La mala fe
La envidia se funda en la mentira y en la mala fe. Mentir es engañar a otro a sabiendas de que todo cuanto se le quiere hacer creer no es verdad. Cuando hay mala fe, en cambio, nos mentimos o tratamos de mentirnos a nosotros mismos. Intentamos disfrazar a nuestros ojos una realidad desagradable o presentarnos como verdad una mentira agradable.1
Hemos visto que el “trabajo” de la envidia consiste en tratar de demostrarse a uno mismo y de demostrar a los demás que la persona envidiada no vale lo que se dice que vale. O bien que no se trata de verdadero valor porque son otras las cosas que realmente cuentan. Al intentar esta demostración y al exponer los resultados, en determinado momento estamos “casi” convencidos. Cuando señalamos el error en el que todos han incurrido, además nos sentimos inflamados por
1 Utilizo la expresión mala fe en el significado que le dio Jean-Paul Sartre en El ser y la nada, Buenos Aries, Losada, 1983.
un celo sagrado, tenemos la impresión de estar realizando una obra de justicia social. “¡Vamos —decimos— no hay que dejarse llevar por las apariencias! Observad con ojos desprejuiciados y os daréis cuenta de que admiráis a quien no lo merece. Que no es mejor que vosotros o que yo.”
Pero, mientras hacemos esta denuncia, o un instante después de haberla hecho, tenemos la impresión de haber mentido. Cuando invitábamos a los demás a mirar de frente la verdad y a decirla, ¿estábamos movidos realmente por el desinteresado propósito de lo verdadero? O, en cambio, ¿forzábamos la mano en la dirección que nos convenía?
La busca de la verdad no debería tener otra motivación que el conocimiento, otro fin que la verdad misma. Pero nosotros teníamos una meta diferente: librarnos de la molesta presencia de alguien, de su belleza, de su riqueza, de su inteligencia o de su éxito. Experimentábamos placer al descubrir sus límites, sus carencias. No era el placer puro del conocimiento, era el placer impuro de golpear, de dañar, de “hacérselas ver”, lo que nos movía.
Un observador externo que hubiese podido estudiarnos con atención y penetrar en nuestro espíritu no habría tenido dudas. Las motivaciones de nuestra búsqueda y de nuestros intentos de proselitismo estaban corrompidos.
Por eso, la mala fe no es representarnos algo falso, algo que sabemos que no es cierto. Antes bien es una busca por el camino errado. Buscar, descubrir, poner de manifiesto, recordar, revelar todo lo que sirve a cierto fin y, en cambio, pasar por alto, no ver, ocultar, lo que no sirve a dicho fin o lo obstaculiza. La mala fe es mala intención, acción práctica, respecto de la cual el conocimiento es solamente un medio, un instrumento.
Cuando nos damos cuenta de que el curso de nuestra búsqueda, de nuestros pensamientos, de nuestras reflexiones, satisface nuestra agresividad, desvaloriza a la persona que nos produce fastidio, entonces lo seguimos con solicitud. Cuando, en cambio, tenemos la impresión de que todo eso nos conduce a apreciarla, a reconocerle un valor, nos sentimos presos de cierto malestar, nos detenemos y cambiamos la dirección de nuestros pensamientos.
En todos los procesos de busca procedemos haciendo hipótesis. Luego, mediante el razonamiento o recurriendo a datos empíricos, descartamos las hipótesis erradas y nos detenemos en aquellas que resisten la refutación. Este buscar es objetivo si no tiene cierta preferencia por un tipo particular de respuesta. Si no tiende, de manera parcial y prejuiciosa, en favor de ésta en lugar de aquélla. Hago una pregunta y luego me mantengo susceptible, abierto a todas las soluciones, hasta a aquéllas más inesperadas, hasta a aquéllas más desagradables.
En el caso de la envidia parto de una pregunta: “¿Es verdaderamente culto aquel hombre?” Pero ya al hacérmela, sé cual es la respuesta que prefiero: “No. No lo es”. Entonces si me ocurren razones, u oigo opiniones que la confirman, me siento jubiloso. Si, en cambio, me veo obligado a admitir que esa persona es realmente culta, entonces me quedo con un gusto amargo en la boca y en ese mismo instante, comienzo a recurrir a otra de las estrategias de la envidia haciéndome otra pregunta: “Pero, ¿su cultura no es acaso simple erudición?” Y continuaré procediendo así, abandonando una y otra vez el camino que me conduce a reconocer su valor, a fin de desembocar continuamente en los que me permitan refutarlo.
Poco a poco construiré un conjunto de explicaciones, de pruebas y de argumentos tranquilizadores. Luego buscaré las confirmaciones, proponiéndoselos a los demás. Si mi proselitismo tiene éxito, si hay gente que puede movilizarse contra el envidiado, encontraré consenso para mis razonamientos y el trabajo de la envidia habrá triunfado. Todos juntos lograremos expulsar el cuerpo extraño y la envidia desaparecerá.
Si, en cambio, al interrogar a los demás, encuentro juicios diferentes, algunos favorables y otros contrarios, el trabajo de la envidia no alcanza su objeto. Vuelvo a encontrarme solo conmigo mismo, con mis razonamientos y mis argumentaciones, y tarde o temprano, la duda volverá a atenacearme. Porque mi argumento no tiene fuerza para sostenerse por sí mismo. Sé que fui parcial, que prefería una alternativa a la otra, que seguí el camino que me daba consuelo y que impugné el que me llevaba a conclusiones desagradables.
Tengo necesidad del consenso social. Si me falta, siempre habrá un momento en el que, inesperadamente, el castillo de justificaciones en el que me había atrincherado, me parecerá demasiado frágil, inconsistente. Esta es una experiencia análoga a la inversión de figura y fondo en la percepción visual. O bien al retorno de lo reprimido en el psicoanálisis. Lo que se había mantenido alejado de la conciencia irrumpe en ella de manera súbita y produce angustia. En este caso experimento una violenta impresión de fracaso y de miseria moral. ¡No es verdad! El valía realmente! Me siento aplastado por mi nulidad y por mi doblez que ya no puedo ocultarme a mí mismo.
La sacudida del trabajo de la envidia no provoca, por lo tanto, una “punzada” de envidia, sino que me impone el valor del otro y me deja sin defensas. Por un instante permanezco desarmado. Estoy a punto de rendirme, de admitir su superioridad y mi miseria. Si el envidiado estuviera presente, hasta podría pedirle perdón, echarme a sus pies, abrazarlo, como hacen algunos personajes de Dostoyevski. Pero ésta es una fase que dura poco. Rápidamente me recompongo, retomo mis actitudes habituales y con ellas vuelvo a comenzar mi “trabajo” de denigración. Como un náufrago, me aferró a una nueva hipótesis, a una frase que dijo alguien y vuelvo a comenzar la protesta. La envidia es tenaz, renace continuamente del fracaso de su trabajo. El envidioso solitario es como Sísifo, condenado a subir a una montaña un peñasco que, una vez llegado a la cima, rodaba otra vez hacia el valle.
Lo que no puede lograr el individuo aislado, puede alcanzarlo la colectividad. Lo que en un individuo aislado es mala fe, porque él, en el fondo, sabe que se miente a sí mismo: repetido por los demás, amplificado por la propaganda, destacado por los eslóganes, demostrado por los intelectuales, sostenido por las diatribas, por las acusaciones, por las persecuciones, termina por ser creído por las masas. Se transforma en catecismo ideológico, en creencia indiscutida. Hacer propaganda no es pensar, es actuar. El propagandista que no cree es tan eficaz como el que cree. El conjunto de estas afirmaciones induce a otras certezas o, por lo menos, sofoca toda voluntad de crítica. Mil propagandistas de mala fe producen un pueblo de creyentes.
* * *
Demos ahora un paso atrás, volvamos a la persona que envidia y que comienza a desarrollar su trabajo dentro de sí y frente a los demás. Al individuo con sus pensamientos, con su sentimiento de fracaso, con su obsesivo pensamiento puesto en ese otro que le parece más hermoso, más rico, más feliz, más afortunado que él, y de quien trata inútilmente de desviar la mirada. Volvamos a su discurrir motivos y razones para no darle peso y valor, volvamos a sus dudas y sus fracasos.
El envidioso debe mantener todas estas emociones, estos razonamientos, esta actividad, cuidadosamente ocultos a quienes lo circundan. La envidia tiene esta característica: ser, antes que nada, un secreto.
El envidioso trata de evitar con mucho cuidado que los demás descubran que él se está comparando con alguien. Es desconfiado, circunspecto, teme que lo adviertan, que sean rozados por la duda. Practica estratagemas para despistar a los posibles sospechosos.
La confrontación envidiosa es un hecho social. Se desarrolla frente a un público, a un jurado que consideramos extremadamente crítico y exigente. Precisamente frente a este jurado queremos hacer un buen papel, frente a él nos avergonzamos si no logramos estar a la altura del otro. Si todos estos jueces de pronto desaparecieran, si ya no tuviéramos miedo de su evaluación, también desaparecería nuestra envidia. Primero, porque no queremos llamar la atención sobre la confrontación que estamos realizando. Porque sería como llevar la indagación de ese jurado precisamente hacia la diferencia que nos hace sufrir, como hacerla emerger con toda claridad.
No queremos hacerles pensar que nos sentimos disminuidos, derrotados, que admiramos la superioridad del otro y que sufrimos por ello. Admitirlo sería destruir todos nuestros mecanismos de defensa, hacer imposible el trabajo de la envidia. ¿Cómo hago para decir que aquel no vale nada, si, ante todo, me siento dominado y fascinado por él?
Por consiguiente, la envidia debe esconder cuidadosamente nuestro deseo, nuestro interés y poner en escena lo contrario: nuestra indiferencia, nuestra superioridad.
Cuando hablamos de la persona que perturba nuestras noches, en la cual pensamos con insistencia enfadada, debemos hacer como que caemos de las nubes. “¿Ese? Ah, sí, me parece haberlo oído nombrar, ¿qué hizo?”
El envidioso nunca debe dejar transparentar sus verdaderos sentimientos agresivos. Cada vez que habla del envidiado debe hacer como que no lo conoce, o bien debe sostener que es su amigo. “Siento verdadero aprecio por él, pero en este caso no puedo menos que criticarlo, por su propio bien…”
El envidioso se ve, entonces, obligado a mentir. Se ve obligado a poner en escena la ficción del desinterés, de la ignorancia, de la amistad. Está obligado a poner en escena los sentimientos contrarios de los que experimenta. Se siente envilecido, humillado, impotente y finge sentirse alegre, satisfecho y seguro. Está malquistado con el otro y debe demostrarle amistad, afecto, estima.
Por eso la envidia siempre es no solamente mala fe, sino también conciencia de la falsedad, es decir, mentira. Es una puesta en escena mentirosa, continua, prolongada, que utiliza todo tipo de recursos intelectuales y astutos. Es lo que hace lago con Ótelo.
La puesta en escena engañosa, el hecho de tener que fingir continuamente sentimientos que no experimenta, de decir cosas que no piensa, interactúa con la falsa conciencia. En la mala fe hay duda. El envidioso sabe que vale poco, sabe que no tiene argumentos consistentes. De vez en cuando, entra en crisis y terminaría por ceder si no estuviera continuamente obligado a fingir. Al fingir frente a los demás, le resulta más fácil fingir frente a sí mismo.
La envidia es, en definitiva, un gran fingimiento mentiroso, en el cual el actor quisiera huir de su papel pero no logra hacerlo. No puede decir la verdad sobre sí mismo, porque debería decir que ha odiado a quien consideraba mejor que él, y que les ha mentido a todos.
La mala fe
Published on Marzo 9, 2008
in El sentido de la vida.
Tags: aries, jean paul sartre, la mano, mala fe, meta, puro, realidad.











