Envidia y relaciones amorosas

Envidia y relaciones amorosas
1) Padres e hijos
El amor es el gran antagonista de la envidia. Si queremos a alguien deseamos su bien y nos sentimos felices cuando tiene éxito y él también es feliz. El niño se siente orgulloso de lo que hace su padre, mira con admiración a su hermano mayor que supera a los demás en un certamen. El muchacho adora a su cantante preferido y a su campeón deportivo, llega a ser un fanático de él, está a su lado, quiere su triunfo. La enamorada quiere fundirse con el amado, se olvida de sí misma y sólo desea lo que le da placer a él.
En el amor los límites entre el sujeto y el objeto se han debilitado. El individuo fluye en el otro, se confunde con él y lo vive como una parte esencial de sí mismo, como la parte más preciosa de su ser. Lo indican claramente expresiones como “mi corazón”, “mi vida”, “mi alma”.
Cuando hablábamos del valor del Sí mismo dijimos que el Sí mismo está constituido por objetos propios de identificación y de amor, individuales y colectivos.
El Sí mismo del que ama, está completamente colmado, ocupado por estos objetos. El sujeto vive en ellos y a través de ellos.
Pero cualquier amor, hasta el más completo, el más intenso, haSta el del niño por su madre, nunca es fusión pura, es afirmación de las propias necesidades, de los propios deseos, de la propia individualidad. El psicoanálisis lo mostró con extremada claridad.1 Los niños entran en conflic-
1 A lo largo de todo este libro excluí voluntariamente el tratamiento de la envidia infantil estudiada por el psicoanálisis, particularmente la envidia del pene descrita por Preud y la envidia primordial, descrita por Melanie Klein (véase, especialmente, Invidia e gratitudirie, Florencia, Martinelli, 1969). Tomé esta decisión, no porque no haya estudiado el tema o porque considere las teorías’de Freud y de Klein carentes de fundamento. Yo mismo las utilicé ampliamente en ocasión de exponer mi teoría de los movimientos (véase, Genesi, op. cit., págs. 134-166).
Lo hice porque este libro apela a la experiencia directa del lector, sin la mediación de un psicoanalista que interprete los síntomas y traduzca la experiencia actual a esquemas de experiencias infantiles. La envidia que siente el lactante por el seno bueno, descrita por Klein, no está al alcance directo de la experiencia adulta. El lenguaje kleinia-no, dejando de lado la situación analítica concreta, termina por convertirse en una jerga arbitraria e incomprensible.
El lector puede advertirlo leyendo el excelente trabajo de Hanna Segal: Introduzione all’opera di Melanie Klein, Florencia, Martinelli, 1968. Además estoy persuadido de que el hecho de haberme abstenido de analizar este tema no perjudicó en modo alguno la profundización del análisis. [Hay versión en castellano: Introducción a la obra de Melanie Klein, Barcelona, Paidós Ibérica, 1981,1- reimpr.]
to con los propios padres. Terminan así por odiar y repudiar los propios objetos de amor y de identificación y este desgarramiento interior es la base misma de la psicología.2
Freud llamó ambivalencia a esta presencia simultánea de amor y de odio. Puede sentirse envidia del propio padre, de la propia madre, de los propios hermanos, aunque exista amor, incluso un gran amor.
La experiencia de la ambivalencia surge más fácilmente cuando la gente está obligada a vivir junta y no puede poner distancia. Es lo que ocurre en su máxima expresión en la familia. Los padres no pueden separarse de los hijos, los hijos mucho menos de los padres. Lo mismo puede decirse de los hermanos. Lo impiden cuestiones puramente prácticas, milenarias leyes sociales y, quizá, también profundas determinaciones genéticas. Por eso, amor y odio deben convivir forzosamente.
Existen, en cambio, relaciones amorosas que surgen más tarde: el enamoramiento y la amistad. En estos casos resulta más fácil evitar la ambivalencia. Generalmente son relaciones que carecen de envidia. Si la envidia aparece, ello significa que la relación se deterioró y que, tarde o temprano, quedará destruida.
En el primer tipo de relaciones, las familiares, impuestas, la envidia está, por otra parte,
2 S. Freud: Considerazioni aítuali sulla guerra e la morte, en Opere, Turín, Boringhieri, vol. vm, pág. 141. [Hay versión en castellano: De guerra y muerte, en Obras Completas, vol. 14, Buenos Aires, Amorrortu.]
inextricablemente mezclada con los celos. En realidad los hermanos compiten por el amor, la aprobación de los padres. En el complejo de Edipo, el hijo está envidioso del padre y la hija de la madre porque cada uno quiere que el padre del otro sexo lo ame, lo aprecie, lo valore. En una situación cerrada, como lo es la familiar, recibir regalos, ser estimados, tener éxito equivale a ser preferidos, más amados.
Una madre puede llegar a sentirse envidiosa de la hija y una hija de la madre si una o la otra es demasiado hermosa o demasiado vivaz. En la película de Ingmar Bergman, Sinfonía de otoño, la madre es una gran pianista. Viaja constantemente al exterior, de concierto en concierto, siempre triunfante. La muchacha no se siente amada, pero sobre todo no puede tomar a su madre como modelo, porque es demasiado maravillosa, superior. El filme nos muestra una escena en la cual la joven, ya treintañera, casada, toca el piano en presencia de la madre que ha ido a visitarla. Esta le hace sugerencias, con dulzura. Pero en determinado momento, la muchacha rompe a llorar y sale corriendo. No puede dominar una comparación de la que siempre salió humillada, destruida.
Pero, podemos preguntarnos, ¿por qué la muchacha continúa comparándose después de transcurrido tanto tiempo? ¿Por qué no eligió otro camino a fin de evitar la comparación? Porque cuando la madre debía ausentarse a causa de sus conciertos, la muchacha se quedaba sola con su padre y había tomado el lugar de la madre. Pero el padre continuaba amando y admirando a su fascinante mujer lejana. Hablaban mucho de ella cuando quedaban solos, él enamorado, ella celosa. Por amor a su padre, estaba obligada a permanecer identificada con la madre, a adherirse a su modelo ideal. Por amor al padre, puesto que el padre amaba a ese tipo de mujer, no había podido sustraerse a la comparación.
Veamos ahora el caso de una madre envidiosa de la hija. Era una mujer del sur, morena, robusta, muy trabajadora. La hija era grácil, rubia, muy hermosa. Para colmo inteligente, imaginativa, capaz de conquistar la simpatía de cualquiera, antes que nadie la del padre, que permanecía fascinado ante esta deliciosa niña, le narraba fábulas y le enseñaba a leer y escribir. La mujer no la soportaba, la trataba mal, le encontraba siempre algún defecto.
Finalmente nacieron hijos varones y el marido comenzó a ocuparse de ellos y se desentendió de la niña. Estaba orgulloso de ellos, quería que estudiaran, que triunfaran en la vida. Se prodigó para que tuvieran una buena educación, los envió a los mejores colegios, mientras la hija se quedaba en casa hasta que él le encontrara marido. Pero a pesar de estar obligada a realizar un trabajo muy duro y humillante, la muchacha tenía una personalidad tan fuerte y una belleza tan notable que terminaba por ser siempre ella el centro de atención, la presencia más importante de la casa.
Más adelante, los muchachos fracasaron en los estudios, en tanto que la muchacha, gracias a una serie de circunstancias afortunadas, logró graduarse y hacer una refulgente carrera. La madre nunca dejó de envidiarla, a pesar de que íntimamente la admiraba y estaba orgullosa de ella. Sin embargo, también en este caso, la envidia tiene sus raíces en los celos. El punto de partida fue el entusiasmo del padre por la muchacha, por su belleza, por su brío. Los celos impulsaron a la madre a observar con ojos envidiosos sus cualidades físicas e intelectuales, y también después, cuando los hermanos fracasaron en el colegio, mientras la joven, en cambio, a pesar de la opresión, terminaba por afirmarse y triunfar, el amor por los hijos y por el marido hizo que el éxito de la hija le resultara intolerable.
2) El enamoramiento
La envidia, presente entre hermanos y entre padres e hijos, desaparece, en cambio, por completo cuando alguien se enamora. El enamoramiento es uno de los fenómenos más interesantes y menos explicados por la psicología y la sociología, porque vincula de manera efectiva y muy rápida a dos personas desconocidas.
Aunque hayan pasado los años sigo sosteniendo que la única teoría razonable del enamoramiento es la que expuse en mi libro Enamoramiento y amor y es la única que permite explicar la total falta de envidia durante este estado.
Según esta teoría, el enamoramiento es el estado naciente de un movimiento colectivo formado únicamente por dos personas. Ya hemos hablado del estado naciente de los movimientos y hemos visto que en ellos se desarrolla un proceso de fusión. Los miembros del grupo en formación viven una exaltante experiencia de muerte y renacimiento. Se sienten totalmente nuevos, libres del pasado, abiertos a un destino que los trasciende. En el enamoramiento esta experiencia inefable se enriquece posteriormente por la extraordinaria atracción erótica, por el éxtasis sexual. El erotismo que se da en el enamoramiento es de un tipo extraordinario, sublime, precisamente porque representa la realización física de la fusión, la desaparición de la división entre sujeto y objeto, entre el Yo y su objeto de identificación.
Pero la unión mística es sólo uno de los aspectos del enamoramiento. En realidad, los dos individuos continúan siendo dos personas separadas con sus propios objetos de amor. Cada uno, mientras procura unirse con el otro, trata de autoafirmarse. Cada uno, mientras cambia, le pide también al amado que cambie. Por eso el amor también es una serie de pruebas, pruebas de verdad y pruebas de reciprocidad; y también es un dilema.3
En el enamoramiento, aun amando al otro, cada uno intenta dominarlo, reducirlo a su voluntad, seducirlo, conquistarlo. Los enamorados pueden mentirse, pueden engañarse, castigarse, vengarse. En el fondo del más puro de los amores siempre está la punzada de los celos, la tentación
3 Véase F. Alberoni: Innamoramento e amore, op. cit., págs. 81-89. [Hay versión en castellano: Enamoramiento y amor, Barcelona, Gedisa, 1980.]

de la venganza, la posibilidad del odio. Pero no de la envidia. ¿Por qué? Porque en el enamoramiento, el objeto más cabal del deseo, el objeto total del eros es el otro y su amor. Porque en el enamoramiento, el valor supremo, la fuente de todo valor, es el otro. El enamoramiento tiene una única finalidad: sentirse correspondido, oír decir al otro “te amo”. Y esto es también el premio máximo, el máximo honor, el aprecio más sublime, el bien más preciado.
En la envidia, la persona envidiada es el mediador, quien nos señala lo que debemos desear, lo que tiene valor y quien, al mismo tiempo, nos obstruye el camino, nos impide el acceso a ese valor. Cuanto más alcanza él sus objetivos, más obstáculos pone en nuestro camino, cuanto más crece él, más nos empequeñecemos nosotros.
Y esto puede ocurrir con la madre, con el padre,
con el hermano que, al superarnos, nos señalan
una meta inalcanzable.
Pero todo esto no puede ocurrir durante el enamoramiento, porque el otro es la meta misma.
Y cuanto más grande, espléndido y deseable se
hace, más crece nuestro amor. Cuanto más se su
pera a sí mismo, más lo admiramos, más nos do
mina, más lo adoramos.
En el enamoramiento, nosotros mismos deseamos hacer más hermoso a nuestro amado. Los enamorados se ofrecen regalos a fin de llegar a ser aun más atractivos ante el otro. El lenguaje del amor es, ante todo, un himno a la belleza, a la superioridad del amado.
Durante el enamoramiento cada uno de los amantes entrevé en el otro una perfección divina y se considera feliz por haber entrado en contacto con ella. El otro es la puerta del ser, el camino que conduce a la beatitud.
Cuando estamos celosos, cuando tratamos de arrancarnos ese amor no correspondido, nos sentimos presa de una sombría desesperación, porque esa puerta se cierra y la vida pierde todo significado. Uno siente que se hunde en la nada, que se petrifica.
Por eso, en ningún caso, puede haber envidia. Ni siquiera cuando sentimos cólera u odio. Porque nada tiene valor más allá de nuestro amor. Y lo único que podemos hacer es quererlo con toda nuestra alma o rechazarlo totalmente. Pero en este último caso ya no sentimos deseos y, por lo tanto, tampoco envidia.
Hemos repetido muchas veces que la envidia es una experiencia típica de la cotidianidad, de la vida corriente, acostumbrada, de los deseos habituales, de las confrontaciones marginales. El enamoramiento, en cambio, equivale a ingresar en la región abismal del todo o nada, de lo absoluto, de lo extraordinario, de lo sagrado. A esta altura, la envidia pierde completamente su significación.
Deriva de ello un corolario. Si en una pareja aparece la envidia, eso significa que se ha apagado la última chispa del enamoramiento.