La punzada de envidia

La punzada de envidia
Hasta la persona más envidiosa, hasta la atormentada, corroída por la envidia no experimenta ese sentimiento continuamente. No envidia cada día, cada hora, cada minuto. No envidia en cada confrontación y ni siquiera cada vez que se encuentra pensando en su odiado rival.
Esta es una característica común de todos los estados psíquicos, de todas las emociones. Todas ellas se establecen por un período de tiempo, a veces muy breve, y luego se van, sueltan su presa. Acaso para volver súbitamente luego, otra vez y todavía una vez más, como una sucesión de contracciones. O bien desaparecen y sólo vuelven a presentarse meses o años después, o no retornan jamás.
A esta experiencia que puede aparecer aislada o bien repetida, a este quantum de envidia, lo llamamos habitualmente “punzada de envidia”.
La punzada de envidia es una envidia completa. Es confrontación, descubrimiento de la propia nulidad y de la propia impotencia, es rabia y agresividad contra el otro, es conciencia de la envidia y vergüenza de experimentarla.
Puede ser una experiencia breve, incluso de unos pocos segundos, incluso menos, de un abrir y cerrar de ojos. Puede ser un punto de llegada y de partida de nuestras reacciones más disímiles.
Estamos en la terraza de nuestra casa y hojeamos una revista ilustrada. En ella aparecen los rostros sonrientes y felices de diversos personajes del espectáculo y de la televisión. Imágenes de una recepción suntuosa en la que se han asignado los últimos premios Osear. Miramos con interés, pero no es algo que nos atañe particularmente. Luego, de improviso, vemos una página con la fotografía de una pareja feliz. Ella es una diseñadora que conocemos personalmente. Sabemos que acaba de contraer matrimonio con un empresario de la industria indumentaria. Ambos fueron fotografiados tiernamente enlazados, radiantes. El epígrafe dice que tuvieron un éxito extraordinario en los desfiles de París. Agrega que la bellísima diseñadora fue recibida por el presidente de la república.
Conocíamos a aquella mujer. La considerábamos inteligente, pero no genial; hermosa, pero no fascinante. Y ahora la encontramos entre las estrellas de la moda. ¿Y nosotros? Continuamos haciendo nuestro trabajo cotidiano que nos proporciona satisfacciones, pero ninguna perspectiva de penetrar en el gran mundo.
Entonces algo nos afecta, nos obliga a compararnos con ella. Ahora deseamos violentamente, ardientemente, obtener su mismo éxito. Es un deseo espasmódico, que nos corta el aliento. Pero, al mismo tiempo, estamos amargamente convencidos de que nunca lo lograremos. La comparación va todavía más lejos. Examina nuestras propias cualidades, nuestros valores respecto de los suyos. La teníamos por una persona modesta. Ahora advertimos que nos habíamos equivocado. Que ella contaba con muchos otros recursos. O, sencillamente, que el mundo distribuye sus recompensas de manera completamente diferente de lo que creíamos.
Esa fotografía hace añicos nuestra concepción de la vida, de los méritos, de la justicia y nos hace sentir no solamente fracasados, sino también desilusionados, estúpidos y megalómanos, porque creíamos ser más de lo que somos en realidad.
Cuando experimentamos la punzada de envidia, nuestra nulidad se compara con la grandeza de la. persona que ha tenido éxito. leñemos la impresión de que esa persona poseía una potencialidad misterios”, algo grandioso y terrible.
Sin embargo, junto con estos sentimientos de abatimiento y de admiración, se presenta también una rebelión espasmódica, una protesta, un no. Esa página nos quema entre las manos, quisiéramos destruirla. Ese rostro sonriente nos encoleriza, lo odiamos, quisiéramos que desapareciera. Quisiéramos que todo el asunto no hubiera existido nunca. Iodo lo sucedido nos parece una monstruosidad, una impropiedad del ser. Como si se tratara de un error de la naturaleza, del desarrollo normal y lógico de lo real.
Todo esto ocurre en un único acto, una experiencia instantánea que nos aleja del curso habitual de nuestros pensamientos, del tono modesto de nuestras sensaciones. La punzada de envidia es una irrupción, un shock.
Todos nuestros cotejos habituales son graduales, medidos. Un poco mejor, un poco peor, como en las calificaciones de la escuela, donde hay uno que obtiene un diez, y otro un nueve, otro un ocho y así hasta uno que obtiene un seis que también equivale a la promoción. En cambio, la confrontación envidiosa anula las graduaciones. Se desarrolla entre todo y nada. Como si sólo hubiera dos posiciones: rey y esclavo, salvado o perdido, lleno o vado. La punzada envidiosa arranca de raíz todas las jerarquías sutiles, todos los términos medios alrededor de los cuales está organizada nuestra vida cotidiana. La envidia nos lanza fuera de lo habitual, nos pone frente a otra entidad, en la absoluta soledad de un cotejo de esencias, del cual salimos derrotados.
Esta propiedad es común a otras emociones fuertes como el miedo y los celos. También éstas se presentan con el carácter de “todo o nada”. No sentimos “un poco” de miedo. Si hay celos, son todos los celos: es la punzada de los celos. Y también el miedo, es el “instante de miedo”. Luego, tanto uno como el otro, pasan. Después pueden retornar o no. La intensidad global de la emoción depende del hecho de que estos quanta emotivos se repitan o no, a veces reemplazados por otra emoción. Si estamos verdaderamente celosos, las punzadas se suceden una a otra, no largan su presa y comenzamos a fantasear y a elaborar defensas contra ellas. Si el miedo retorna, se traduce en movimientos descompuestos, en fuga, en terror pánico.
Lo mismo ocurre con la envidia. Una punzada de envidia no transforma a alguien en envidioso. Porque cuando hay envidia, la punzada retorna una y otra vez. La envidia comienza su trabajo de rencor, de desvalorización. Pero, es cierto que también en la punzada están todos los elementos fundamentales de la* experiencia envidiosa. La punzada de envidia es envidia tout court aunque sólo sea instantánea. La punzada tiene la doble naturaleza de deseo y de rechazo, de admiración y de negación.
Como el miedo y los celos, la envidia es un sentimiento doloroso, que no quisiéramos tener, que se nos impone a pesar nuestro y del cual intentamos desembarazarnos sin conseguirlo. A esta clase de sentimientos que experimentamos, que sufrimos, le damos el nombre de “pasiones”. En alemán, la palabra subraya aun más su carácter doloroso: Leidenschaft, en la que Leiden significa dolor, sufrimiento. Por eso, nadie es envidioso voluntariamente, nadie se regodea con la envidia, como no se regodea con el sentimiento de injusticia o de resentimiento.
Llegados a este punto debemos hacer, aunque sólo sea de manera elemental, algunas distinciones entre estos sentimientos, particularmente entre la envidia y los celos que en el lenguaje común son usados con frecuencia como sinónimos. Antes bien algunos prefieren hablar de los celos pues es un concepto más tolerado, más perdonado, que avergüenza menos.
En realidad, los celos son la reacción emocional que experimentamos cuando alguien nos quita a una persona que amamos y sobre, la cual, a causa de nuestro amor, suponemos tener derechos. La esposa tiene celos de la joven nueva secretaria del marido, porque teme que pueda conquistarlo en el plano erótico, que pueda llevárselo. Ella considera que el marido es “suyo”, considera justo y apropiado que él se ocupe de ella, que no corra detrás de las demás mujeres. Porque en el contrato matrimonial entre ambos se establece, explícita o implícitamente, un compromiso de fidelidad. Pero también por la sencilla razón de que su amor es de tipo exclusivo, se espera una respuesta exclusiva.
También podemos experimentar celos por una persona que no nos ama, pero que nosotros sí amamos. Porque contamos con la fuerza de persuasión de nuestro amor, con una secreta afinidad electiva que debiera vincularse con la misteriosa intuición de que, en realidad, esa persona ya nos está destinada y es potencialmente nuestra. El deseo amoroso, sobre todo en el enamoramiento, se abre camino triunfante, como un soberano, y toma posesión de sus objetos como un amo. Por eso, si nuestro amado no nos quiere, tenemos la impresión de que se nos ha sustraído algo que nos pertenecía. Nos parece un error, un engaño, un hurto.
En el caso de los celos, podemos siempre individualizar claramente a tres protagonistas: el que ama, el objeto de amor y el rival. Y la expresión “celos” se refiere tanto al objeto de amor como al rival. Porque nuestra agresividad puede dirigirse tanto hacia uno como hacia el otro. Podemos emprenderla ya sea contra el “traidor” ya sea contra el que lo ha apartado de nuestro lado.
En el caso de la envidia, en cambio, sólo vemos a dos protagonistas. El envidioso y el envidiado. No hay una ‘tercera presencia sobre la escena manifiesta, no hay un objeto de amor disputado, robado. En el ejemplo que acabamos de dar, estoy solo frente a la diseñadora que ha tenido éxito. Compruebo que ella ha llegado a donde yo hubiera querido llegar y no lo he logrado.
Basándonos en esta definición, los dos sentimientos son netamente diferentes, inconfundibles. En la realidad, sin embargo, esto no es así. Aparecen con frecuencia mezclados, muchas veces inseparables. Consideremos un ejemplo famoso, tomado de la Biblia, el de’ Caín y Abel. Dios, dice la Biblia, “miró con agrado a Abel y a su ofrenda, pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera y decayó su semblante”.
¿Qué sentimiento experimenta Caín? Abel tuvo méritos a los ojos del Señor. Caín que tenía el mismo deseo y pensaba que tendría las mismas posibilidades y los mismos derechos, no. Por consiguiente deberíamos llegar a la conclusión de que el sentimiento era envidia, nacida de la comparación.
Pero también podemos realizar otra lectura de la situación, atendiendo al amor. Caín amaba a Dios y Dios no le correspondía. Prefería a Abel. Abel le sustraía a Caín el amor de Dios, se lo robaba. Por consiguiente, el sentimiento era de celos.
¿Cuál de las dos interpretaciones es la correcta? Probablemente las dos, o quizá ninguna. No podemos interrogar a los dos protagonistas, profundizar más íntimamente en sus ánimos. Con la información que tenemos podríamos considerar que hasta estuvo en juego una tercera experiencia, la justicia. Desde el punto de vista de Caín, Dios, que simboliza al padre, era injusto. Un padre debe darles idéntico amor e idéntico reconocimiento a ambos hijos. Contra esta injusticia se rebela Caín y como no puede golpear al padre, golpea al hermano. Es completamente inútil perderse en estas conjeturas para determinar cuál es la correcta. El ejemplo debe servirnos solamente para comprender que una misma situación puede generar diversos estados emotivos y que estos estados pueden superponerse. Que, en algunos casos, puede ser una envidia empapada de celos o celos empapados de envidia. Y ambas pueden ser la base de la cual emerja, prepotente, el sentido de la injusticia.
Pero ahora nos damos cuenta de la utilidad del concepto de punzada de envidia. La punzada no es el sentimiento completo, que se extiende en el tiempo y que luego se enriquece, se modifica, se complica. Es un instante y sus componentes son más simples, fácilmente reconocibles. En la punzada de celos, la experiencia fundamental es la sustracción. El se va con otra, y atraído por otra, se hace abrazar por ella. Veo a la pareja, no a cada uno. Veo, me parece, su monstruoso, repugnante, indecible amor, su obscena, revulsiva, promiscuidad. Es verdad, me siento aniquilada, me falta el aliento. Pero de ese vacío emerge una cólera, una violencia que se vuelve contra ellos, contra él, o contra ella o contra ambos. Es un sollozo, pero también un alarido. La impotencia tiende a traducirse en acción, en reprobación, en acusación, en venganza.
Cuando siento la punzada de la envidia, la escena que aparece frente a mis ojos es diferente. En el centro hay una sola persona. Que obtuvo algo, que triunfó, que posee, que es admirada. Es como un rey en su trono, como un arcángel triunfante. Alrededor de él está el mundo, la sociedad que lo admira, que lo aprecia, que lo reconoce. Y, en esa sociedad, de algún modo, también estoy yo, envidioso, mudo, aniquilado, encolerizado e impotente. Cuando sentimos la punzada de la envidia, a diferencia de la punzada de celos, no hay alaridos. La protesta muere en los labios. Tenemos una impresión de injusticia, pero no estamos seguros de nuestro buen derecho.
Habitualmente concebimos el deseo como una tensión que tiende a la descarga. Si no logramos descargarla experimentamos frustración y dolor. Y si lo logramos, placer, alegría.
Se sigue de ello que cuanto más importante es el objeto de amor, tanto más sufriremos por el alejamiento y tanto más ansiosamente trataremos de apagar nuestro deseo, de aflojar la tensión.
No todo es precisamente así. Por ejemplo, cuando estamos enamorados, aunque suframos, no queremos perder nuestro deseo. Porque es nuestra energía vital, es la fuente de nuestro estado de gracia. No soportamos la idea de caer nuevamente en la mediocridad cotidiana sin contar ya con ese tender sublime hacia lo absoluto. Queremos conservar nuestro deseo, queremos desear. Aun cuando ello nos provoque agitación, angustia, dolor.
Experimentamos por eso un placer que no nace de la descarga de la tensión, sino de la tensión misma. Es verdad que cuando estamos lejos de nuestro amado, nos sentimos mal, pero también nos sentimos felices al imaginar que volveremos a encontrarlo. Durante ese intervalo nuestros pensamientos corren hacia él. Deseamos, lloramos, reímos, nos imaginamos en sus brazos llenos de alegría. La espera es un continuo péndulo que va desde el tormento a la beatitud.
Tampoco el placer de la competencia deportiva está en la descarga de la tensión, sino que se encuentra en la tensión misma.1 Y depende del hecho de que permanezca incierto el resultado de la lucha. Por momentos parece que es uno el vencedor, por momentos parece que es otro, y la carrera es tanto más interesante cuanto más se baten los dos contendientes con el máximo ensañamiento, cuanto más se esfuerzan, cuanto más
1 Norberto Elías y Eric Duna: Sport e agresivita, Bolonia, II Molino, 1989.
equilibradas están sus fuerzas, de modo tal que no se conozca el resultado hasta el último momento, cuando recae, finalmente, en favor de uno de los dos. Este ritmo de tensión es el mismo de la batalla, pero también del orgasmo.
Siempre, cuando el deseo siente que puede satisfacerse, se carga con esta delicia de la anticipación. También el odio, también la venganza que es, en gran medida, pregusto. Se dice de la venganza que es un plato que se sirve frío. No como la cólera que se desahoga en la agitación inmediata. La venganza sabe esperar, proyecta, calcula y no importa cuánto tiempo pasa, porque cada vez que se la imagina, se saborea la satisfacción.
En el caso de la envidiaren cambio, el deseo no soporta su tensión. Deseamos algo porque el otro lo obtuvo y sufrimos por culpa de ese deseo nuestro. Luchamos contra nuestro deseo, tratamos de sacudírnoslo de encima. Quisiéramos no pensar, no sentir, no ver.
En ese sentido, la envidia se parece a los celos del pasado. Existen los celos actuales, presentes, que se transforman ^n cólera, en violencia. Pero también están los celos del pasado, de cosas ya sucedidas, que no corren el peligro de desahogarse en ninguna acción. Por eso atormentan, provocan rencor, como la experiencia envidiosa.
Recuerdo el caso de una pareja profundamente enamorada. Ambos eran grandes artistas, personas extraordinarias. El tenía cincuenta años, ella treinta y cinco. Ella había tenido gran éxito siendo muy joven. Había sido lanzada por un famozo director, del cual había sido la amante por muchos años. Después de haberla descubierto, éste la había formado, le había revelado su talento artístico, le había enseñado a recitar, la había iniciado en el amor, le había revelado su cuerpo, su sensualidad. Luego se había separado. Porque él era un Don Juan y la traicionaba continuamente. Después de muchos años de soledad, ella había alcanzado finalmente un matrimonio feliz, sereno.
Pero el marido se sentía perturbado por el pasado de ella. Cuando ocasionalmente ella hablaba del otro, cuando lo nombraba, se le ensombrecía el rostro. Hubiera querido ser él quien la descubriera, quien la hiciera brotar, quien la poseyera en el esplendor de la juventud, quien le enseñara a hacer el amor. En cambio todo esto lo había hecho el primer hombre, y éste no podía modificar en nada lo que había madurado con el tiempo. El “así fue” del que habla Nietzsche, sobre el cual se encarniza, inútilmente, la venganza.2
El deseo envidioso encuentra una barrera análoga, insuperable, y no soporta la tensión porque sabe que no podrá realizarse. Además ni siquiera logra guardar silencio, transformarse en un renunciamiento sereno y convencido. Se queda así, a mitad de camino; un deseo que no tiene la fuerza suficiente para convertirse en acción, pero que tampoco tiene lo necesario para anularse.
2 F. Nietzsche: Cosi parló Zarathustra, Milán, Adelphi, 1970, véase, en particular, el capítulo sobre la Redención. [Hay versión castellana: Así habló Zaratustra, Madrid, Alianza, 1983, lls ed. (entre otras).]