El proselitismo envidioso
El envidioso está siempre en la busca de cómplices. Se aproxima primero a una persona y luego a otra para investigar qué piensan de aquel que lo obsesiona. ¿Lo estiman? ¿Lo consideran verdaderamente meritorio? ¿Qué opinan de su éxito? El envidioso hace permanentemente preguntas como si estuviera interesado en saber qué es lo que ocurre en realidad. Pero, al mismo tiempo, espera recibir una respuesta negativa. Espera que le digan: “¿Ese? ¡Pero si es un globo inflado! Su última producción no vale nada. Todo el mundo lo sabe. Ahora se han puesto de moda estas porquerías y él se ha lanzado a ellas. Como hace siempre, por otra parte.” Espera oír una respuesta que confirme su deseo, su intento de desvalorizar al otro.
El trabajo de la envidia es no solamente procurar convencerse a uno mismo, sino también y sobre todo intentar convencer a los demás, arrastrarlos a juzgar de una manera diferente.
Volvamos al ejemplo considerado antes de la pequeña comunidad en la cual, inesperadamente, hace su aparición la hermosísima muchacha. Las mujeres que se encontraban en lo alto de la jerarquía de la belleza se sienten amenazadas. Los hombres la miran, intercambian comentarios, demuestran que la aprecian. Se pone entonces en movimiento el trabajo de la envidia, que consiste en poner en tela de juicio su belleza o en encontrarle otros defectos. Todas aquellas que se sienten dañadas por la intrusa tienden a unirse, a encontrar un acuerdo entre ellas y utilizan las estructuras de poder de la comunidad para imponer el punto de vista de ellas. Convencen a algunas señoras que ocupan el corazón de la opinión pública: las tertulias, el country club, las asociaciones, los patronatos de beneficencia. Estas no estaban envidiosas de la recién llegada. Pero fue suficiente que se les llamara la atención sobre ella, para hacérsela sentir como una potencial rival. Todas tienen maridos, todas le temen a una hermosa mujer que pueda acecharlos. El trabajo de la envidia comienza a insistir en el hecho de que la nueva es una casquivana, que ya ha hecho varias conquistas, que su prestigio y su influencia entre los varones crece peligrosamente.
En determinado momento le endilgan un mote despectivo. Cada vez que la nombran intercambian sonrisitas de entendimiento. Los hombres, curiosos, quieren saber de qué se trata. Así llegan a participar del “lo que se dice” y comprometerse en el trabajo de destrucción, de degradación de la imagen de la muchacha.
Hasta ese momento ellos se limitaban a apreciar a la bella. Le encontraban muchas más cualidades que defectos. Pero, al participar, entran en el juego. Algunos comienzan a utilizar el mismo mote. Ya no proponen razones a lo que las mujeres dicen de la joven. Sólo quedan unos pocos, aislados, que menean la cabeza cuando oyen las maldades de los demás. Pero no están en posición de hacer nada al respecto.
Naturalmente, la acción de degradación repercute en la envidiada. Al principio estaba segura de sí misma, orgullosa de su belleza. Era amable con todos, estaba siempre sonriente y serena. Luego comienza a advertir que algo cambió. Hay gente que la mira y sonríe maliciosamente. Cuando ella se acerca se callan o cambian de tema. No la invitan a una fiesta a la que todos asisten o la invitación llega tarde. Una señora acreditada le hace algunas observaciones sobre su vestimenta, demasiado provocativa, demasiado ostentosa. Un hombre, que antes la trataba con respeto, inesperadamente se muestra vulgar. Una amiga le refiere un chisme que la tiene como protagonista. Ella se vuelve vacilante, trata de llamar menos la atención, se viste de manera más moderada, más anodina, más masculina. Poco a poco, va borrando su belleza. En suma, obedece al mandamiento que le impuso la comunidad: ¡desaparece!
* *
¿Existe acaso mucha diferencia, cuando el proselitismo se realiza en un campo en el que lo que está en juego no es la belleza, sino valores más elevados, como el poder político, la ciencia y el arte?
En Julio César de Shakespeare, la conjura política se inicia por la acción de un envidioso, Casio. Hasta el propio César se había dado cuenta de su condición y había dicho: “Tales hombres no sosiegan jamás mientras ven alguno más grande que ellos y son, por tanto, peligrosísimos”. Casio busca prosélitos en su tarea de denigración, de desvalorización de César. Sobre todo intenta convencer a Bruto porque éste es un hombre sincero, estimado, amado por el pueblo.
Pero con él no puede recurrir a las bajas calumnias, sabe que Bruto no las creería. Entonces disminuye a César de una manera más sutil y muestra que el gobernante tiene una naturaleza débil. César no es un dios, como sostiene Roma, ni un valiente e indómito capitán, sino que es un hombre como los demás y hasta más temeroso. A fin de confirmarlo, utiliza episodios verdaderos, recuerdos personales. Cuenta que una vez César lo invitó a arrojarse al Tíber con él, vestido con sus armas. Pero en un determinado momento César comenzó a ahogarse y entonces pidió ayuda e imploró hasta que Casio lo salvó. O bien aquella otra ocasión en la que, estando en España, César fue presa de la fiebre. Dice Casio: “Observé cómo temblaba. ¡Es verdad, ese dios temblaba! De sus labios cobardes había huido el color y esos mismos ojos, cuya mirada atemoriza al mundo, habían perdido su brillo. Oíale yo gemir, sí. Y ésa, su voz, que invitó a los romanos a que lo distinguieran y a escribir en los libros sus discursos,
¡OH, vergüenza!, gritaba: Dame algo de beber, Titinio, igual que una niña quejumbrosa. ¡Por los dioses! Maravíllame que un hombre de constitución tan débil pueda marchar a la cabeza del majestuoso mundo y llevar él solo la palma”.
Pero, puesto que Bruto no es por naturaleza envidioso, puesto que Bruto no tiende a compararse con César, Casio lo impulsa a hacerlo, se lo sugiere:
“¡Bruto y César! ¿Qué había de haber en este ‘César? ¿Por qué había de sonar ese nombre más que el vuestro? Escribidlos juntos: vuestro nombre es tan bello como el suyo. Pronunciadlos: el vuestro es igualmente sonoro. Pesadlos: no pesa menos. Conjurad con ellos: Bruto conmoverá un espíritu tan pronto como César. Ahora, en nombre de los dioses todos, ¿de qué alimento se nutre éste nuestro César, que ha llegado a ser tan grande? ¡Qué vergüenza para nuestra época! ¡Roma, has perdido la raza de las sangres esclarecidas! ¿Qué generación pasó desde el diluvio que no haya sido famosa por más de un hombre?”
Puesto que tampoco esto basta, Casio trata de que Bruto tenga la impresión de que también los ciudadanos piensan como él:
“Esta noche arrojaré a sus ventanas [las de Bruto] escritos de distintas procedencias, que parezcan provenir de varios ciudadanos. Todos expresarán la alta opinión que Roma tiene de su nombre [de Bruto]. En ellos se aludirá, esbozada-mente, a la ambición de César…”.
Pero cuando Casio logra su objeto, cuando está seguro de haber orientado a Bruto en la dirección esperada, hacia la conjura, lo desprecia, porque se ha dejado engatusar. Y comenta: “¡Bien Bruto, eres noble! No obstante veo que, dispuesto como está, tu honrado metal puede forjarse. He aquí la conveniencia de que las almas nobles se asocien siempre a sus iguales… Si yo fuese ahora Bruto y Bruto, Casio, él no ejercería influjo sobre mí.
El envidioso busca cómplices, se empeña en aumentar su número, pero en su interior los considera estúpidos, se ríe de ellos. Es como si dijera: “¿Pero, cómo me creen? ¿Cómo no se dan cuenta de que actúo de mala fe? ¿Cómo pueden ser tan ingenuos?”.
Pasemos ahora al campo de las letras y de las artes, en el cual la gente común imagina que no existe envidia. Porque es el mundo de los creadores, de los espíritus elevados.
Pero también es el mundo de personas que quieren crear algo único, superior, inmortal. Animadas por un desmesurado deseo de sobresalir, un deseo de perfección, son al mismo tiempo, sumamente frágiles porque, ¿quién puede decir que se siente seguro de su valor? Hay páginas muy conmovedoras de Paul Valery sobre éstas, las que él llama las profesiones delirantes; en las cuales todos quieren desesperadamente afirmarse a sí mismos, decir continuamente Yo, Yo, Yo, pero se ven obligados a compararse con otro y luego con otro, y luego con otro más. Y todo lo que hacen los demás es una espina en sus corazones, un motivo de tormento.
Toda la historia del arte y de la literatura está colmada de episodios de feroz rivalidad entre grandes. Como en el caso de Miguel Ángel con respecto a Rafael a, quien no podía soportar y al que nunca le reconoció ninguna capacidad. Hasta después de la muerte de éste continuó afirmando que todo lo que sabía Rafael de arte lo había aprendido de él.1
Un feroz ejemplo de proselitismo envidioso es el que suscitó Racine cuando escribió Fedra. Racine todavía estaba afirmándose, tenía muchos rivales y éstos, a fin de arruinar su última obra, se pusieron de acuerdo con un autor mediocre e intrigante, un tal Pradon que, en algunas semanas, improvisó un drama teatral titulado Fedra e Hipólito. Cuando esta obra subió a escena, los enemigos de Racine se volcaron en masa al teatro y decretaron un estrepitoso triunfo de la obra. El público se dejó arrastrar, se dejó engañar. El día en que Racine presentó su Fedra encontró un teatro vacío e innumerables críticos. La amargura que le provocó esta injusticia fue uno de los factores que impulsaron a este gran dramaturgo a abandonar el teatro cuando sólo tenía treinta y ocho años.2
También a Cervantes se le enfrentó un mediocre, de Avellaneda, a fin de disminuir el valor del Don Quijote.
1 Véase Eugéne Raiga: L’Envie, op. c£í.,pág. 59.
2 Véase Eugéne Raiga: L’Envie, op. cit. pág. 149-150.
Hoy las cosas no han cambiado. Continúan existiendo las comunidades artísticas, particularmente una “república de las letras”, formada por personas que se conocen muy bien. Han trabajado en casas editoras, han publicado ensayos y novelas. Escriben reseñas en los diarios o hacen comentarios por televisión. Cada uno ha debido juzgar a los demás y ser juzgado a su vez. Toma en cuenta el parecer de los demás y tiene necesidad del apoyo de éstos cuando publica una nueva obra.
Todos los grupos artísticos o profesionales, y también nuestra “república de las letras”, tienden a crecer por opciones compartidas. Tienen reglas implícitas o explícitas de aprendizaje para los jóvenes, criterios con los cuales los juzgan, exámenes mediante los cuales reconocen sus valores. Se le pide al novicio que tenga respeto por los más ancianos, que imite el estilo de ellos, que participe de las reuniones que ellos mantienen, que no olvide las debidas expresiones de deferencia y de respeto. Hasta establecen cuáles son los temas de los que todos deben hablar, definen las modas, lo que es actual y debe ser apreciado y lo que, en cambio, debe considerarse viejo, superado. La senda de la carrera exige conocer estas reglas y atenerse a ellas o, por lo menos, no violarlas brutalmente.
Y he aquí, sin embargo, que alguien que ni siquiera conoce a los representantes de la corporación, que no los respeta, a quien no le importa lo que hicieron ni lo que harán, que no habla con ellos, que los ignora, se afirma. Alguien a quien a pesar de todo, el público acoge triunfalmente, los editores miman y la televisión trata con deferencia. En este caso, la envidia de quienes se sienten afectados más directamente, encuentra eco en todos aquellos que se sienten ofendidos por la violación a las reglas, por la afrenta moral que han sufrido. Los primeros ponen empeño para movilizar a los demás hacia el rechazo de la nueva obra y del nuevo autor que queda “marcado unánimemente como arribista, incapaz, ignorante.
La corporación lo rechaza. Se niega a integrarlo, a aceptarlo, a admitirlo entre quienes respeta y estima. Comienza entonces un trabajo sistemático de denigración en sus confrontaciones, a fin de convencer también a todos los demás de que este autor no tiene valor, a fin de cerrarle toda posibilidad de reconocimiento universal.
Cuando la entidad está ‘muy estructurada, es muy cerrada, el rechazo de la intrusión externa es tan inmediato, tan completo, que ni siquiera se puede hablar de envidia. Los miembros de la institución ni siquiera comprenden qué hizo el personaje en cuestión. Para existir, la envidia requiere un aprecio, aunque sea fugaz, del valor, valor que luego niega. En este caso falta en realidad el primer movimiento. El extraño aparece inmediatamente a sus ojos como un incapaz, como una persona informal. En lugar de la envidia, estalla el desdén, la indignación.
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Llegados a este punto, surge, espontáneamente una pregunta. Si la envidia es una fuerza tan ferozmente conservadora, si los grupos profesionales, las academias, las sociedades han sido siempre hostiles a la aparición de algo nuevo y siempre le han puesto obstáculos, ¿cómo es posible que igualmente se haya producido el progreso humano? ¿Cómo fue y sigue siendo posible la innovación?
Mediante dos grandes fuerzas: los movimientos y el mercado. Hablaremos luego de los movimientos al tratar el sentido de justicia y de los procesos colectivos. Concentremos ahora nuestra atención en el mercado. Y partamos de un ejemplo concreto.
Cuando el joven director Giuseppe Tornatore presentó su película Cinema Paradiso, en Italia todos fruncieron la nariz. Los críticos la describieron como una obra insignificante y necia. Los distribuidores la ignoraron. Después de una fugaz aparición en las salas cinematográficas, la película parecía destinada al cesto de papeles, cuando, por suerte, fue vista en otros países europeos y sobre todo en los Estados Unidos, en donde comenzó a alcanzar reconocimiento, hasta obtener el Globo de Oro, y finalmente el Osear. Después del triunfo en el mercado norteamericano volvió a Italia y entonces nuestros críticos explicaron, con todo aplomo, que efectivamente la película tenía cierto valor.
En realidad, Cinema Paradiso pudo afirmarse solamente porque logró sustraerse a la censura envidiosa de los cineastas italianos. Porque tuvo la suerte o la habilidad de huir de los ojos sospechosos y hostiles de los viejos, que habían intuido la potencialidad del nuevo director e hicieron todo lo que pudieron para sofocarla en su nacimiento. Porque pudo ser visto y apreciado por gente que no tenía miedo de su éxito. Gente no comprometida, gente que no estaba en competencia, gente que lo miraba con objetividad estética o con los ojos desprejuiciados del comerciante.
Porque esto es, en definitiva, el mercado: un mecanismo que sólo acepta valorar la propia utilidad económica, comprando o vendiendo una mercancía o un servicio, sin tener en cuenta otras consideraciones, otras interferencias.
Los que lanzaron el filme de Tbrnatore no lo hicieron porque fueran más sensibles cultural-mente, o porque tuvieran mejor ánimo. Sino porque se dejaron guiar por’ sus propios cálculos económicos. Vieron un negocio y lo hicieron. Los cineastas italianos vieron en él únicamente un daño y lo hostilizaron.
El mercado, como institución autónoma, es el que se sustrae a las presiones y a los condicionamientos, la gran fuerza que acepta desbaratar las envidias locales. Los operadores del mercado permanecen indiferentes a las confrontaciones relativas, no se dejan influir por la propaganda envidiosa, por las manipulaciones ideológicas de escuela. Gracias a ellos, una obra innovadora llega a un público libre, también él, de la confrontación envidiosa, dispuesto a apreciar lo que lo divierte, lo que lo conmueve, lo que le da algo nuevo.
El mercado es en sustancia un campo social en el cual quienes toman las decisiones son personas que no están envidiosas de quien creó la obra, de quien produjo la innovación: los “lejanos” por antonomasia, quienes no tienen ninguna relación social con él. En suma, los indiferentes, pero también, los objetivos.
Si la humanidad dependiera de la opinión de los grupos, de las academias y de las asociaciones interesadas para lograr su progreso, no habría adelantado mucho.
No obstante hay un campo que parece ser la excepción. El de la ciencia. En esta esfera no existen jueces externos como en la literatura, en el cine o en el arte. No existen charlatanes que se dirijan al público. Aquí el juicio sigue perteneciendo a los que se dedican a ese trabajo, a los propios científicos. Los científicos son las únicas personas autorizadas a tomar decisiones referidas a la ciencia.
Es conocido el rigor con el que actúan las asociaciones científicas. Las más prestigiosas revistas de medicina, de química o de física, tienen comités de redacción extremadamente severos que no publican un artículo que no responda a rígidos criterios de autenticidad. ¿Por qué ellos pueden sustraerse a la envidia?
Gracias a dos mecanismos. El primero es de carácter moral y puede compararse con la ética del deporte. Los científicos modernos están obligados a publicar y difundir los resultados obtenidos sin esconder nada, sin deformar nada y de manera tal que los demás puedan repetir sus experimentos. Nadie puede emitir un juicio definitivo sobre sus trabajos hasta que toda la comunidad internacional realice esta verificación. Y en la ciencia moderna, la verificación finalmente es siempre empírica, experimental. Habrá muchísimos que podrán refutar el experimento o defenderlo. La realidad, la dura respuesta de los hechos, es la que, en última instancia, decide quién tiene razón y quién está errado. Como en el deporte, precisamente. Allí poco cuenta la habilidad oratoria o la manipulación.
El segundo mecanismo es, una vez más, el mercado. La ciencia moderna alimenta a la tecnología, cada descubrimiento tiene una aplicación práctica. Las empresas siguen con ojo atento el desarrollo científico, lo favorecen, lo promueven y están siempre dispuestas a sacar partido de los resultados. Si bien no hay un “mercado” para las ideas científicas, hay un floreciente “mercado” para sus aplicaciones. La entidad envidiosa también podría intentar mantener en secreto un resultado, o de desestimar a uno de sus miembros, pero la comunidad de los negocios tiene fuerzas y métodos suficientes para disuadirla de hacerlo.
Por consiguiente, también en el caso de la ciencia, los que salvan el progreso son los “lejanos”. O los científicos lejanos geográficamente a quienes no les importan en modo alguno las disputas de una comunidad científica en particular, o los operadores económicos y financieros que tienen finalidades completamente diferentes y mentalidades completamente distintas. Y, justamente por eso, son buenos garantes de la objetividad.
Lo dicho con respecto a las ciencias físicas y naturales no es aplicable a las ciencias del hombre: psicología, sociología, antropología y menos todavía a la filosofía. En este terreno, las preferencias por una teoría o por otra dependen de profundas y subterráneas exigencias sociales, de grupos de poder, de intereses políticos y económicos. Por esta razón puede existir una sociología del conocimiento, esto es, un estudio de los factores y de los procesos sociales que hacen prevalecer una u otra concepción filosófica o ideológica.3 Por eso también estas ciencias están sumamente influidas por la rivalidad y la envidia.
3 Véase K. Mannheim: Ideología e utopia, Bolonia, II Mulino, 1958. Véanse también las observaciones hechas en el capítulo “Envidia y conocimiento” en relación con las epistemes.











