La confrontación envidiosa

La confrontación envidiosa
Deseárnoslo que vemos. Ser como los demás, tener todo lo que tienen los demás. Cuando somos niños aprendemos mirando a nuestros hermanos, a nuestros padres. Cuando somos adultos lo hacemos observando lo que hacen nuestros vecinos, los personajes del espectáculo y nos identificamos con ellos. El deseo es una energía avivada desde el exterior. El contacto con otras personas nos estimula, nos seduce, nos tienta, nos impulsa a querer siempre más, siempre cosas nuevas, a apuntar a miras cada vez más elevadas y a superarlas.
Pero esta incesante actividad deseosa encuentra inevitablemente frustraciones. No siempre logramos obtener lo que han obtenido aquellos que nos han servido de modelo. Entonces nos vemos obligados a dar un paso atrás. Este retroceso puede asumir varias formas: cólera, tristeza, renunciamiento. O bien, un rechazo del modelo con el cual nos habíamos identificado. A fin de contener el deseo, rechazamos a la persona que nos lo ha suscitado, la desvalorizamos, decimos

que no tiene méritos, que no vale nada. Esta es la primera raíz de la envidia.
La otra raíz de la envidia surge de la exigencia de juzgar. A fin de saber cuánto valemos nos confrontamos con algún otro. Empezamos de niños cotejándonos con nuestro hermano y es nuestra madre quien nos compara con él. Y luego, en el transcurso de nuestra vida continuamos haciéndolo con los amigos, con los colegas, con quienes nos han superado o con quienes hemos dejado atrás; cada vez que nos evaluamos, somos también evaluados por los demás.1
Esto ha ocurrido en todas las épocas, ocurre en todas las culturas, tanto entre los hombres como entre las mujeres y nadie puede sustraerse a ello. Mejor y peor, arriba y abajo, más y menos, bueno y malo, elogio y reprobación, éxito y fracaso, todas son comparaciones. Para poder pensar en._nosotros mismos, estamos condenados a confrontarnos con otros seres humanos, con sus cualidades, con sus virtudes, con su belleza, con su inteligencia, con sus méritos. En el fondo de cualquier valoración siempre hay “alguien” que constituye nuestra medida, que en la confrontación se instala en el centro de nuestro ser.
Queremos ser mejores, superiores, más apreciados. No hay un límite para esta incitación, para este ascenso. Por eso nunca se terminan la confrontación, el juicio, la sucesión ilimitada de valoraciones, a veces soy mejor, a veces peor, a ve-
1 L. Festinger: “A theory of social comparison process”, en Human Relations, 1954, 7, págs. 114-140.
ees doy un paso adelante, a veces un paso atrás. La totalidad de la energía social es el producto de esta fuerza ascendente, de esta propulsión comparativa. Y si no tenemos éxito, si la confrontación nos pone en situación desventajosa, nos sentimos disminuidos, desvalorizados, vacíos. Entonces procuramos proteger nuestro valor. Y podemos hacerlo de muchas maneras diferentes: renunciando a nuestras metas, volviéndonos indiferentes, o bien tratando de desvalorizar el modelo, rebajándolo a nuestro plano. Este mecanismo de defensa, este intento de protegernos mediante la acción de desvalorización, es la envidia.
Por consiguiente, la envidia es un retroceso, una retirada, una estratagema para sustraernos de la confrontación que nos humilla. Es un intento de ahuyentar el estímulo desvalorizando el objeto, la meta, el modelo. Pero es un intento desmañado, porque el objeto del deseo y el modelo permanecen allí, como una red en la cual el ánimo se debate prisionero.
Desear y juzgar son dos pilares de nuestro ser, pero también son la fuente de la envidia. Y la envidia siempre aparece, como un resplandor, juntó al nacimiento de cada deseo y al surgimiento de cada valor. Porque todo deseo siempre encuentra algún obstáculo, toda confrontación puede ponernos en dificultades. En cada incitación deseosa existe el riesgo del naufragio. En cada aspiración existe la posibilidad de perderse.
Ninguno de nuestros movimientos es un proceder rectilíneo, seguro, imperturbable. Corremos hacia adelante, luego nos detenemos, miramos en derredor, volvemos a proceder prudentemente. Luego, ya seguros, damos un nuevo paso adelante. El flujo vital es una continua sucesión de exploraciones, de intentos y de errores, de avances y retiradas. El momento del retroceso, del reflujo, del rechazo, es parte integrante del proceso y es una parte esencial. La envidia es un acto de defensa, un intento de encerrarse en un refugio, en una fortaleza, por temor a lo que nos espera. Por eso es la sombra negativa de nuestro entusiasmo vital, la contrafuerza omnipresente del querer.
La envidia tiene sus raíces en nuestras motivaciones más profundas, en nuestras aspiraciones más elevadas. Sin embargo, el modo en que se revelan esos fines y esos deseos a través de la envidia es deformado y repugnante. No es un entusiasmo límpido, solar, una marcha llena de coraje hacia la meta; ni siquiera es una aceptación consciente del fracaso. Él deseo frustrado vuelve a través de nuestra obsesiva concentración sobre alguien que ha tenido éxito en aquello en lo que nosotros hemos fracasado, y no sólo estamos descontentos por nuestro fracaso, sino también llenos de rencor contra quien ha alcanzado el éxito. La envidia tiene su raíz en el modelo, pero ese modelo, mediante el proceso envidioso, se transforma en una figura en la cual no podemos pensar sin sublevarnos, sin que nos acometa la rabia y el desánimo. 2
2 Las definiciones de la envidia que dan diversos filósofos en el curso de la historia concuerdan notablemente entre sí. Aristóteles se ocupa de ella en el segundo libro de la Re-
Si nuestros deseos se generan por la presencia de los demás, si el juicio que hacemos de nosotros mismos es el resultado de una comparación, la vida, en su impetuoso fluir, es dejarse arrastrar por esta corriente. Es aceptar, u olvidar, o no querer saber, que una gran parte de nuestros deseos penetra desde afuera, que la idea que tenemos de nosotros mismos es el murmullo de una multitud, el reflejo de sus palabras. Que no poseemos una sustancia íntima, autónoma, independiente.
tórica y la define como un dolor causado por la buena suerte que tiene alguien que se nos asemeja. Véase Retorica, II (B), 10,1387 b-1388, Barí, Laterza, 1973, págs. 94-95.
Santo Tomás de Aquino en la Sumiría Theologicse II-II, Quaestic, primer artículo, define la envidia cómo una infelicidad (tristitia) por los bienes ajenos, no porque esos bienes representen un peligro sino porque “est di-minutivum propriae gloriae vel excellentiae”. Tomo 89 Secunda secundae, Roma, ex tipografía polyglotta, S.C. De Propaganda Fide, 1895, págs. 290-91.
Para Spinoza la envidia no es otra cosa que el odio mismo por cuanto considera que el odio dispone al hombre a gozar por el mal ajeno y a entristecerse por el bien de los demás. Véase Baruch Spinoza: Ethica, III, PropT~24, Turín, UTET, 1980, pág. 211.
Descartes habla de quienes sufren por el bien que ven que les ha tocado en suerte a los otros hombres. Descartes distingue además una envidia justa, que experimentamos cuando se ha ofendido a la justicia, de una envidia injusta. Pero agrega que muy raramente somos justos y generosos. Véase Descartes: La passioni dell’anima, en Opere filosofi-che, vol. 4, Roma-Bari, Laterza, 1986, Artículo 182, pág. 106.
Kant define la envidia como la tendencia a ver con do

La envidia es un intentó inútil, desmañado, de sustraerse a esta condición humana, a este estar forjado por los demás, por sus palabras, por sus juicios. Es una protesta rencorosa contra esta sustancia etérea que envuelve nuestro ser. Es una rebelión contra nuestra carencia metafísica de autonomía. Pero es una protesta llena de mala fe, porque la gritamos solamente cuando nos sen: timos vacilar, no antes. Por el contrario, antes, sobre esa misma confrontación construíamos deseosos nuestra seguridad y nuestro valor. La envidia es la protesta de un fullero que advierte que ha hecho trampas en el juego cuando empieza a perder. Entonces quiere instaurar un juego justo, pero no puede hacerlo porque cree que todos hacen trampas y no se fía de ellos como no se fía de sí mismo.
lor el bien de los demás aun cuando éste no acarree ningún daño para nuestro bien. Véase Metafísica dei costumi, Bari, Laterza, 1973, pág. 328.
John Rawls escribe que envidiamos a las personas cuya situación es superior a la nuestra y que estamos dispuestos a privarlos de sus beneficios, incluso si fuera necesario que nosotros mismos tuviéramos que renunciar a algo para lograrlo. Véase, Una teoría della giustizia, Milán, Feltrine-lli, 1982, pág. 424. [Hay versiones castellanas: Aristóteles: Retórica, Madrid, Aguilar, 1968, 2* ed.; santo Tomás de Aquino: Summa Theologica, trad. PP. Dominicos, Madrid, Editorial Católica, 1960; Spinoza: Etica, México, Fondo de Cultura Económica, 1958; Descartes: Las pasiones del alma, Barcelona, Edicions 62; Kant: Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Madrid, Espasa-Calpe, 1983; Rawls: Teoría de la justicia, México, Fondo de Cultura Económica, 1979.]
La envidia es perversidad hacia los demás cuando pensamos que la sociedad, el mundo, no son suficientemente buenos para con nosotros. Es un veneno que esparcimos y con el cual intoxicamos el ambiente. Y en ese ambiente nos movemos, incómodos, con sumisión y miedo.
Pero también cuando somos nosotros los envidiados sentimos ese clima maléfico, de inquina. La envidia de los demás nos hiere, envenena nuestra vida. La envidia es agresividad. Si muchos te envidian, si muchos procuran por cualquier medio disminuir tu valor, desacreditar tu imagen, si esta acción de intoxicación continúa día tras día, terminas por sentirte sofocado. Haces algo que consideras loable y caes en la cuenta de que esa acción suscita afrenta. Eres gentil y como respuesta obtienes una villanía. Redoblas los esfuerzos y aumenta la hostilidad de tus colegas, de tus parientes, de aquellos que deberían comprenderte mejor, más fácilmente. Que deberían manifestarte el reconocimiento que consideras merecer.
Son momentos en los cuales puedes percibir la envidia como una presencia agresiva, tangible. Puedes sentir, como un animal que posee un sentido especial, el olor, el hedor de la agresividad. Y adviertes que ese hedor colma la habitación en la que entras, deforma los rostros que te miran. Antes, cuando abrías una carta, veías sólo las palabras, las leías en su significado literal, mientras que ahora percibes, entrelineas, detrás de cada renglón, la porquería, el odio de quien ha impregnado con su rencor la hoja al escribirla. Durante una conversación, sientes el olor nauseabundo en
las alusiones, en las frases espirituosas, en la ironía. Olor de hombres malvados, de verdugos, olor
de gente acorralada.