Envidia y justicia

Envidia y justicia
¿Puede derivar de la envidia el sentido de justicia? Muchos lo creen así. Schoeck1 insiste en ello de manera particular. La envidia nace de una desigualdad. Es la reacción inmediata y universal al hecho de que alguien posea algo que yo no tengo, o bien al hecho de que alguien valga más que yo. La envidia tiende a rebajarlo, a llevarlo a mi mismo nivel.
Esto se ve perfectamente en las sociedades primitivas. En éstas no hay diferencias de clases. Todos son pobres. Una caza abundante, una pesca afortunada son acontecimientos que desencadenan el deseo de los demás. El cazador que ha tenido suerte se siente mirado por ojos codiciosos. Esto lo lleva a dividir su presa con los miembros de la comunidad. A veces ni siquiera prueba un bocado de la presa que ha cazado.
La aparición de la codicia es inmediata. Precisamente porque todos son iguales, precisamente porque todos tienen muy poco, apenas alguien
1 H. Schoeck: L’invidia e la societá, op. cit.

obtiene algo más, los demás lo advierten y lo desean también ellos. El individuo se siente vigilado, tiene miedo, prefiere sosegar a esa muchedumbre codiciosa en la cual percibe de manera sensible cierta agresividad. No es necesaria una regla que establezca la igualdad y la distribución de los bienes. El mismo lo hará para calmar el odio que lo amenaza. En otros casos esconderá la presa. Hasta hay sociedades como los Sirionos, en las que la gente come de noche para no dejarse ver.2
Son situaciones que nos recuerdan los grupos de animales alrededor de una presa. Todos se reúnen, cada uno arranca un pedazo, el más grande que puede. Los demás tratan de quitárselo. El que se ha apoderado del mejor trozo se retira lejos para comerlo tranquilo, pero siempre puede ser descubierto por alguno que lo haya seguido. Todos quieren todo y el resultado es un recíproco temor.
En la sociedad humana, este proceso se prolonga en el tiempo, continúa aun cuando la gente se ha retirado al interior de sus casas. No es necesaria la presencia física del objeto, basta recordarlo.
No solamente la comida es objeto de deseo envidioso. Sino cualquier otro bien, cualquier otra diferencia. También en las sociedades primitivas hay uno más hermoso, uno más veloz en las carreras, uno que es más hábil para la pesca, uno
2 Ibídem, pág. 87. 170

que canta mejor y uno que es superior a los demás en la danza. Todas estas habilidades se convierten en objeto de admiración y de deseo. Quien no las posee quisiera tenerlas y se siente frustrado, disminuido.
Según Schoeck, de ello proviene la tendencia universal a reducir las diferencias al prescribir como deber social, como ideal la igualdad. Para sustraerse a la envidia, la sociedad prohíbe las diferencias, las condena y, al hacerlo, sigue la sugestión de la envidia, se deja guiar por ella.
También para Freud, la justicia se identifica con la igualdad y surge del deseo envidioso. Recordemos su modelo: todos los hermanos se identifican con el padre y desean ser amados por él de manera privilegiada y exclusiva. Ninguno de ellos soporta que el otro tenga algo más. Se escrutan recíprocamente guiados por la envidia. Esta envidia es tanto más feroz y radical cuanto más parecidos, equivalentes, sean; cuanto más se los considere pares. Nadie puede alegar un mérito particular, nadie puede justificar una superioridad. Por consiguiente, todos deben poseer en la misma medida. Es justo que nadie se eleve por sobre los demás. Es justo todo cuanto indica la envidia.3
Esta manera de pensar identifica a la justicia con la igualdad. Lo cual da por descontada la presencia de las diferencias. Estas existen, son
3 S. Freud: Psicología delle masse e analisi dell’lo, Opere, vol. IX, Turín, Boringhieri. [Hay versión en castellano: Psicología de las masas y análisis del yo, vol. 18 de las Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu.]
producto de la naturaleza, mientras que la tarea de la sociedad, el paso de la naturaleza a la cultura, consiste en anularlas.
Pero, ¿se comportan realmente de este modo las sociedades primitivas? ¿Es éste el significado de las reglas de justicia o todo lo contrario? ¿Es decir que las reglas de justicia sostienen, justifican y regulan las desigualdades? ¿Las sociedades primitivas persiguen verdaderamente la meta que suponen Schoeck y Freud, o sea la máxima igualdad? ¿O acaso no pretenden lo contrario, crear un sistema de diferencias?
Lévi-Strauss4 nos ha mostrado que estas sociedades se esfuerzan continuamente por producir diferencias y, gracias a las diferencias, cambios. Pero el autor que derribó completamente el enfoque igualitario fue Girard.5 La sociedad primitiva y la sociedad antigua, nos advierte Girard, no solamente no buscaban la igualdad, sino que le temían. La sociedad primitiva y la sociedad antigua vivían continuamente bajo la amenaza de ver desaparecer las diferencias, de caer en la in-diferenciación total en la cual el padre no se distingue del hijo, los hermanos no se distinguen entre sí, ni los miembros de una familia de los miembros de otra.
En esta situación, cuando todos son iguales, todos se identifican unos con otros, y entonces todos desean las mismas cosas. De ello deriva una
4 C. Lévi-Strauss: Antropología strutturale, Milán, II
Saggiatore, 1969.
5 R. Girard: La violenza e il sacro, op. cit.
envidia y un conflicto universales y la sociedad se desgarra en una violencia incontrolable.
Por eso estas sociedades tienen miedo de todo lo que recuerda o simboliza la desaparición de las desigualdades como, por ejemplo, el nacimiento de dos gemelos idénticos. Ellos son el signo de una grieta del sistema de las diferencias, la peligrosa señal de una resquebrajadura del orden. Por esa razón, en muchas-sociedades primitivas se los mataba y además eran objeto de numerosos tabúes. En muchos mitos, los gemelos se miden en una lucha mortal, como en el de la fundación de Roma, en la cual Rómulo mata a Remo.
Otro símbolo de lo indistinto es el incesto. Porque anula la separación entre progenitores e hijo, entre hermano y esposo. La regla de la exogamia, difundida universalmente, tiene el objeto de crear una diferencia.
Ya en las sociedades animales existen, en realidad, mecanismos de reducción de la agresividad mediante la diferencia. El más simple es la creación de una jerarquía. Después de una feroz competencia de todos contra todos alrededor de la presa, se establece una prioridad basada en la fuerza. Algunos animales adquieren el derecho de acercarse primero al alimento y comerlo. Entre los pájaros se establece un riguroso orden de picotazo. En ambos casos la disminución de la agresividad recíproca se obtiene mediante la imposición de una desigualdad.
En las sociedades humanas el problema se resuelve instaurando un complejo sistema de diferenciaciones culturales entre familias, clan y tribu, con rigurosas prescripciones y tabúes alimentarios y matrimoniales. Con su complejidad estas diferenciaciones reducen la exposición envidiosa.
Las reglas de justicia, por eso, no se han dedicado a crear una total igualdad, sino a sostener y a justificar un sistema de igualdades y de desigualdades. Igualdades y desigualdades que forman parte de un único criterio de interpretación del mundo de tipo mitológico-religioso.
En las sociedades totémicas, las diferenciaciones entre clan y tribu se traducen en una diferenciación sagrada de la naturaleza. Los grupos humanos se diferencian al identificarse con los animales totémicos.
En la antigua Roma cada familia tenía divinidades propias que le aseguraban la identidad y la diferencia: eran los lares, los penates y el Genio. Por otra parte, cada estado ciudad, como cada pequeño reino, tenía sus propias divinidades. Al formarse un sistema politeísta, esos dioses familiares quedaron como númenes tutelares de la ciudad, de la corporación o del grupo.
En Grecia en el nivel individual, ciertas dotes estaban consideradas dones de dioses particulares. Las facultades artísticas se atribuían a Apolo y a las musas. Esta explicación, además de satisfacer el requerimiento intelectual, la necesidad de encontrar una razón a las cosas, reducía la manifestación de agresividad. Agredir al elegido del dios equivalía a agredir al propio dios, y esto era un acto de impiedad. En el monoteísmo se atribuyen las diferencias de capacidad y de dotes a la voluntad personal de Dios que decide, por sus inescrutables razones, a quién darle más y a quién menos, a quien elegir y a quién no.
Lo mismo ocurre con las diferencias de poder. El mito explica el origen y prescribe las distancias rituales que deben mantenerse. En las sociedades en las que está presente el “chamanismo” todos saben qué es un chamán, por qué tiene esos poderes y de qué manera los adquirió. Son poderes divinos, obtenidos mediante complejos procesos de iniciación, a través de difíciles pruebas y que implican un aislamiento de la comunidad.
La realeza ha estado siempre vinculada con ascendencias divinas, aseveradas por el clero o por manifestaciones carismáticas. También en este caso se instauraron luego minuciosos ritos que redujeron el contacto con la gente común.
Cuando comenzó a abrirse camino el concepto de mérito personal, tal mérito debió afirmarse mediante rigurosos procedimientos y particularmente mediante la competencia reglamentada.
Un caso típico en ese sentido es el mundo griego, que invitaba abiertamente a la competencia en todos los campos, en el deportivo, en el artístico, en el político, en el intelectual y en el óratelo. Paralelamente consideraba virtuosa la excelencia, la arete.
Las reglas de justicia son completamente diferentes en las diferentes sociedades. Algunas prescriben, por ejemplo, que un padre se comporte exactamente igual con todos sus hijos, sean éstos varones o mujeres, primogénitos o nacidos últimos. Es decir, lo que tendemos a hacer nosotros hoy. Pero hace sólo treinta años, hasta en países occidentales, se consideraba que los varones tenían más valor y, por lo tanto, más derecho que las mujeres. Se los vestía mejor, se los alimentaba mejor, se los hacía estudiar más. En muchísimas sociedades se adoptó el principio de la primogenitura, por el cual el título y el patrimonio del padre pasaban al primer hijo varón. Casi todas las monarquías europeas adoptaron esta regla de sucesión. No es el caso, en cambio, en el califato islámico, en el cual con frecuencia la sucesión era el resultado del conflicto entre numerosos pretendientes.
La explicación de la diferencia y las reglas de justicia son instrumentos intelectuales y prácticos para reducir la frustración de la confrontación envidiosa y canalizar sus energías en acciones socialmente prescriptas en lugar de en conflicto desordenado. Pero, una vez establecidas, esas reglas llegan a ser el marco dentro del cual se realiza la comparación, la hacen posible y, por lo tanto, es precisamente en sus términos como se definen tanto la envidia cuanto la justicia y la injusticia.
Por ejemplo, en un sistema en el que existe la institución de la primogenitura, el segundo hijo puede envidiar al que nació primero porque goza de ventajas que a él le han sido negadas. Puede intentar arrebatárselas, pero difícilmente pueda apelar abiertamente a la justicia. En un sistema como el nuestro, en cambio, dos hermanos sienten que tienen derecho a recibir el mismo tratamiento de parte de la madre y del padre. Si se trata mejor a uno, el otro no solamente experimenta envidia, sino también un legítimo sentimiento de injusticia.
En el contexto de la ideología marxista, todas las diferencias de clase son producto de la explotación y por eso la punzada de envidia contra el más rico se transforma en sentimiento de injusticia. En un sistema capitalista, en el que se da mucha importancia a la competencia del mercado, esas mismas diferencias tienen su justificación en el mérito. El deseo frustrado no puede convertirse en sentimiento de injusticia. Si alguien pretende hacerlo y no logra alegar buenas razones, lo llamamos envidioso.
En conclusión, ¿qué relación hay entonces entre envidia y sentimiento dé injusticia? No podemos admitir las tesis de Schoeck y de Freud que son equivalentes y que sostienen que el sentimiento de justicia es producto de la envidia. Hasta el más primitivo de los primitivos sabe distinguir muy bien entre la codicia que se apodera de él cuando ve comer a su vecino y lo que considera justo. Por eso, la justicia se opone al deseo inmediato, lo obstaculiza. Apela a otros criterios diferentes del criterio de igualdad. Reconoce superioridades, esferas prohibidas, cosas no concedidas. Admite sacralidades reconocidas, prioridades aceptadas, méritos, necesidades que hay que tener en cuenta. La justicia se nos plantea siempre como un problema, como objeto de una reflexión, de una ponderación. En el centro de la experiencia de la justicia siempre hay una expulsión del sí mismo, de la propia subjetividad, del propio deseo inmediato. Al pensar atendiendo a la justicia, tenemos en cuenta muchas realidades diferentes, muchas exigencias diferentes de las que consideraríamos si sólo tuviésemos que ocuparnos de nuestras necesidades y de nuestros intereses, de nosotros como centro del mundo.
Verdad es y lo hemos visto ya, que el trabajo de la envidia se ejerce continuamente alrededor de lo que es justo y lo que es injusto. Trata por todos los medios de encontrar la justicia en el propio deseo, de hacer que el propio deseo sea justo aun a los ojos de los demás. Pero es envidia, precisamente porque no lo logra.