en cuanto puede hacerlo, lo desvaloriza. Exactamente lo mismo ocurre con el escritor famoso, el músico de éxito, el filósofo notable. Miran en derredor, ansiosos y si ven a alguien realmente capaz, tratan de destruirlo inmediatamente, antes de que pueda hacerles sombra, quitar brillo a su fama.











