La provocación
Hasta ahora hemos imaginado que no existe interacción entre el envidiado y el envidioso. Es el envidioso quien piensa, reflexiona, intriga. El envidiado no hace nada. Se limita a estar presente, a existir.
Pero en la vida concreta ciertamente no es siempre éste el caso. El envidiado puede mostrarse, exhibir sus éxitos, puede vanagloriarse de ellos y hacerlo de manera tal que ofenda al otro. Esta es la provocación.
Hay ritos de la vida cotidiana que nos prescriben ser prudentes, mesurados, cada vez que nos ha salido bien un negocio, cada vez que recibimos un premio, que hemos triunfado. Si en el mismo salón hay alguien que participó de la misma competencia o del mismo concurso, minimizamos el resultado obtenido, decimos que se ha debido sobre todo a la suerte. Y lo hacemos para no ofender la susceptibilidad del otro, su amor propio.
Sin embargo hay gente que procede de manera diferente y ostenta sus posesiones, sus victonas, personas que las ventilan frente a sus compañeros, a sus colegas con el fin de provocar la reacción envidiosa de éstos. En la Biblia hay un hermoso relato que ilustra este tipo de conducta: es la historia de José, sobre quien Thomas Mann escribió un libro delicioso.
Jacob había tenido doce hijos. Seis de su primera mujer, Lea, cuatro de las concubinas Zilpa y Bilna y, por último, dos, de su adorada esposa, Raquel. El primero de estos últimos era José. Por lo tanto, José no era el primogénito. Sin embargo, era hermoso, tenía dotes proféticas y se parecía extraordinariamente a su madre muerta. Jacob estaba fascinado por él y quería darle el puesto de primogénito en lugar de Rubén, el hijo de Lea.
José se daba cuenta de esto, como se daba cuenta de su propio valor. Cuando se encontraba con los demás hermanos se comportaba como un emisario del padre y no como un par. Esa actitud bastaba para provocar malhumor y envidia. Pero la situación se puso verdaderamente difícil cuando un día, engatuzando a Jacob, logró que éste le regalara el magnífico manto nupcial, la Ketonet passim, de su madre, Raquel. Con esa vestimenta regia fue a pavonearse ante sus hermanos y supuso que sería admirado y ovacionado.
Fatal error de presunción y de soberbia, observa Thomas Mann, porque “Desde los días de Adán y Eva, desde que uno se transformó en dos, todos, para poder vivir, tuvieron que ponerse en el pellejo de los demás; para conocerse realmente a sí mismos han debido mirarse con los ojos de un extraño. Pero José desconocía completamente esta regla; su ciega confianza le hacía suponer que todos los hombres lo amaban más que a sí mismos y que él no debía tener ninguna consideración para con los sentimientos de los demás.”1
Los hermanos quedaron estupefactos y lo acusaron de ser un mentiroso, un fullero, una víbora que había envuelto y engañado al viejo padre.
La reacción fue todavía más violenta cuando, imprudentemente, José les contó dos sueños que había tenido. En el primero, las once gavillas de trigo de sus hermanos se inclinaban frente a la suya. En el segundo, el sol, la luna y once estrellas se inclinaban frente a él. Entonces no sólo los once hermanos, sino también el padre y la madre, simbolizados por el sol y la luna, le rendían homenaje.
Los hermanos discutieron sobre si esos sueños de José habían sido inventados con intención de provocarlos o si habían sido enviados por Dios. Esta idea parecía frenar a Rubén, pero no a los demás, porque —continúa Thomas Mann— “El centro de todos sus pensamientos era José. Si Dios lo había elegido a pesar de ellos si había hecho inclinar vergonzosamente sus gavillas frente a la suya, eso significaba únicamente que Dios había sido engatusado lo mismo que Jacob.”
José quería ser amado, admirado por sus hermanos, quería que ellos apreciaran su supe-
1 Thomas Mann: II giovane Giuseppe, Milán, Mondado-ri, 1981, pág. 87. [Hay versión en castellano en Obras Completas, 2 vols., Barcelona, Plaza Janes 1965-67.]
rioridad. Este es el deseo que tienen todos los que sobresalen, que se destacan, el deseo de ver reconocido su valor y sentirse amados por ello. Como se ama al líder, como se ama al gurú, al maestro, al virtuoso, al actor, al cantante que, al fin del espectáculo, recibe el aplauso entusiasta de su público. He aquí que este aplauso les grita, te amamos a ti porque eres grande, porque en ti se encarna lo bello. Porque tus descollantes cualidades nos enriquece, nos hace feliz.
Este es el verdadero premio, la verdadera meta de quien busca el éxito. Este reconocimiento, este amor exultante. Este es el significado de los aplausos, de los premios, de las medallas, de los solemnes encomios, de las felicitaciones. La sociedad se hace cargo de este deseo, exalta al campeón y lo señala como objeto de amor y de admiración.
Por esa razón siempre hay una tácita connivencia entre el ganador y quien le tributa el triunfo. El espera el aplauso de los espectadores. Si ese aplauso no llega, el campeón los escruta esperando ansiosamente.
El envidioso es aquel que rechaza, que dice que no. Que se resiste al desafío, a la presión, a la “provocación” de la gente y del ganador. Sabe que el vencedor quiere también su consenso, que se muestra para obtenerlo, entonces el otro niega con más fuerza, con obstinación.
Estos mecanismos están difundidos hasta en las familias. Mará Selvini Palazzoli se ha ocupado ampliamente de ello en sus estudios sobre la anorexia y las psicosis. Para Selvini, si hay un envidioso, siempre hay alguien que lo provoca, que quiere obtener su reconocimiento a la fuerza. Quiero recordar únicamente uno de sus célebres casos, el de Giusi, una adolescente anoréxica que intentó suicidarse varias veces.2
La madre de Giusi era una mujer muy hermosa, encantadora, una gran artista que siempre lograba fascinar a sus invitados y a sus amigos y se hacía amar y admirar. El marido, que estaba enamorado de ella, precisamente por estas extraordinarias cualidades, en determinado momento comenzó a envidiarla y, quizás, a estar celoso de los muchos admiradores que ella tenía. Durante las “exhibiciones” de su mujer, permanecía ostentosamente mudo, pálido de rabia. Y Giusi había comenzado a experimentar la misma envidia, el mismo rencor. Respecto de ella y de su padre, la madre tenía demasiado: demasiada belleza, demasiado encanto, demasiada inteligencia, demasiada cultura, demasiado éxito profesional, demasiados amigos, demasiada admiración. Y quería además tener una hija excepcional de la cual enorgullecerse. Pero Giusi, que era muy hermosa, podía quitarle esto último. En poco tiempo se transformó en un monstruo esquelético que perdía los dientes y el cabello.
De ese modo vengaba al padre y colocaba a su madre en su lugar, humillaba su orgullo, le hacía “bajar la cabeza”, le arruinaba la existencia y la obligaba a avergonzarse ante todos.
2 M. Selvini Palazzoli, S. Cirillo, M. Selvini y A. M. So-rrentino: I giochi psicotici nella famiglia, Milán, Raffaello Cortina, 1988, págs. 96-101.
Como en el caso de José, la madre no se daba cuenta del efecto devastador que tenía su ostentación sobre el marido y la hija. Trataba de seducirlos, de fascinarlos como lograba hacerlo con los demás. Y cuanto más se resistían ellos, más reforzaba ella sus esfuerzos, hasta la catástrofe.
El envidiado no advierte la herida, el dolor que provoca en el envidioso y no comprende la violencia de su reacción agresiva.
La mujer hermosa que atraviesa la sala altiva, con todos los ojos puestos sobre su persona, está contenta. Sabe que hace ostentación, sabe que la envidian, pero no capta hasta lo más profundo la malevolencia, el odio que la acompaña. En su imaginación adivina una serie de comentarios positivos, quizás arrancados a la fuerza, pero positivos al fin. Piensa que, aunque sea de mala gana, las demás mujeres admiten su belleza, están impresionadas por ella. Se sentiría horrorizada si oyese lo que realmente dicen de ella: “Mira a esa asquerosa, esa arpía, esa aprovechadora, esa ladrona, esa prostituta…”.
Pero la ostentación no tiene siempre como meta obtener el amor y la admiración. A veces quiere humillar, aplastar al otro, obligarlo a rendirse. La ostentación del poder, de la riqueza, de las victorias, ha tenido también en el curso de la historia el objeto de hacer bajar la cabeza de los porfiados, de aniquilar su orgullo, de hacerlos postrar, implorantes y dispuestos a adorar, frente al vencedor, el objeto de obtener su rendición total como se le concede a una divinidad. El poderoso quiere ser amado, admirado y temido como un dios.
Esta pretensión despótica, este deseo de poder total y de adoración ciega, tiene sus raíces en el terrible desequilibrio de fuerzas que hay entre el adulto y el niño. Por eso, antes de transformarse en pretensión del soberano hacia sus súbditos, hizo su aparición en la familia, en todas las épocas y en todos los lugares. Y se expresó en la religión. El Dios celoso es el modelo y el reflejo de un patriarca, de un padre-amo iracundo y exclusivo. Lo demostró de manera inolvidable Sigmund Freud.3
Pero el despotismo se reproduce todavía hoy, en la familia actual, en determinados momentos y en determinadas situaciones. Vuelve a aparecer en las relaciones entre el hombre y la mujer, entre el que dirige y el que es dirigido, se insinúa en los triunfos, en las orgullosas manifestaciones de superioridad. En todos los ambientes hay privilegios, ritos, imposiciones de deferencia. En todo lugar encontramos personas que se exhiben con la complacida arrogancia del soberano y lo que en realidad buscan es corrompernos, humillarnos, hacernos cantar loas a ellos.
En estos casos la envidia se carga de un matiz sombrío y puede transformarse en malvada agresividad, en resentimiento.
3 Sobre todo en Tótem y tabú y en Moisés y la religión monoteísta, en Obras completas, vols. 13 y 23, Buenos Aires, Amorrortu.
En una pequeña obra moral Plutarco distingue entre la envidia y el odio.4 El odio, nos dice, se origina en la idea de que la persona odiada es mala o quiere hacernos un mal. La envidia, en cambio, se experimenta solamente en la confrontación con quien parece ser muy afortunado. El odio puede tener un motivo, una justificación, en tanto que la envidia nunca es justa, desde ningún punto de vista. Se odia principalmente a aquellos cuya maldad se acrecienta, mientras que se envidia principalmente a aquellos que son cada vez más virtuosos. En suma, la meta profunda del odio es hacer realmente un mal. Los envidiosos, en cambio, sólo pretenden que el envidiado deje de hacerles sombra. Como si el envidiado fuese una casa demasiado alta, a la cual bastaría quitarle el último piso.
Todo lo que hemos dicho son puntos en los cuales estamos completamente de acuerdo. Pero, si bien odio y envidia son diferentes como tipos ideales,5 lo cierto es que en las situaciones concretas se mezclan profundamente. En el ejemplo
4 Plutarco: De invidia et odio, en Moralia 1, Plan 47,
Pordenone, Biblioteca dell’immagine, 1989, págs. 454-469.
5 Spinosa tiene una posición diferente sobre esta cues
tión. Para él, la envidia no es más que odio visto en la parti
cular perspectiva de quien desea el mal ajeno y se entriste
ce por la alegría del otro (Etica cit). Una experiencia que
Santo Tomás de Aquino, en cambio, distingue netamente de
la envidia. Cuando, en efecto, la tristitia deriva del hecho de
que el enemigo se fortalezca y, por lo tanto, se acreciente un
peligro, talis tristitia non est invidia, sed magis timoris ef-
fectus (Summa Theologica, cit.).
que acabamos de dar, los hermanos de José deciden matarlo, y eso es claramente odio.
Lo que habitualmente transforma la envidia en odio es la provocación, sobre todo cuando se hace con la intención de producir la humillación, la sumisión del otro. Algo muy fácil, por otra parte, puesto que la gente que tiene éxito, que alcanza una posición de poder, generalmente considera que la merece y se enoja con quienes no se inclinan ante ella.
Los poderosos, los ricos, los triunfadores, han ejercido siempre, en el curso de la historia, esta presión sobre los más pobres, sobre los vencidos, sobre los inferiores. Y si estos últimos experimentaban envidia por aquéllos, con el acicate de la provocación y de la humillación, esta envidia se transformó con frecuencia en odio impotente, en turbio deseo de venganza.
Nietzsche dio a esta mezcla de pasiones el nombre de resentimiento.6 El hombre resentido no admira al superior, quisiera estar en su lugar para vengarse de él. Porque ha sido humillado, porque mil veces hubo de disfrazar su encono impotente. El resentimiento se produce poco a poco, de manera acumulativa, a través de sucesivas estratificaciones de deseos envidiosos, de cóleras contenidas, de proyectos de venganza.
El resentimiento puede ser un hecho individual. Puede experimentarlo un hermano menor
6 F. Nietzsche: Genealogía della morale, Milán, Adelphi, 1975. [Hay versión en castellano: La genealogía de la moral, Madrid, Alianza, 1983, 78 ed.]
contra el mayor que dirige la casa, que lo oprime, una nuera contra la suegra que la trata como a una sirvienta. Pero se hace particularmente importante e interesante cuando es colectivo, como en las relaciones entre los pueblos o entre las clases sociales.7
7 Véase el párrafo Risentimento e invidia collettiva, págs. 130-133 (en la edición italiana, citada arriba).











