EL MUNDO FICTICIO DE LA PERSONA MIMADA
La comprensión del individuo a partir de sus movimientos. Criterios de la
verdad absoluta. El punto de vista de la posesión y de la utilización en
psicología. Distancia entre individualidad y tipo. Misión educativa de la
madre. Pesimismo y mimo. Origen secundario de los rasgos de carácter
del niño mimado. Los recursos del sujeto mimado. El abismo entre el
mundo real y el mundo ficticio. Transformación curativa de la
personalidad de la persona mimada.
Las personas mimadas no suelen tener buena reputación. No la han tenido
nunca. Ningún padre se siente satisfecho si se le dice: Está usted mimando
a su hijo. Toda persona mimada rehusa el ser considerada como tal. Pero
siempre tropezamos con dudas acerca de lo que hemos de llamar en
realidad mimo. A pesar de la falta de claras definiciones, todo el mundo
considera el mimo, por intuición, como un lastre y un obstáculo para el
desarrollo normal.
A pesar de ello, no hay nadie a quien no le guste ser objeto de mimos. Hay
personas a las que esto agrada especialmente, y no pocas madres serían
incapaces de educar a sus hijos sin mimarlos. Por suerte, hay muchos niños
que se defienden eficazmente contra tal educación, y los daños son
entonces menores. El problema del mimo es un hueso duro de roer para las
acostumbradas fórmulas psicológicas. Estas fórmulas nunca podrán
servirnos como directrices para el descubrimiento de los fundamentos de la
personalidad o para explicar las actitudes y el carácter. Y es que, en este
aspecto, hay que esperar en todos los sentidos millones de variantes y
matices. Lo que creemos descubierto ha de ser confirmado y continuamente
cotejado con hechos análogos. También hay que tener en cuenta que si un
niño resiste al mimo, se excede generalmente en su resistencia y desplaza
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su autodefensa a posiciones en las cuales aceptar una ayuda amistosa desde
fuera sería la única solución razonable.
Si el mimo continúa hasta la edad adulta y no corre parejo, como suele
acontecer en estos casos, y tampoco llega a destruir la voluntad
independiente, puede en ocasiones llegar a cansar al individuo. Sin
embargo, su estilo de vida adquirido desde la tierna infancia ya no podrá
cambiar por ello.
La Psicología individual afirma que no hay más camino para comprender a
una persona que el de la observación de los movimientos que realiza para
resolver los problemas que le plantea su vida. Al efectuar este examen
debemos observar con mucho cuidado el cómo y el por qué. Su vida se
inicia en posesión de posibilidades de evolución humana, que son, sin duda
alguna, muy distintas en cada uno, sin que nos sea posible determinar estas
diferencias de otra manera que gracias a los actos realizados. Lo que se
ofrece a nuestra contemplación en los comienzos de la vida está ya
notablemente influido, desde el primer día del nacimiento, por factores
externos. La herencia y el medio ambiente, que son las dos influencias más
importantes, llegan a convertirse en una posesión del niño que éste maneja
libremente para encontrar su camino evolutivo. Sin embargo, los conceptos
de camino y de movimiento presuponen ineludiblemente una noción de
orientación y del objetivo perseguido. El alma humana aspira a la
superación, a la perfección, a la seguridad y a la superioridad.
El niño que empieza a experimentar las influencias de su cuerpo y del
medio ambiente que le rodea, depende en mayor o menor grado de su
propia fuerza creadora y de su propia intuición en cuanto a los caminos a
seguir. Aquella opinión sobre la vida que es la base de su actitud, y que no
podría ser formulada ni expresada por él en conceptos claros, es su propia
obra maestra. De este modo llegará a establecer su peculiar ley de
movimiento que, mediante cierto hábito, le proporciona el estilo de vida en
que le vemos pensar, sentir y actuar durante toda su existencia. Este estilo
de vida nace casi siempre de una situación en que el niño cuenta con el
apoyo externo. Tal estilo de vida se muestra luego como inapropiado cada
vez que en las siempre cambiantes circunstancias de la existencia le es
necesario recurrir a una ayuda desinteresada en un medio distinto al
familiar.
Aquí se nos plantea el problema de determinar cuál es la actitud que hay
que adoptar ante la vida, y qué soluciones habremos de dar a sus grandes
problemas. La Psicología individual trata de contribuir en todo lo posible a
una solución de estos problemas. Nadie puede atribuirse la posesión de la
verdad absoluta. Una solución concreta, para ser universalmente
comprobable y justa, debería mostrarse exacta por lo menos en dos
determinados puntos. No se puede llamar justo a un sentimiento, a una idea
o a un acto si no es sub specie aeternitatis (desde el punto de vista de la
eternidad). Tampoco si está en contradicción con los intereses de la
comunidad humana. Esto vale tanto para los problemas tradicionales como
para los que se plantean por vez primera; vale también lo mismo para los
problemas capitales como para los más secundarios. Los tres grandes
problemas que cada uno debe resolver y se ve obligado a resolver a su
manera, los de la comunidad, del trabajo y del amor, no pueden ser
resueltos más o menos adecuadamente sino por personas poseedoras de un
vivo espíritu de comunidad. No cabe duda de que ante los problemas que se
nos plantean por vez primera y de modo inesperado, la vacilación está
plenamente justificada; pero sólo la voluntad de comunidad puede
salvaguardamos en tal caso de cometer graves errores.
Si en estas investigaciones tropezamos con tipos más o menos definidos,
ello no nos dispensa de tener que buscar en cada caso aislado lo peculiar y
privativo. Esto vale también forzosamente para el niño mimado -este lastre,
cada día creciente, de la familia, la escuela y la comunidad-. Debemos
resolver siempre el caso individual y concreto, tanto si se trata de niños
difícilmente educables, como de individuos neuróticos o alienados,
suicidas, delincuentes, toxicómanos, pervertidos, etc. Todos ellos padecen
de una falta de sentimiento de comunidad que se puede explicar casi
siempre por un mimo inicial en la infancia o por un exagerado deseo de
verse mimado y de verse librados de las exigencias de la vida. La actitud
activa de un sujeto sólo puede ser diagnosticada mediante una justa
comprensión de su conducta frente a los problemas de la vida. Lo mismo
puede decirse, desde luego, de la falta de actividad. Acerca del caso
concreto e individual, no hemos sentado todavía si -a la manera de aquellos
psicólogos que no miran sino las propiedades que el sujeto posee
(Besitzpsychologen) -remontamos el origen de los síntomas erróneos a las
obscuras regiones de una herencia totalmente incierta, o a los influjos del
ambiente, que suelen considerarse inadecuados a pesar de que el niño los
acepta, los asimila y reacciona ante ellos de un modo arbitrario.
La Psicología individual es una psicología de utilización, no de posesión, e
insiste especialmente en la apropiación creadora y la explotación de todos
estas influencias. Aquel que considere los problemas siempre diferentes de
la vida como algo invariable, sin advertir lo peculiar de cada caso, puede
caer con gran facilidad en el error de tomar las causas actuantes, los
instintos y los impulsos por demoníacos guías del destino. Quien no
reconozca que a cada una de las generaciones que afloran a la vida se le
plantean nuevos problemas antes inexistentes y que exigen soluciones
distintas, creerá fácilmente en la efectividad de un inconsciente hereditario.
La Psicología individual conoce demasiado bien los tanteos, la búsqueda, y
la actividad creadora -buena o mala- del espíritu humano en la resolución
de sus problemas, como para aceptar esa creencia. La obra del hombre es la
que condiciona siempre, de acuerdo con su estilo de vida, la solución
individual a sus problemas. La tipología pierde en gran parte su valor si
consideramos la pobreza del idioma humano. ¡Cuán distintas son las
relaciones que designamos con la palabra amor! ¿Pueden ser iguales dos
personas introvertidas? ¿Puede pensarse que la vida de dos gemelos
completamente idénticos que, dicho sea de paso, acusan muy a menudo la
tendencia y el deseo de serlo por completo, se desarrolle de idéntica manera
en las distintas fases de la cambiante luna? Podemos y debemos servirnos
de la tipología, de igual modo que de la estadística; sin embargo, no hay
que olvidar, por grandes que sean las semejanzas, las diferencias propias de
cada individuo, siempre peculiar y único. En nuestras hipótesis podemos
valernos de las verosimilitudes para iluminar el campo visual en que
confiamos descubrir lo peculiar y único; debemos, sin embargo, renunciar a
este auxilio tan pronto como surjan cualesquiera contradicciones.
En la búsqueda de las raíces del sentimiento de comunidad, si damos por
supuesta la posibilidad de su desarrollo en el hombre, nos encontramos en
seguida con la madre, que representa nuestra primera y más importante
guía. La Naturaleza la destinó a este fin. Su relación con el niño es la de
una cooperación íntima (comunidad de vida y de trabajo), de la cual ambas
partes salen gananciosas, y no, como parecen creerla algunos, una
explotación unilateral y sádica de la madre por el niño. El padre, los
hermanos, los parientes cercanos y los vecinos están llamados a fomentar
esta cooperación, induciendo al niño para que no llegue a ser un enemigo
de la sociedad, sino un colaborador igual en derecho. Cuanto mayor sea la
impresión que le produce al niño el grado en que pueda confiar en los
demás y en la colaboración de éstos, tanto más dispuesto se mostrará a
vivir en íntima solidaridad humana y a colaborar espontáneamente. El niño
pondrá entonces todo cuanto posea al servicio de la cooperación.
Sin embargo, si la madre se excede visiblemente en su cariño, imbuyendo
en el niño la idea de que es superflua su colaboración tanto en su conducta
como en su pensar, tanto de obra como de palabra, ese niño mostrará más
propensión a desarrollarse en un sentido de parasitismo (explotación), para
esperarlo todo del prójimo. Tratará siempre de constituirse en el centro del
interés de los demás y deseará poner a todo el mundo a su servicio.
Desarrollará tendencias egoístas y considerará como un legítimo derecho
oprimir a los que le rodean, verse constantemente mimado por ellos y
recibir siempre sin dar nunca nada. Uno o dos años de entrenamiento en tal
sentido bastan para poner fin al desarrollo del sentido de comunidad y para
anular toda inclinación a colaborar.
Ora en su solicitud de apoyo, ora en su manía de dominar a todo el mundo,
las personas mimadas tropiezan bien pronto con la para ellas insuperable
resistencia de ese mundo que exige solidaridad y colaboración. Perdidas
sus ilusiones, culpan a los demás y no ven en la vida más que el principio
hostil y adverso. Sus interrogaciones suelen ser de naturaleza pesimista:
¿Qué sentido puede tener la vida?, ¿Por qué debo amar al prójimo? Si se
someten, por fin, a las legítimas exigencias de una idea activa de la
comunidad, lo hacen sólo por el temor, en caso de que se opondrían, a
repercusiones y a posibles castigos. Colocados ante problemas de la
comunidad, del trabajo y del amor, no encuentran el camino del interés
social, sufren un shock, padecen las consecuencias de éste, tanto somática
como psíquicamente, y se baten en retirada antes o después de haber
sufrido la correspondiente derrota. Sin embargo, perseveran siempre en su
habitual actitud infantil, suponiendo que son víctimas de una injusticia.
Ahora bien: es fácil comprender que ninguno de esos rasgos del carácter es
congénito, sino ante todo, la expresión de unas relaciones subordinadas por
entero al estilo de vida del niño. El niño mimado, inducido al amor a sí
mismo, desarrollará forzosamente un mayor número de rasgos de egoísmo,
de envidia y de celos, aunque en medida muy distinta. Como si viviera de
continuo en país enemigo, mostrará susceptibilidad, impaciencia,
inconstancia, inclinación a las explosiones afectivas y un modo de ser
ávido. La tendencia a recogerse en si mismos y a ser exageradamente
precavidos son características muy comunes en tales individuos.
Descubrir a una persona mimada cuando se encuentra en una situación
favorable, es tarea difícil. Mucho más fácil es hacerlo en una situación
desfavorable en la cual es puesto a prueba el grado de sentimiento de
comunidad que posee. Entonces se observa su actividad vacilante y vemos
cómo se detiene a considerable distancia del problema que debería resolver.
El individuo basa tal alejamiento en pretextos que demuestran que no se
trata en absoluto de la precaución propia del hombre prudente. Cambia
muy a menudo de amistades y de ambiente, de pareja amorosa y hasta de
profesión, sin llegar nunca a alcanzar puerto alguno. A veces, estos
individuos se precipitan hacia delante en una empresa con un empuje tal
que el sagaz conocedor de hombres comprenderá inmediatamente que tales
individuos poseen poca confianza en sí mismos y que su afán decaerá muy
pronto. Otros tipos de mimados se convierten en solitarios extravagantes;
otros adoptan actitudes raras: les gustaría poder retirarse a un desierto y
evitar así toda obligación. O bien resuelven los problemas sólo en parte,
limitando considerablemente su radio de acción en correspondencia con su
sentimiento de inferioridad. Si disponen de una cierta reserva de actividad,
que no merece siquiera el nombre de coraje, pueden desviarse, en el caso
de encontrarse en una situación algo difícil, hacia ese sector de lo
socialmente inútil y nocivo, llegando a convertirse en criminales, suicidas,
bebedores habituales o gente perversa.
No es fácil identificarse con la vida de una persona muy mimada, es decir,
comprenderla plenamente. Para ello es preciso dominar este papel como un
buen actor y posesionarse del personaje, comprender cómo busca
convertirse en el centro de interés, cómo acecha cada situación para tomar
posiciones y dominar la que sigue, cómo trata de oprimir a los demás sin
mostrar nunca asomo alguno de espíritu de colaboración, cómo lo espera
todo, sin dar nada a cambio. Es preciso haber captado cómo tales sujetos
tratan de explotar en su favor la colaboración de los demás en la amistad,
en la profesión y en el amor, pensando sólo en su propio provecho, sin otro
interés que el de su propia gloria, imaginando de continuo qué ayuda
podrían obtener para la solución de sus problemas, aunque sea en perjuicio
de los demás, para poder comprender que no les guía ni el sentido común ni
la razón.
El niño psíquicamente normal ostenta un ánimo, una razón vigente para
todos y una activa capacidad de adaptación. El niño mimado no posee
ninguna de estas cualidades, o las posee en escasísima medida. Cuenta, en
cambio, con su cobardía y sus trucos. El sendero que recorre es tan
extremadamente angosto que parece recaer continuamente en los mismos
errores. El niño tiránico desempeñará siempre el papel de tirano. Un ladrón
no cambia jamás de ocupación. El neurótico angustiado reacciona con
miedo ante todos los problemas de la vida. El toxicómano no abandona
nunca su droga. El perverso sexual no muestra ninguna tendencia a
abandonar su perversión. En el hecho de descartar toda posible actividad en
otros sectores y siguiendo el angosto sendero que tiene trazado en su vida,
cada vez pone de manifiesto y con creciente claridad su cobardía ante la
vida, su falta de confianza en sí mismo, su complejo de inferioridad y su
tendencia a la exclusión.
El mundo de ensueño de las personas mimadas, su perspectiva, su opinión
y su comprensión de la vida son harto distintas del mundo real. Su
adaptación a la evolución de la humanidad está más o menos inhibida, lo
que es causa de continuos conflictos con la vida, cuyas consecuencias han
de sufrir los que le rodean. En la infancia encontramos este tipo entre los
niños hiperactivos y pasivos; en la madurez, entre los delincuentes,
suicidas, nerviosos y toxicómanos, siempre distintos entre sí. Casi siempre
descontentos, se consumen de envidia al contemplar los éxitos de los
demás, sin ser capaces de una reacción enérgica. Son presa continua del
miedo a una derrota y de que su falta de valor sea descubierta; les
observamos generalmente en retirada ante los problemas de la vida, para lo
cual nunca carecen de excusas.
No debe ser ignorado el hecho de que, entre ellos, algunos llegan a alcanzar
éxitos en la vida. Son aquellos que pudieron superarse y aprendieron a
costa de sus propios defectos.
La curación y la transformación de tales individuos no puede resultar
factible más que a través de la vía del espíritu, mediante la creciente
comprensión de las faltas que antaño cometieron al construirse un estilo de
vida falso. Mucho más importante sería la prevención. La familia, y en
particular las madres, deberían comprender su obligación de no extremar su
amor al niño, hasta el mimo excesivo. Más deberíamos esperar todavía de
un magisterio que hubiera aprendido a descubrir y a corregir esta falta.
Entonces se vería más claramente como no lo ha sido hasta ahora, que no
hay peor mal que el de mimar a nuestros hijos, y se comprenderían todas
las funestas consecuencias de esta manera de obrar.











