El sentido de justicia

El sentido de justicia
Hay un sentimiento que se parece mucho a la envidia y que, sin embargo, no es envidia. Antes bien se aproxima a la desilusión, a la nostalgia, a la tristeza. Lo experimentamos al pensar en aquellos con quienes se ha hecho justicia, cuando a nosotros no nos fue concedida. Es una pena, una piedad que surge al observar un abismo que no puede salvarse, que ninguna de nuestras virtudes ni ninguno de nuestros esfuerzos puede colmar nunca. Lo experimentamos respecto de nosotros mismos, pero es parecido al sentimiento que experimentamos por otros que están en la misma situación. No es autoconmiseración. No es ni rencor, ni reproche. Es una experiencia dolorosa de iniquidad.
Lo siente el muchacho pobre, inteligente, capaz, que no ha podido estudiar, cuando mira a los jóvenes de su edad que frecuentan una gran universidad como la Bocconi o Harvard. Es la congoja y el dolor del inmigrante africano en una gran ciudad europea, cuando observa el bienestar, el derroche, la indiferencia de la gente rica que lo rodea. El ha dejado a sus hermanitos hambrientos, ha enfrentado la despedida dolorosa, el viaje, la soledad. Su vida es solamente humillación y trabajo. Vende sus pobres artículos a personas a quienes se les ha concedido, sin que tengan ningún mérito, todo lo que él nunca podrá tener.
Es la tristeza que experimentamos cuando hemos hecho algo hermoso y grande, pero que todos ignoran. Y eso simplemente porque nadie lo ha tenido en su mano, porque no logramos hacerlo llegar a la mesa de un examinador. En cambio, hay centenares, miles de personas, cuyo trabajo es apreciado y cuyos méritos, extremadamente modestos en comparación con los nuestros, son elogiados. Hay justicia para ellos, pero no para nosotros.
Son experiencias tristes que nacen de la comparación, sin que haya por ello animosidad hacia los otros, o rencor o deseo de que ellos no posean lo que tienen. Sino únicamente la dolorosa comprobación de un error que ya nadie podrá reparar. Un error que nace de la fallida aplicación de reglas iguales para todos los hombres, reglas universales, reglas de justicia.
Este sentimiento amargo es un sentimiento de injusticia. Es errado llamarlo envidia, quien lo hace se equivoca. El envidioso apela a la justicia, trata de demostrarse a sí mismo y de demostrar a los demás que él era meritorio y los otros no. Pero nunca tiene el coraje de pedir que se apliquen reglas universales. El envidioso se lamenta de la injusticia, pero desea el privilegio.
Pongamos un ejemplo. Yo había logrado hacerme un nombre como dentista en mi comunidad. Era admirado, apreciado. En mi pequeño círculo hasta podía considerarme el número uno. Hasta que llegó un joven médico que estudió en Estados Unidos e hizo su práctica en un gran hospital norteamericano. Conocía técnicas diferentes y pronto se puso de moda. Yo, mientras tanto, perdí terreno. Sigo siendo respetado, mantengo mi clientela. Pero las personas de más prestigio se hacen atender por él. Ayer lo vi pasar. Sé que se ha enriquecido, que da recepciones refinadas. Experimenté una amarga punzada de envidia. Comparé su felicidad con mi desgracia. Sentí rencor por él, por su fortuna, por su capacidad. ¿Por qué —me pregunté— la vida, Dios, la suerte, hicieron que él fuera a Norteamérica y no yo? ¿Por qué fueron tan injustos conmigo?
Digo que la vida, que la sociedad son injustas. ¿Pero en qué me baso? Mi competidor puede sostener, con razones tan válidas como las mías, que la sociedad es justa, que sencillamente ha reconocido su capacidad y sus méritos. Si proclamo públicamente lo que siento, la gente me da la espalda y se limita a pensar que protesto porque he sido derrotado, porque al otro le ha ido mejor que a mí. Y tiene razón. Antes, cuando era yo quien triunfaba, no me lamentaba. No sostenía que el mundo es injusto y que la sociedad está llena de tontos. Aceptaba las reglas del juego, no me oponía a ellas, no me ponía de parte de los derrotados, me complacía a causa de mi valor. Ahora cambié de opinión únicamente porque cambié de posición. Por lo tanto, no es la justicia la que me guía.
Nos convencemos con facilidad de que lo que somos y lo que hemos obtenido es el producto de nuestro mérito y, por lo tanto, es justo. El muchacho al que le va bien en los estudios, que obtiene buenas calificaciones, está orgulloso de ello. Todos lo elogian, le dicen que se las ha merecido. El no se pregunta sobre los criterios de juicio adoptados por sus profesores, los considera naturales, universales, indiscutibles.
Pero estos criterios no son universales. En su escuela se da gran importancia a la repetición de memoria y pasiva del pensamiento de los clásicos. El lo hace muy bien porque ha desarrollado una gran disposición para la obediencia, el conformismo, el respeto. En esa misma escuela el que tiene espíritu crítico y curiosidad por lo nuevo es castigado.
Supongamos ahora que se produzca un cambio de dirección, que cambien los métodos didácticos y se dé más importancia a la creatividad, a la innovación y, en cambio, se dé menos valor al aprendizaje pasivo. Entonces nuestro muchacho se sentirá mal, tendrá la impresión de que sus profesores ya no lo comprenden y verá crecer la estrella del que es más antojadizo e innovador.
Hasta que no comprenda que los criterios de juicio cambiaron, la conducta de sus profesores le parecerá absurda o intencionalmente agresiva. Luego, llegará un momento en el que podrá comparar los dos criterios de juicio y tomar una posición, hacer una elección. Podrá continuar siendo fiel al antiguo, autoritario y mnemotecnia) criterio o, en cambio, convencerse de que el segundo es mejor. Pero si insiste en el valor del primer criterio, ¿por qué lo hace? ¿Porque está verdaderamente convencido, porque lo juzga mejor o solamente porque se adapta más a su estilo, porque le asegura una posición privilegiada?
En este punto se decide si estamos frente a un sentimiento de injusticia o frente a la envidia.
El sentido de justicia implica la adhesión sincera a un sistema de valores objetivo, válido para todos, a principios que —siguiendo a Kant—’ quisiéramos erigir en normas universales. En el caso de la envidia, en cambio, hay condescendencia con nosotros mismos. Nos otorgamos un privilegio a nosotros mismos en lugar de hacer hincapié en la objetividad. La envidia siempre trabaja en nuestro favor, en favor de lo que hemos sido, en favor de lo que queremos obtener. La envidia es un instrumento que utilizamos para no ponernos en tela de juicio, para no exponernos al riesgo, para no caer en el fracaso.
El envidioso tiende a mirar todo únicamente desde su propio punto de vista habitual, sin considerar otros diferentes y desventajosos. Una actitud humana y comprensible, pero que no puede adoptarse como base de la idea de justicia.
Detengámonos un momento en la notable parábola del Evangelio en la cual un amo convoca a los peones a trabajar en sus campo.2 Tomé-
1 Es la célebre definición que da I. Kant en la Fonda-
zione della metafísica dei costumi, Barí, Laterza, 1970, pág.
61.
2 San Mateo, 20.
mosla al pie de la letra sin indagar sobre su significado religioso. El amo había convenido con todos ellos una paga de un denario, tanto para los que llegaron primero, como los que llegaron más tarde. Llegado el momento de la paga, los que habían trabajado todo el día, soportando el peso del intenso calor se lamentaban al ver que los que habían llegado a última hora recibían la misma suma. A lo cual el amo les responde secamente que no deben lamentarse porque recibieron lo que se había pactado. Y agrega: “¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío, o tú ves con malos ojos que yo sea bueno?”.
La expresión “mal de ojo” se utiliza con frecuencia para designar la envidia. El discurso del amo es de este estilo: “No seas envidioso de tu compañero de trabajo que trabajó menos que tú. Lo que él recibió es sólo fruto de mi bondad”. El amo rechaza la acusación de injusticia y expone su concepción de la justicia. Tanto pacté, tanto pagué. Además tengo el derecho de ser generoso con quien me parezca.
Por otra parte, todos nosotros tenemos la impresión de que también los peones tejían alguna razón. Los que llegaron primero se deslomaron trabajando, mientras que los últimos no hicieron casi nada. Existe una regla de justicia según la cual la retribución debe ser proporcional al trabajo realizado. La parábola nos demuestra, entonces, el choque entre dos concepciones diferentes de la justicia, ambas válidas, ambas aceptadas por la sociedad. Pero el amo y los peones se encuentran en posiciones distintas y cada uno se adhiere a la concepción de justicia que se ajusta más a sus deseos.
¿Harían lo mismo si estuvieran uno en el lugar del otro? Si el amo hubiese trabajado todo el día como peón, ¿no estaría tentado también él a pensar que la retribución debe ser proporcional al trabajo realizado? Y viceversa, ¿no comprenderían acaso mejor los obreros la generosidad del amo si estuvieran en su posición?
John Rawls3 ha dado una excelente definición de la posición fundamental, la que debemos asumir para establecer reglas de justicia. A fin de juzgar de manera ecuánime, uno no debe conocer su propia posición. No debería saber cuál es su clase social, si es rico o si es pobre, si es hombre o mujer, blanco o negro, adulto o niño, si es inteligente o tonto, fuerte o débil, nada. ¿Qué reglas querría ver aplicadas en esta situación?
Ciertamente no es éste mi caso cuando, por envidioso, me lamento de mi suerte. Hablo de injusticia, pero no indico las reglas de la justicia que quisiera ver aplicadas. Para hacerlo tendría que imaginar que no sé nada de mí mismo. Ni siquiera quién soy. Podría hallarme en el lugar del envidiado. Pero si estuviera en su lugar, ¿consideraría todavía que la sociedad es injusta?
Cuando experimento un verdadero sentimiento de injusticia estoy dispuesto a colocarme en la posición del otro. Y estoy dispuesto a pedirle que se ponga en el mío y que juzgue por sí mis-
John Rawls: Una teoría della giustizia.
mo: “Ponte en mi pellejo. ¿Le parece justo esto, te parece equitativo?” El que siente un profundo sentimiento de injusticia piensa que también el otro puede advertirlo. Porque también él tiene un sentido de justicia, también él es capaz, si lo desea, de ponerse por encima de las partes y juzgar al mundo de manera ecuánime.
Cuando hay envidia, en cambio, no estamos tan seguros de nuestras buenas razones. Queremos estarlo, nos esforzamos por estarlo, intentamos convencer a los demás de que las acepten, pero, en el fondo, no lo creemos o no lo creemos completamente. En las raíces de la envidia, lo hemos visto, está la mala fe. Apelamos a la justicia, pero no lo hacemos de buena fe o completamente de buena fe. Si cambiara la situación, si se invirtiera la suerte, olvidaríamos haber dicho que la sociedad es injusta, que la gente es estúpida, que no se respetan los verdaderos valores. ¡Súbitamente la sociedad se volvería completamente justa, la gente inteligente y se reconocería el mérito!
Mientras apela a la justicia, mientras se lamenta de la inconstancia del mundo y de la falsedad de los juicios humanos, el envidioso solo espera que cambie su suerte. No quiere justicia, quiere buena suerte, no quiere equidad, quiere privilegio. Si pudiera, en la confusión, quitárselo al otro, se lo quitaría. La busca de la justicia, el intento de convencerse a sí mismo y de convencer a los demás de que uno es víctima de la injusticia, es parte del trabajo de la envidia, que sólo se preocupa por eliminar la confrontación, por inclinarla a su favor.