El trabajo de la envidia

El trabajo de la envidia
Si me siento disminuido porque se me acusa de haber hecho algo malo, siempre tengo a disposición numerosas opciones. Puedo defenderme, negando el asunto, puedo acusar a otro de haberme agredido o provocado. Puedo justificarme diciendo que no había reconocido a mi interlocutor, puedo pedir perdón. Puedo aducir circunstancias atenuantes, puedo proponer resarcir a la persona dañada.1
Pero si no he hecho nada, si el otro no ha hecho absolutamente nada; ¿qué instrumento de defensa puedo esgrimir para enfrentar un daño que sufro? Esto es precisamente lo que sucede en el caso de la envidia. La envidia comienza con una confrontación de la cual salgo desvalorizado, derrotado, sin que yo ni el otro hayamos realizado ninguna acción. Por eso no puedo ni defenderme ni acusar. Sin embargo, mi daño es real, mi sufrimiento verdadero.
Véase John Sabini y Maury Silver: Op. cit., pág. 22.
La sociedad no prevé esta situación. Para ella no existe. No hay manera de aclarar mi posición, no se me han concedido las palabras para expresar mi malestar. La sociedad solamente prevé una competencia que nunca existió. Me invita a una competencia que tengo perdida de antemano. En esta situación se pone en movimiento el trabajo de la envidia. Es un proceso que intenta redefinir la situación, huir de la trampa, subvertir la confrontación.
Vimos, en el capítulo anterior, que la envidia hace su aparición cuando se ignora el orden moral cotidiano, ese que verificamos habitualmente con los “cercanos”. Cuando alguien tiene un éxito que no puede explicarse como mérito, entonces el sujeto sufre una disminución que no puede reprocharse como carencia o como culpa.
Entonces el individuo busca por todos los medios la manera de volver a colocar todo lo ocurrido en un sistema de méritos y de recompensas, darle un sentido. De modo tal que pueda hablar de ello, que pueda lamentarse, que pueda obtener otra sentencia. Este trabajo mental sigue una dirección obligada. Si el otro me ha provocado un daño que no tiene relación con el mérito ni con el desmerecimiento, trataré de demostrar a toda costa que esta relación existe. Que él no merece, que no vale, que la sociedad se equivocó, que se ha cometido una injusticia.
Imaginemos’ un grupo de muchachas que viven en un mismo pueblo o que frecuentan la misma escuela. Todas tienen deseos, ideales, modelos. Entre ellas se ha establecido, además, un complejo sistema de valorizaciones recíprocas en el cual cada una pone en juego su aspecto, sus cualidades, su capacidad, sus éxitos. De ese modo han quedado constituidas muchas jerarquías, en las cuales cada joven tiene una posición diferente. La primera es apreciada por su belleza, la segunda porque es simpática, la tercera porque es gentil y servicial, la cuarta porque tiene un hogar muy hospitalario. Este conjunto de valorizaciones en diferentes escalas reduce las posibilidades de enfrentamiento y permite a cada una tener un valor propio. Cuando se compara con las demás, no se siente ni insignificante ni despreciable. La confrontación no pone en tela de juicio su confianza de base y no pone en crisis la estima de base de la cual cada miembro del grupo tiene el derecho de gozar.
La envidia hace su aparición cada vez que este complejo equilibrio valorativo se pone en discusión. Cada vez que un individuo se siente desafiado en su confianza de base y en su estima de base.
• Supongamos que llegue al ambiente de esas muchachas, una joven bellísima. Esta atrae inmediatamente las miradas de los hombres y pone en crisis la posición de las muchachas más hermosas, aquellas que basaban su confianza y su estima en la belleza. Que habían fundado su identidad en la admiración estética.
Estas están obligadas a compararse con la recién llegada, basándose en los valores en los cuales tenían confianza, valores en los que creen y que toda la comunidad comparte. No ponen en duda que la belleza sea un don apreciado y saben que los demás piensan lo mismo. Hasta ese momento, ese convencimiento jugaba a su favor. Pero a partir del momento en que llega otra más hermosa, juega en su contra.
Entonces, cada vez que la miran o que piensan en ella, se ven obligadas a cumplir, en negativo, la comparación que antes cumplían en positivo y se sienten carentes de valor, pobres, mezquinas. Por eso desean que ella no hubiera llegado nunca, desean que no exista, que desaparezca. Pero ella no desaparece, continúa “estando”, y representa un punto de comparación obligado. Es entonces cuando se pone en movimiento el trabajo de la envidia.
Este tiene el objeto de redefinir la situación de manera tal que la confrontación deje de ser desagradable y se instaure un nuevo equilibrio. El individuo trata de obtener este objetivo con una actividad mental vuelta ya sea hacia el interior, ya sea hacia el exterior. El trabajo de la envidia consiste en repensar y redefinir la situación en el propio espíritu y también consiste en intentar redefinirla colectivamente, porque la llegada de la “hermosa” ha cambiado las relaciones existentes en la colectividad.
Estos dos aspectos, interno y externo, del trabajo de la envidia, no pueden separarse netamente en la realidad concreta. Nadie piensa solo. Reflexionamos siempre junto con los demás, al reaccionar a sus respuestas, y tenemos necesidad de su consenso para creer en lo que pensamos.
Puesto que el trabajo de la envidia tiene como objetivo anular la diferencia de valor que nos hace sentir aplastados, debe de algún modo quitarle el valor a la persona que nos amenaza, arruinarle el mérito, hacer pedazos el hechizo que nos tiene atados a ella. Debe pues desvalorizarla.
La primera estrategia de la envidia, la más simple, es la negación del valor. En nuestro ejemplo, las muchachas se limitan a negar que la recién llegada sea hermosa. No discuten el concepto de belleza, lo consideran bueno. Pero buscan activamente defectos en ella, carencias que permitan decir que en realidad no merece la admiración de que es objeto. Descubren así que es demasiado baja o demasiado alta, demasiado delgada o demasiado obesa, que tiene senos pequeños o excesivos, feos dientes, un aire demasiado sosegado.
Generalmente este tipo de razonamientos tiene poca eficacia. Mirando alrededor se dan cuenta de que la otra continúa siendo admirada y buscada. El mundo exterior las desmiente.
Entra entonces en escena la segunda estrategia: la revisión del valor. Mediante este mecanismo ponen en tela de juicio los criterios de la belleza y los reformulan a fin de poder desvalorizar a la intrusa. ¿Qué es la belleza?, se preguntan. Es cierto tipo de relaciones corpóreas, ¿o es también encanto, cultura, inteligencia, gracia? Cada una de las muchachas envidiosas se dedica generosamente a reformular el concepto de belleza excluyendo de él la cualidad que posee la otra e incluyendo en él, al máximo, la cualidad que considera que ella misma posee. Tampoco este trabajo resulta eficaz si se realiza en soledad, en el propio espíritu aislado, como intento de auto-convencimiento; pero puede ser eficaz si se realiza en comunidad, como transformación colectiva del modo de pensar.
Por este motivo las muchachas hablan entre ellas, discuten, buscan juntas una nueva definición de la belleza. Sin embargo, ni siquiera esto basta para sofocar la envidia, porque, hasta que no se convenza a los demás, se los verá siempre en la duda. El valor envidiado tiene un carácter objetivo.
Esta es la diferencia entre el trabajo de la envidia y los intentos de autoconvencimiento que operan en nosotros mismos cuando nos sentimos desilusionados por un amor. También en este caso negamos el valor, nos decimos que, en realidad, la persona amada es fea y despreciable. Pero sabemos que nuestro valor es subjetivo. Debemos convencernos a nosotros mismos, no a los demás. En el caso de la envidia, en cambio, debemos sobre todo convencer a los demás, porque son ellos quienes afirman, garantizan ese valor.
Una vez que ha fallado el intento de hacer aparecer fea a la recién llegada apelan a la tercera estrategia: la proyección de la falta de valores.
Se le atribuyen a la persona envidiada cualidades desagradables. Es verdad que es hermosa, pero es estúpida, ignorante, falsa, ávida, mezquina, ambiciosa.
Pero supongamos que también esta estrategia se derrumbe frente a la barrera de la realidad. Las muchachas hablan del asunto con algunos miembros de la comunidad, hacen insinuaciones, sugieren “oímos decir que…”. Pero no logran que se les crea, y hasta leen en los ojos de los demás la inesperada aparición de la sospecha, una mirada un poco asombrada, un poco desconfiada. Esta mirada las acusa. Nadie pronuncia la frase: “Son envidiosas”, pero probablemente hay quien lo piensa. Y basta la sospecha de ser considerada envidiosa, para sentir miedo.
Las muchachas retroceden, se hacen peque-ñitas. Ahora se limitan a pedir consejos, como si quisieran aprender, como si quisieran evitar incurrir en errores. Se alejan recelosas, llenas de rencor contra sus interlocutores que no comprenden, pero más aun contra la envidiada. Porque ha sido ella quien las llevó a humillarse. Y la humillación es una herida demasiado punzante, por la cual también deberá pagar la recién llegada.
Con este propósito fortalecido vuelven al ataque y emprenden la calumnia. Con cautela y ambigüedad comienzan a esparcir palabras, a atribuirle intenciones innobles, aventuras degradantes y un pasado poco respetable. Le comentan a una vecina que alguien la vio abrazada con un hombre casado. A una segunda, le cuentan que fue expulsada del colegio porque se la encontró en la cama con otra mujer. Para no mencionar las historias de su primera juventud cuando se ganaba la vida quién sabe cómo. “Decía que era secretaria, pero, ¿quién lo cree?”
Pero supongamos que también la calumnia caiga en saco roto, dé pocos frutos. La comunidad está perpleja pero no hace nada. La envidiada continúa su vida sonriente e ignorante de toda la intriga.
Las estrategias de la envidia fracasaron. Para tener éxito era necesario que contaran con el consenso social, y las muchachas no lo obtuvieron. Por lo tanto, deben buscar un camino alternativo, encarar el problema de manera completamente diferente. Pueden hacerlo renunciando al deseo que puso en movimiento la envidia, si logran abandonar el valor por el cual luchan, por el cual compiten.
Hasta ahora intentaron desvalorizar a la recién llegada ensuciando y tratando de hacer repugnante su belleza. Ahora comienzan a no desear ya la belleza, renuncian a su propia belleza como valor.
Este proceso no requiere un gran consenso social. Depende más del sujeto, de su capacidad de modificar sus propios intereses, de desviar los ojos de la antigua manera que tenía de mirar el mundo y redefinirse a sí mismo de otro modo.
Esto es el desplazamiento del valor. El sujeto ya no se concentra en la persona envidiada, sino en el valor que ésta encarna y representa. No intenta desvalorizar al individuo, sino extirpar el valor de sí mismo. Para lograrlo debe realizar siempre una desvalorización, pero ésta es solo un instrumento del abandono. A quien se comporta así no le interesa que todo el mundo comparta sus ideas, le basta con estar convencido, con creerlas.
Continuemos con nuestro ejemplo. Una de las muchachas, cansada de las habladurías envidiosas y de las calumnias, decide cambiar ella misma. Comienza a dedicarse a un deporte y lo hace con determinación; trata de cambiar de hábitos, de no pensar en el pasado. Frecuenta menos a las amistades de antes. Evita cuidadosamente las charlas. Dice que no le interesan, que lo que la ocupa ahora solamente es el deporte, la vida sencilla y sana. Frecuenta a gente que hace deporte, que cree en el deporte.
Al comienzo pone cierto empeño, hace cierto esfuerzo para no dejarse reabsorber por los viejos valores. Pero, poco a poco, sus nuevos intereses se consolidan. Lo que al principio era un esfuerzo de voluntad, se transforma ahora en algo espontáneo. Ya no se ocupa de la otra, ya no se compara con ella.
El desplazamiento del valor es una expulsión de la envidia, una cura.
El desplazamiento del valor puede tener también una elaboración externa, puede tratar de afirmarse mediante el proselitismo. Hemos descrito un caso en el cual el sujeto deja de interesarse por la belleza sin estorbar a los demás. Pero podemos encontrar fácilmente un caso en el que, en cambio, el sujeto pone en movimiento una cruzada, busca apoyo para condenar socialmente la belleza. En los diferentes momentos de la historia siempre ha habido grupos religiosos que condenaron la belleza, la elegancia, el lujo, el erotismo como abominables iniquidades. El desplazamiento del valor se diferencia, por lo tanto, de las otras estrategias de la envidia, únicamente.
cuando se elabora en forma de renunciamiento personal, subjetivo.
Por eso podemos hablar de cuatro estrategias,2 algunas centradas principalmente en la persona envidiada y otras en el valor, algunas más fácilmente elaborables como mecanismos de defensa subjetivos y otras, en cambio, dirigidas más a producir una reacción social.
En definitiva, todas las estrategias tienen el objeto de anular el efecto negativo de la confrontación, rebajar el valor o a quien lo encarna. Y las cuatro, si logran su objetivo, anulan la envidia.
Si la muchacha envidiosa logra convencerse de que la recién llegada no es hermosa, ni siquiera puede estar envidiosa. Quedará asombrada de que los demás, sobre todo los hombres, continúen considerándola como tal. Pero, si se siente verdaderamente segura de sí, sacudirá la cabeza y pensará que son tontos, que no entienden nada.
La envidia también desaparece si logra que se revea el valor o se le atribuyan defectos a la otra. Esta será hermosa, pero es tonta, carece de tacto y lleva una vida indecente. ¿Por qué la va a envidiar? En todos los casos en los que el trabajo
2 Esta lista de estrategias en modo alguno pretende ser exhaustiva. Queríamos identificar el concepto de trabajo de la envidia y poner un ejemplo de su funcionamiento, y no tratarlo sistemáticamente. El lector podrá encontrar numerosos tipos de estrategias envidiosas en el libro de Eugéne Raiga. Por ejemplo el disimulo, la afectación de indiferencia, la conspiración del silencio, la conjura, la ironía, el sarcasmo, la burla. Véase L’envie, op. cit.
de la envidia tiene éxito, el sujeto de siente liberado de la angustia de la comparación.
¿En qué consiste entonces la envidia si su trabajo la destruye? La envidia consiste en el trabajo mismo. Por eso ella se instala firmemente cuando ninguna de estas estrategias logra obtener un éxito seguro, cuando el sujeto permanece vacilante entre una y otra.
Las muchachas experimentan envidia cuando oscilan entre admitir la belleza de la recién llegada o negarla. Entre aceptar los criterios compartidos por todos de la belleza o refutarlos, entre conservar los antiguos intereses o encontrar nuevos. La envidia vive en la incapacidad de elegir entre la adhesión y el renunciamiento.
La envidia es una trama de incertidumbre, de duda, de intentos y de retiradas. Es la consecuencia del fracaso, del naufragio de las estrategias puestas por obra con el fin de cambiar la propia orientación valorativa.
Como hemos dicho, la envidia es un mecanismo de defensa contra una comparación que implica un resultado negativo para nosotros. Pero es un mecanismo de defensa que falla. La experiencia de la envidia, su rencor, su tormento, es la consecuencia de este inútil intentar y volver a intentar.