La amistad
Mientras el enamoramiento es un estado naciente por una revelación inesperada, la amistad se forja poco a poco, gracias a la sucesión de encuentros.4 Se funda en la comprensión recíproca, en la confianza recíproca, en la estima, todas cualidades morales. En realidad, puede definirse a la amistad como la forma moral del amor.
No podemos seguir siendo amigos de alguien que nos engaña, que nos miente, que no procede con nosotros con toda corrección; mientras que podemos enamorarnos de un mentiroso, de un ladrón, de un delincuente. El enamoramiento se nos impone y sólo podemos intentar resistirnos a él. La amistad, en cambio, se va forjando poco a poco, se funda en el principio de realidad, en la reciprocidad, en la ayuda mutua, en el placer de hablar con el amigo, de compartir experiencias y reflexiones.
Mientras los enamorados tienden a fusionarse, los amigos continúan siendo personalidades distintas y se enriquecen uno al otro precisamente porque cada uno de ellos conserva su carácter específico. Todo enamorado procura cambiar a su amado o a su amada y también está dispuesto a modificarse a sí mismo. En cambio, los amigos respetan mutuamente sus diferencias. Cuando los enamorados se ofrecen un regalo, lo eligen siguiendo sus propios gustos o según la imagen
4 Véase F. Alberoni: La amistad, México, 1986, Barcelona, 1985, Gedisa.
idealizada del otro. Los amigos, en cambio, lo eligen según las reales necesidades del otro, sus auténticas preferencias, o bien perqué consideran, con motivos fundados, que ese objeto le puede ser útil a su amigo.
Mientras los enamorados no logran permanecer separados sin sufrir, los amigos se sienten seguros del afecto del otro y pueden verse solo de vez en cuando sin que la amistad se resienta. Cuando vuelven a encontrarse, retoman la conversación en el punto en que la habían dejado, como si el tiempo no hubiera pasado.
Los amigos siempre se consideran pares, aunque uno sea más rico y el otro más pobre, aunque tengan funciones y responsabilidades diferentes. Porque ponen entre paréntesis su valor social y se tratan en un plano de absoluta paridad.
Por eso puede existir amistad entre dos personas desiguales, pero para que ello ocurra es necesario que ninguno de los dos haga manifiesta esa desigualdad, ni siquiera ofreciendo regalos o pidiendo favores. El rico no debe hacer regalos fastuosos a fin de no crear en el otro el deber de retribuirlos. El pobre no debe pedirle dinero al rico, a fin de no colocarse en una situación de dependencia. Naturalmente en caso de necesidad se ayudarán, pero lo harán con indiferencia, como si se tratara de algo sin importancia. Ninguno debe depender del otro, ninguno debe crear deudas de gratitud.
En esta relación entre iguales, de dignidad pareja y de valor parejo, habitualmente no hay envidia. Y, cuando ésta aparece, se la aplasta rápidamente.
La envidia nace cuando deseo los objetos, el poder, el prestigio del otro. Cuando quiero ponerme en su lugar, sustituirlo en lo que posee y en lo que es. Pero sin conocerlo. Sin penetrar en sus deseos, en sus problemas, en sus angustias, en sus sentimientos.
El amigo hace exactamente lo contrario. Entra discretamente en el ánimo del amigo, lo conoce, percibe sus deseos, sus miedos, sus esperanzas y se preocupa únicamente por su bien. Sin embargo no confunde sus propios deseos con los del amigo, no desea lo que desea el otro.
El envidioso, obsesionado por el objeto, se adhiere al envidiado, se modela sobre él. El amigo, en cambio, se diferencia del amigo, quiere continuar siendo una persona distinta, y quiere que también el amigo continúe siendo diferente.
¿Esto significa entonces que entre amigos nunca aparece la envidia? En realidad no es así. Precisamente porque se consideran pares y porque hacen todo lo que está a su alcance para continuar siéndolo, los amigos son sumamente sensibles a todo cambio que se manifieste entre ellos. Si uno de ellos progresa, se enriquece, si obtiene un ascenso o si se compra una hermosa casa, el amigo percibe la diferencia y puede experimentar una punzada de envidia.
Sin embargo, la amistad sobrevive si éste puede neutralizarla rápidamente. Y el camino es el que acabamos de describir. En lugar de concentrarse en el objeto, en el resultado, como hace el envidioso, el amigo se concentra en la necesidad del otro, en su estado de ánimo, procura participar de su alegría. Se identifica con él, mira la realidad desde el punto de vista del amigo.
Pero no se confunde con él. Si, al experimentar la punzada de envidia, por un instante deseó tener la misma hermosa casa, un instante más tarde le restituye su deseo, lo separa de sí. Está contento de que sea su amigo quien posee esa casa. Que sea él quien tiene el placer, la casa, el deseo. El tiene su propia casa, sus propios sentimientos, sus propios deseos, completamente distintos de los del otro.
Los amigos son como dos grandes señores, como dos soberanos, cada uno con su feudo, con sus castillos, con sus vasallos, de los cuales se siente orgulloso y a los que no cambiaría por los que posee el otro.
Pero este proceso de restitución del deseo y de diferenciación, sólo es posible cuando la “superación” no es demasiado grande, cuando no ame-nasa, de manera irreparable, la dignidad de uno de ellos.
Hay un hermoso relato de Pirandello que muestra cómo puede entrar en crisis una amistad profunda y aparentemente inconmovible. Dos campesinos son socios desde hace once años en la misma granja. Cada uno se fía totalmente del otro. No tienen secretos entre sí, comparten todas las dificultades y todas las alegrías. Son parecidos en todo y para todo. Ambos, casados, han tenido, uno tras otro, varios hijos. Pero, en el último embarazo, la mujer de uno de ellos muere. El hombre se queda solo con una nidada de niños llorosos. El amigo trata por todos los medios de ayudarlo, de consolarlo. La mujer de este último se multiplica para atender a los huérfanos. Pero el viudo permanece mudo, impenetrable. Después de tres días de silencio ordena a sus hijitos que lo ayuden a cargar todos sus enseres en un carro y se va. Le dice al amigo, que trata de retenerlo, que es inútil, que no puede seguir viviendo allí. Ha quedado viudo, con cinco hijos y ya no puede volver a ser el mismo hombre de antes. Siempre tendrá necesidad del otro, como un mendigo.
No puede quedarse porque la felicidad del amigo se convertiría en la medida de su propia infelicidad. Se vería obligado a su pesar a compararse con el amigo, a pedirle continuamente ayuda y cada vez que lo hiciera saldría destruido, lleno de autoconmiseración, quizá de rencor, quizá de envidia. Por eso, es mejor sustraerse a la confrontación, romper con el pasado, olvidar.
4) Envidia a través de otra persona
Podemos sentir envidia en lugar de alguien que amamos. La madre que quiere mucho a su hijo, que lo acompaña ansiosamente a la escuela, siente envidia por el compañero del niño que ha obtenido buenas calificaciones en clase. Experimenta envidia como si estuviera en el lugar de su hijo. Esto ocurre aunque en realidad el muchacho no se sienta envidioso, aunque ni siquiera piense en ello.
No todas las clases de amor son de naturaleza tal que permitan sentir esta experiencia de envidia “en el lugar del otro”. Para que esto suceda debe existir una identificación amorosa muy intensa, en la cual el ser amado llega a ser más importante que yo mismo, toma mi puesto en las relaciones con el mundo, me representa, actúa en mi lugar.
Es lo que sucede habitualmente en la relación de los padres con los hijos. Los padres transfieren a sus hijos sus propios deseos de éxito, sus propias esperanzas. Se las confían a ellos. Es lo que hacía el padre sobre todo con el hijo varón, con el primogénito. Proyectaba en él sus propios deseos, sus propios sueños, sin tomar en cuenta los del hijo.
Pero la envidia a través de otra persona puede darse también en el caso opuesto, cuando percibimos y hacemos nuestro el deseo del ser amado. Muchas mujeres profundamente enamoradas del marido viven “por poder” el éxito de él y por eso sienten envidia de sus colegas y de sus competidores. A veces son los hombres quienes acompañan el triunfo de la mujer. Recuerdo el caso de un director profundamente enamorado de su mujer, una actriz muy herniosa y con gran talento, pero que tuvo que esforzarse durante mucho tiempo para imponerse. Con frecuencia, se le asignaban los papeles que más se adaptaban a su tipo a otras actrices menos capaces; a veces los críticos la trataban con acritud. El sufría por ello. Leía los artículos de los periódicos, examinaba los epígrafes de las fotografías y miraba con envidia a la que le hacía sombra a su amada.
Naturalmente también ella deseaba tener éxito, pero estaba mucho menos ansiosa, era mucho más optimista y no se preocupaba gran cosa. Pero quizás estaba tan serena porque se sentía continuamente apoyada, ayudada por el marido.
La envidia a través de otra persona es el síntoma de un amor de larga data, muy profundo y radical, de una auténtica sumisión voluntaria al otro, experimentado como la mejor parte, la parte más viva, más plena de posibilidades del sí mismo. Por eso no la encontramos en una forma de amor extremadamente intenso, pero aún no estabilizado como es el enamoramiento.
En su estado naciente, los enamorados se aman, pero al mismo tiempo, combaten todavía contra sus pasiones y procuran modificarse mutuamente. La relación entre ellos está hecha de violentos acercamientos y bruscos distanciamientos, de profundas identificaciones y de intentos de diferenciarse. Habitualmente, si uno de ellos se encuentra en dificultades, el otro lo ayuda, está dispuesto a luchar con coraje por él. Sin embargo, a veces, en circunstancias similares, mira al amado como si se tratara de un extraño, quiere ver qué sabe hacer el otro, cómo sale del trance. Este tipo de amor adora, suspira, aplaude, pero también puede escrutar, juzgar, condenar. Disfruta del éxito del otro; no obstante, en determinados momentos, se complace con su derrota. Por lo tanto, si bien la experiencia de la envidia a través de otra persona puede existir, no es en modo alguno la regla.
En la amistad la relación es más estable, este más consolidada. Sin embargo en este caso, la envidia a través del otro, aunque puede darse, es rara. Los amigos son individualidades distintas que se respetan. Son dos soberanos. Si se trata injustamente á uno de ellos, el otro sale en su defensa, le hace justicia. Generalmente cada uno de ellos se siente feliz si el otro obtiene éxito, se siente enriquecido. Y, por el contrario, se siente infeliz cuando el otro sufre una derrota, la vive como un fracaso personal. Pero difícilmente experimenta envidia en lugar del otro. Porque no se confunde con él. No le atribuye sus propios deseos ni hace suyos los del amigo, sin establecer distinciones.
Antes de terminar con este tema, examinemos otro caso. El que se presenta cuando nos sentimos identificados con un personaje famoso, con un campeón deportivo, en quien proyectamos lo mejor de nosotros mismos y a quien le confiamos nuestra liberación. Lo mismo ocurre en el caso del jefe carismático que representa a todos los miembros del grupo. Si este héroe triunfa, también triunfamos nosotros, si pierde, también perdemos nosotros. Cada uno de sus logros es un logro nuestro, cada una de sus humillaciones es nuestra humillación.
Y ésa es la pregunta. ¿Podemos sentir envidia colocándonos en su lugar? Los napolitanos que ahora tienen como ídolo deportivo a Maradona, ¿pueden sentir envidia de alguien que juegue mejor que él? Maradona mismo puede estar envidioso. Al asistir al triunfo de otro puede sentirse disminuido, envilecido, destruido y puede desear hacer desaparecer de la faz de la tierra a su competidor. También el admirador fanático puede tener el mismo deseo de hacer desaparecer al campeón adversario. Está de parte de Maradona, quiere que Maradona sea siempre el primero y si sospecha que hay otro que es mejor se preocupa, siente envidia. Pero ésta envidia es más frágil, débil. El fanático sufre, pero sufre por su equipo de fútbol, sufre porque el debilitamiento de Maradona debilita al equipo de sus amores. Maradona no es el fin, sino el medio para lograr el éxito del equipo.
En los casos de padres e hijos, como en los de mujer y marido, si hay alguien más valioso que el objeto de su amor, si la comparación continúa siendo desfavorable, su cariño no disminuye y su envidia no se atenúa. En cambio, en el caso del equipo de fútbol, si cualquier otro supera al campeón, si éste se muestra incapaz, la afición de sus admiradores se desvanece. El campeón debe triunfar. Si pierde ya no es un campeón, se lo abandona.











