El reconocimiento
Escribe Schoeck: “El acto de amor, los sentimientos amistosos, la admiración, todas estas actitudes con las que nos dirigimos hacia otro, esperan la correspondencia, un reconocimiento, tienden a establecer un vínculo. El envidioso no quiere nada de todo esto… porque, por lo que a él respecta, no quisiera tener ninguna relación con quien es el objeto de su envidia.” •
No es verdad, realmente no es verdad. La relación entre el envidioso y el envidiado no es una sencilla y lineal relación de odio. El otro no es un claro enemigo a quien deseo ver destruido a toda costa. No es alguien de quien quiero vengarme y a quien espero hacer sufrir. No es alguien por quien siento repugnancia, disgusto. Ni siquiera me da miedo. No lo considero indigno, infame hasta el punto de no querer que me vean con él.
El objeto de mi envidia, aun cuando lo des-
1 Helmut Schoeck: U invidia e la societá, Milán, Rusco-ni, 1974, pág. 11. [Hay versión en castellano: La envidia y la sociedad, Madrid, Unión Editorial, 1983.]j- .«.
valorice, aun cuando desearía verlo muerto, me atrae, me fascina. Por eso, si él se me acerca, me tiende la mano, me invita a su casa, me pide que vaya a su lado en público, me demuestra estima, me elogia, si reconoce mi valor ante los demás, entonces, inesperadamente, mi envidia desaparece y me siento invadido por un cálido sentimiento de plenitud. Sentimiento en el cual se funden conjuntamente el estupor, el reconocimiento, la alegría de que se haya hecho justicia conmigo y el orgullo del éxito, de la victoria.
En realidad, él representaba a mis ojos todo aquello que en el mundo negaba mi valor, me decía no, me rechazaba. Y me rechazaba a mí mientras lo elegía a él en mi lugar. El era el campeón triunfador de la vida, yo, el perdedor; él, el aclamado, yo, el escarnecido; él, el exaltado, yo, el denigrado. Y ahora, precisamente la persona que encarna los valores dominantes me eleva hasta su mismo plano. Dice: “¿Veis a este hombre? Vale tanto como yo, y es tan cierto que lo elijo como amigo. Reconozco su valor y por eso vosotros también debéis reconocerlo”.
Descubrimos así que uno de los sentimientos más fuertes que vincula al envidioso con el envidiado es la necesidad espasmódica y frustrada de reconocimiento. Detrás del obsesivo reflexionar del envidioso, detrás de la constante presencia del otro, está este anhelo de contacto, de respuesta, esta muda, no formulada, solicitud de amistad. Porque lo que el envidioso le pide al envidiado es la estima verdadera, profunda, sincera, que el amigo ofrece al amigo. Que siempre y en cualquier circunstancia esté de su parte, que lo respete, que respete la seriedad de sus intenciones, de sus esfuerzos. Que vea no lo que hay de mezquino sino lo que hay de bueno y meritorio en su vida.
Cada uno de nosotros tiene algún valor, cada uno de nosotros tiene algún mérito. La vida es dura, difícil, llena de insidias y de dolores. A fin de afrontarla hemos tenido que superar pruebas extenuantes, tuvimos que ser valientes, muy valientes. Todos hemos tratado de hacer lo mejor posible, la mayor parte de las veces con sinceridad. Fuimos engañados, traicionados, ofendidos. Doloridos, hemos vuelto a levantarnos y hemos comenzado otra vez desde el principio. No fuimos recompensados como lo esperábamos, como lo hubiéramos merecido. Sólo el amigo nos conoce, nos comprende y, por eso nos hace justicia.
Si éste es el deseo profundo, indecible del envidioso respecto del envidiado, entonces podemos adivinar en su sentimiento, el rencor de una estima no correspondida, la desilusión de una esperanza frustrada, la amargura de una injusticia no reparada. No la injusticia por la cual podemos reclamar ante un tribunal o ante el público, sino la injusticia que todo ser humano sufre por la dureza del mundo, la injusticia existencial, nacida del hecho de que la existencia no es intrínsecamente moral. Existencia que sólo puede redimirse mediante algo diferente.
Ese “algo” podría ser la clemencia o la misericordia, atributos fundamentales de Dios en el Islam. O bien el ágape, el amor de Dios en el cristianismo. O la compasión del budismo. Pero el nivel mínimo, humano de ese “algo” que puede redimir la existencia de su vacuidad moral es el reconocimiento de quien puede vernos por dentro, como si fuera nuestra propia mirada, o bien alguien más separado, más objetivo. Sin el tumulto, las ansias, las hipocresías con las que nos tratamos a nosotros mismos. Una mirada que busca el bien y que nos ayuda a encontrar en nosotros, hasta una pizca de valor. La mirada del amigo.
Por esa razón, el envidioso tiene impulsos de acercamiento, aspira a la amistad de aquel a quien envidia y es feliz si éste le tiende una mano, o le hace sentir su reconocimiento. Pero, en la mayor parte de los casos este proceso termina por transformarse en una envidia todavía más intensa. Y, con frecuencia, en actitudes de violencia o de malevolencia.
En efecto, la envidia aumenta con la proximidad. Cuando el otro lo llama, lo invita a su casa, a su mesa, cuando lo hace sentar a su lado en las fiestas, lo hace participar de su grandeza, de sus aplausos, el envidioso olvida la diferencia. Se siente como él, feliz, exaltado. Se siente reconocido en su valor.
Pero luego esta intimidad termina. Acabada la fiesta, la celebración, despedidos los invitados, bien entrada la noche, cada uno vuelve a ser él mismo, en su posición social. Al día siguiente el envidioso descubre que la distancia no quedó anulada. Sus vidas son diferentes, como son diferentes sus destinos. El reconocimiento que le hizo sentir el envidiado es solo un recuerdo. Que ya no le alcanza. Mientras tanto, el otro retoma su vida habitual, gloriosa, triunfante, y él, que por un instante tuvo la ocasión de saborearla, ahora la desea todavía más intensamente. Mientras el otro estaba lejos, era una entidad abstracta, el envidioso trataba de no pensar en él, de no compararse. En ningún otro caso como el de la envidia resulta tan pertinente el proverbio “ojos que no ven, corazón que no siente”. Pero, justamente esa experiencia en común, el hecho de haber estado tan cerca y de haber formado parte, por un instante, de su éxito, exaspera la envidia, la hace feroz.
Ciertamente, el envidioso desea acercarse al envidiado, desea su amistad, su reconocimiento. Pero desea mucho más. Desea estar siempre con él, a su lado, y luego, ser como él, estar en su lugar, identificarse con él, sustituirlo.2 Y puesto que no lo logra no está nunca en paz. La envidia produce un movimiento de identificación, pero es un movimiento voraz, insaciable, que quisiera avanzar hasta lograr la asimilación, la deglución, y no se detiene hasta alcanzar su objeto. La envidia se transforma en desapego, repudio, solamente porque no logra devorar al otro, incorporarlo,
2 En la película Eva contra Eva de Mankiewicz, una muchacha de provincia se acerca en actitud de adoración a la gran estrella Margo y llega a ser su secretaria, su asistente, su alter ego. Se anticipa a sus pensamientos, a sus deseos, a sus gestos. Poco a poco, la sustituye, toma su lugar. Véase el análisis de Gianni Canova, In-video. II cinema in bilico tra vedere e invidiare, en G. Pietropolli Char-met y M. Cecconi (comps.): L’invidia, op. cit, págs. 175-181.
digerirlo. En el movimiento de desapego de la envidia está ya el principio de su cura. En tanto que el acercamiento es como echar gasolina al fuego. La envidia estalla y se hace maligna. Con frecuencia se traduce en una acción perversa, venenosa.
Hay que temer al envidioso que se acerca demasiado, al envidioso a quien tratamos amistosamente, de manera fraternal, que invitamos a nuestra casa, porque, sin quererlo, inflamamos en su corazón feroces impulsos de odio. A veces nos sentimos conmovidos por el placer que demuestra, por su mirada de reconocimiento. Pero no logramos ver las heridas que nuestra existencia le infiere precisamente con su proximidad.
Muchas veces se ha observado que quienes vdven junto a los grandes personajes habitualmente hablan mal de ellos. Un dicho inglés asegura que nadie es un héroe para su valet. Hasta los muchachos entusiastas de su campeón deportivo o de su ídolo musical, viviendo cerca de ellos, poco a poco advierten que él se les asemeja y comienzan a considerar intolerable su éxito. Solo la distancia permite idealizarlo y no experimentar envidia.
Considerando un espectro más amplio, la amistad no es posible entre personas diferentes que se comparan entre sí. La amistad solo es posible entre iguales, o entre desiguales que no se comparan, que no se miden mutuamente. Para que exista amistad es necesario que cada uno encuentre en sí mismo su fuente de valor, una fuente de valor, que el otro reconoce y de la cual no -rata de apropiarse.
El verdadero encuentro amistoso no nace del acercamiento que busca la envidia, de los sentimientos amistosos que sin embargo produce la envidia. Es difícil que la amistad surja de la envidia.
En cambio la amistad puede nacer más fácilmente de los celos. Recuerdo el caso de un muchacho locamente enamorado de una compañera de la universidad. Como sucede con frecuencia a esa edad, este joven era torpe y no lograba descifrar los mensajes que le enviaba la muchacha. Ella estaba enamorada de otro, pero puesto que lo estimaba, evitaba con cuidado quedarse a solas con él para no ofender su sensibilidad. Siempre se encontraba con él en compañía de algún amigo común. Particularmente de uno que era un buen compañero, sencillo, alegre, brillante.
Cada vez que nuestro joven trataba de quedarse solo con su amada para hablarle de su amor, allí estaba el otro. El joven terminó por ponerse celoso. Pensaba que entre ellos había una complicidad amorosa. Tomaba por intimidad erótica la familiaridad que había entre ellos. Se sentía atraído, fascinado por el otro joven y se esforzaba por comprender cuál era el secreto del encanto que ejercía sobre su amada. ¿Cómo lograba acercarse a ella cuando quería, cosa que él nunca conseguía hacer? ¿Por qué ella se reía y estaba siempre pendiente de las palabras del otro y en cambio se retraía cuando él la miraba fijamente con ojos amorosos? Lo escrutaba, lo estudiaba, no se despegaba de él un momento, ya fuera para poder encontrar a la muchacha, ya fuera para mantenerlo alejado de ella. Trataba por todos los medios de caerle en gracia. Comprendía que, si se hubieran hecho amigos, podría pedirle que dejara a la mujer que amaba. Y aun más, ¡pedirle que lo ayudara a conquistarla!
Poco a poco surgió una camaradería profunda entre ellos. El nuestro era un muchacho muy dotado, un verdadero artista, y ejercía una notable fascinación sobre su presunto rival amoroso. En sustancia, cada uno enriquecía al otro, le enseñaba cosas preciosas sobre la vida. Se procuraban recíprocamente elementos de identificación para modelar su personalidad.
Con el correr del tiempo, el muchacho comprendió que su presunto adversario no constituía una amenaza, sino que había llegado a ser su aliado más seguro. El otro, mientras tanto, había descubierto el gusto por el arte y la música. Enfrentaron juntos muchas pruebas de la vida y las superaron. Entre ellos nunca hubo envidia. Se hicieron amigos íntimos y siguieron siéndolo siempre.
El paso de los celos a la amistad es posible porque los celos tienen una meta precisa: conservar su objeto de amor. En la despiadada competencia erótica, el único freno puede ser de tipo moral. Por eso, los celos tratan de suscitar la amistad, que es el más moral de los sentimientos. Algunas veces es una estratagema. Muchas mujeres, en cuanto advierten que el marido frecuenta a alguna otra mujer que puede convertirse en una rival, le piden que se la presente, la invitan a su casa, se “hacen amigas” y, así, conjuran el peligro. Los hombres proceden de manera análoga y, como vimos en el ejemplo anterior, puede ocurrir que de una estratagema nazca también una amistad verdadera.
Ahora podemos hablar de la ingratitud, el odio que experimenta el que ha sido beneficiado contra su benefactor. Kant llama desagradecimiento3 al sencillo olvido del beneficio recibido, a la falta de reciprocidad. Cuando hay ingratitud, en cambio, el que ha recibido el beneficio, se siente corroído de rencor impotente. Pero, ¿en qué se origina este rencor? ¿Por qué el que ha sido beneficiado muerde la mano del que lo ayuda?
La causa más frecuente es la envidia. Un benefactor lejano que se limita a enviar ayuda sin hacerse ver, no suscita problemas. Un protector lejano a quien se puede recurrir en caso de necesidad y que dispensa sus favores como un santo patrono, siempre recibirá gratitud. Los problemas surgen cuando el benefactor es alguien como nosotros, un conocido, un amigo. Uno que nos llama a su lado, que nos hace participar de su trabajo, que nos ayuda, que nos guía, que nos enseña la profesión. Que, por eso, actúa respecto de nosotros, como un hermano o como una hermana mayor, a pesar de no serlo.
A todos les habrá ocurrido, a todos indistintamente, haber ayudado a alguien así. Recuerdo el caso de una joven mujer muy inteligente, bri-
3 I. Kant: Metafísica dei costumi, Bari, Laterza, 1983, págs. 328-331. [Hay versión en castellano: Fundamenta-ción de la metafísica de las costumbres, Madrid, Espasa-Calpe, 1983, 88 ed.]
liante. Acababa de llegar del sur, se había inscrito en la universidad y trabajaba en una importante fundación. Con su mente clara, su carácter equilibrado, su extraordinaria capacidad de trabajo y su belleza, estaba haciendo una rápida carrera. Con ella vino, otra muchacha, hija de unos conocidos, y la primera trató por todos sus medios de ayudarla. Le prestó el dinero para que se inscribiera en la universidad, la invitó a vivir con ella, logró que la tomaran en el lugar en que trabajaba. La otra comenzó a envidiarla. Envidiaba su belleza, su éxito, el hecho de que estuviera siempre un paso más adelante que ella. Mejor alumna en la universidad, más apreciada en el trabajo, más admirada por los hombres.
La envidia la atormentaba porque al mismo tiempo comprendía que le debía todo lo que tenía. Entonces comenzó a evitarla, a frecuentar compañías diferentes, a hablar mal de su amiga. Se lamentaba continuamente, le atribuía la culpa de todo lo que le salía mal. Hasta empezó un tratamiento psicoanalítico.
Un día fue presa del remordimiento. Le confesó a su amiga su envidia y le dijo que estaba logrando liberarse de ella. En efecto, durante el psicoanálisis, había comprendido que estaba proyectando sobre su amiga, la envidia que había experimentado de niña por su hermana mayor. La escena terminó en llantos y abrazos. Sin embargo, durante los meses siguientes se mantuvo a distancia. Fingía que no veía a su amiga para no tener que saludarla. Poco a poco dejaron de hablarse.
Todas las personas generosas han experimentado en el curso de sus vidas situaciones de este estilo. El mecanismo que dispara la envidia y la ingratitud es la proximidad y la confrontación. Si el generoso hubiera dejado que el otro siguiera su destino, si lo hubiese dejado en la miseria, hubiera seguido siendo a 1r>s ojos del otro un personaje mítico, admirable, de cuya amistad se enorgullecía. Al ayudarlo, al acercarse a él, ha puesto en movimento la envidia y una profunda, sombría irritación que produce el peso insoportable del reconocimiento. Precisamente esta expresión, “el peso insoportable del reconocimiento” pone Milton en boca de Satanás en el Paraíso perdido.*
4 J. Milton: II paradiso perduto, Milán, Bietti, 1979, pág. 159. [Hay varias versiones en castellano, entre otras, El paraíso perdido, Madrid, Espasa-Calpe, 1984, 6S ed.]











