La autoconmiseración

La autoconmiseración
La envidia no se expresa únicamente mediante la agresividad, la desvalorización de los demás, sino también en la forma opuesta, con la lamentación, la autoconmiseración. Habitual-mente, cuando oímos que una persona llora, se lamenta, describe las vejaciones que sufrió, los obstáculos que encontró en su camino, las desgracias que le impidieron tener éxito, no pensamos en la envidia. Participamos de su sufrimiento y la compadecemos por el hecho de que no haya podido realizar todo lo que la vida le había prometido. Deberíamos identificarnos más profundamente con esa persona, hasta ver el mundo como ella lo ve. Entonces comprenderíamos el sentido profundo de su lamentación. Para quien siente semejante conmiseración, el mundo es, como para los tipos humanos descritos anteriormente, un lugar donde no se reconoce el mérito, donde el éxito, la riqueza, la felicidad misma, son el producto de favoritismos y de privilegios. El que siente autoconmiseración está convencido de que la sociedad lo trata injustamente y, en cambio, ha sido soberanamente generosa con los demás.
Si tenemos la paciencia de escuchar durante un largo rato a una de estas personas que se lamentan, advertiremos que, en realidad, tienen una alta estima de sí mismas. Se iluminan cuando hablan de su pasado, se enorgullecen de su coraje, de su astucia, de su generosidad, de las extraordinarias empresas que han realizado. Cuentan qué
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precoces eran cuando niños, qué geniales cuando jóvenes, qué valientes como soldados, qué fascinantes en las fiestas. Luego, la negra fortuna, la sombría malevolencia de los hombres y la incomprensión del mundo se abatieron sobre ellos.
Si tenemos la paciencia de observarlas, veremos que estas personas plañideras son, en realidad, profundamente pasivas. No actúan, se limitan a mirar. No afrontan el mundo, no luchan, no se arriesgan. Quisieran que los demás se esfuercen por ellos. Si los demás no lo hacen se lamentan y los acusan de egoístas.
Si lo llevamos a nuestra casa y le mostramos nuestros objetos más preciados, advertiremos su mirada ávida, codiciosa, su rencor y hasta su odio, porque, a sus ojos, lo que nosotros tenemos no lo hemos merecido, mientras que ¡ellos sí que habrían tenido derecho! Por eso deberían quitárnoslo, arrancárnoslo de las manos. ¡Y eso sería sólo una pequeña reparación de la injusticia sufrida!
En realidad, estas personas devoradas por el deseo impotente han renunciado a luchar, a batirse, a merecerse el premio. Permanecen inmóviles, pasivas y se justifican a sí mismas convenciéndose de que no hay nada que hacer porque el mundo es estructuralmente inmoral. Todos aquellos con quienes entran en contacto, todos los que triunfaron, los que tienen lo que ellos desean, son el testimonio evidente de esta injusticia, de esta vergonzosa inmoralidad. Esa autoconmiseración, ese lamento, es una excusa: el mundo es cruel, el mundo es malo, por lo tanto no mereces lo que posees, deberían quitártelo…