El mito de la igualdad

El mito de la igualdad
La idea de igualdad y la concepción de la justicia como igualdad absoluta tienen dos raíces opuestas. Una nace del amor, otra de la envidia y del odio.
Veamos los estados iniciales de un movimiento, de cualquier movimiento, en el período de su estado naciente. Pensemos en el cristianismo de los orígenes, o en el grupo de fieles reunidos alrededor de Mahoma en Medina, en los franciscanos, o en los entusiastas seguidores de Sab-batai Sevi.1 O bien, en los primeros masones,2 en los primeros anarquistas, en los pietistas, en los cuáqueros,3 en el origen de las órdenes monásticas tanto en Oriente como en Occidente. En suma, en todo aquello que significó reunión espontánea de personas iluminadas por una fe, por
1 G. Scholem: Sabbatai Sevi, íhe Mystical Messiah, Bo-
llingen, Serie XCIII, Princeton University Press, 1973.
2 R. Koselleck: Critica illuministica e crisi della societá
borghese, op. cit.
3 R. A. Knox: Iluminati e carismatici, Bolonia, II Muli-
no, 1970.

una inspiración, que procuraban crear un mundo de amor, de fraternidad, de bondad y que se prepararon a ello con ánimo ardiente y con pureza de corazón. Se llamaban hermanos, amigos, compañeros, porque se sentían identificados unos con otros y todos juntos apuntaban a un ideal que los trascendía, a una meta que valía infinitamente más que todos ellos.
Ya Max Weber había observado que en estas situaciones, que él llama “carismáticas”, se establece alguna forma de comunismo espontáneo. “Existe —escribe— un comunismo del campamento o del botín, o el comunismo de la caridad del convento con sus variedades de caritas o de limosna… El comunismo de amor existió de alguna manera en la cumbre de todas las religiones, sobrevive en el séquito profesional del dios, es decir, entre los monjes… Para siis genuinos representantes, el resultado de una genuina intención heroica y de una auténtica santidad aparece vinculado con la carencia de posesiones individuales.”*
En esta situación se cumple la regla fundamental, por la cual cada uno da según sus posibilidades y recibe según sus necesidades. Para que ello sea posible, para que la oferta y la demanda puedan encontrarse, es necesario que cada uno autolimite sus necesidades y sus exigencias. Que no procure el máximo, sino el mínimo, que no mire lo que poseen los demás a fin de de-
4 Max Weber: Economía e Societá, Milán, Comunitá, 1981, vol. IV, págs. 227-228.
searlo a su vez; en suma, que no experimente envidia.
En el estado naciente, ni siquiera hay jerarquías de prestigio y de poder. Nadie puede decir: “Yo merezco más porque hice más, porque soy más que vosotros”. En esta indiferencia respecto de los méritos pasados hay una sublime locura y una sublime sabiduría. En el estado naciente, todo recién llegado es recibido fraternalmente, sin que importe lo que haya sido alguna vez. Quien llega abandona su condición anterior, los derechos que derivan de estar en un determinado punto de la jerarquía social. Se dan así, de manera espontánea, precisamente las condiciones de la justicia previstas por Rawls: cada uno establece los criterios de justicia sin saber cuál es su posición. Porque en realidad, no tiene ninguna posición.
El estado naciente nos muestra que nuestros más elevados ideales de justicia se originan en una situación en la cual nadie pretende superar a los demás, sino que se dedica a la tarea colectiva, olvidado de sí mismo y con la alegría de dar.
Muchos sociólogos, y particularmente Max Weber, consideran que este tipo de comunismo existe también en las comunidades domésticas. Nada más falso. El grupo, en el estado naciente, no es una especie de familia, sino algo completamente diferente. En la familia siempre existen jerarquías, reglas de precedencia, un complicado sistema de méritos y de recompensas. Los hermanos están envidiosos unos de los otros y se vigilan mutuamente a fin de que ninguno obtenga más que los otros. La familia es una institución de la vida cotidiana, en la cual se dividen los recursos según una rigurosa contabilidad de los derechos y los deberes.
En cambio, el estado naciente es una muerte y un renacimiento. El que entra en el movimiento es un hombre nuevo, un renacido. No tiene una condición social, no tiene historia. Se simboliza este cambio profundo mediante el renunciamiento a los propios títulos y al propio nombre. La gente se tutea, se llama por su nombre de pila y,, con frecuencia, por un sobrenombre o por un nombre de batalla.
También los psicoanalistas y los sociólogos que se inspiraron en el psicoanálisis se equivocaron al pensar que el grupo, en el estado naciente es una especie de regresión a la familia o a la infancia. En realidad ése es un estado completamente nuevo. Es una creación ex níhilo, el origen, la génesis de las formaciones sociales dotadas de solidaridad. Las sectas, las iglesias, los partidos, pueden nacer porque se disuelve el antiguo orden con sus reglas y el individuo, al renacer, renuncia a sí mismo, a la rencorosa competencia con los “cercanos”; no se preocupa por lo que tuvo ni por lo que dio, no tiene miedo de admirar a quien corre delante de él, es más, lo sigue jubiloso. Estas formaciones pueden surgir, precisamente porque mediante la igualdad y el comunismo desaparece la envidia: la solitaria oposición del individuo aislado a otro individuo aislado, el atropello recíproco.
En contraposición al estado naciente, en sus antípodas, se encuentran, en cambio, aquellas situaciones sociales en las cuales la gente procura refrenar a los demás mediante el control envidioso, en las cuales, en lugar de olvidar las propias necesidades y dedicarse a la colectividad, la gente mira rencorosa y ansiosa lo que ha obtenido su vecino, y trata de refrenarlo, de detenerlo. Este es el patético intento de obtener la igualdad en virtud de la envidia. No es una puja de todos hacia lo alto, una superabundancia generosa, sino la mezquina preocupación de que el compañero no tenga más que uno. No es el abandono de la contabilidad económica y de la de los méritos y las recompensas, sino que es la medición de cada pequeña diferencia con una sensible balanza.
Este penoso e inútil intento de obtener la igualdad en virtud de la envidia, generalmente aparece en cuanto el movimiento adquiere la rigidez de la institución, cuando la comunidad utópica del estado naciente trata de perpetuar el comunismo espontáneo y la igualdad espontánea que la animaba imponiendo reglas, disciplina, controles, contabilidad de los méritos y de las recompensas.
Este fenómeno se repitió innumerables veces en el curso de la historia. La comunidad utópica pasa de una vida de ímpetu y emociones, a encerrarse en sí misma, a apergaminarse. En lugar de mirar hacia afuera, al futuro, sus miembros se bloquean mutuamente y procuran multiplicar los valores originarios multiplicando las interrupciones y las prohibiciones. En el intento de continuar siendo iguales, se escrutan ávidamente y frustran toda busca de diversidad. Muchas de estas comunidades terminan por parecerse a las sociedades primitivas o a las grandes familias patriarcales autoritarias. Taciturnas, obsesivas, despóticas.
Fueron los grandes movimientos religiosos y políticos los que produjeron el ideal de la igualdad. Y lo lograron porque la realizaron en su interior como vivencia concreta, en su estado naciente, al romper las barreras entre castas, clases, pueblos diferentes, al descubrir, con la inmediatez intuitiva del amor, que-todos los hombres tienen la misma dignidad, el mismo valor, los mismos derechos. Las grandes religiones tradicionales como el judaismo, el cristianismo y el islamismo difundieron la idea de que los seres humanos, todos los seres humanos, son hijos del mismo Dios y que, por lo tanto, tienen los mismos derechos ante él. Pero esto no se vivió como una comparación envidiosa, sino en la calidez, en el horno ardiente de la vida en común, en la fe, en la práctica del impulso altruista, del amor.
Luego, también estas religiones produjeron instituciones escleróticas, jerarquizadas, animadas por sentimientos de antagonismo y de envidia. En realidad, todo proceso de institucionaliza-ción equivale siempre a una petrificación. Además puede tomar un camino equivocado, tiránico, despótico y hasta monstruoso. Toda institución vive y conserva los valores originarios únicamente si los movimientos la irrigan y la regeneran periódicamente, si la guía la racionalidad.5
5 P. Alberoni: Genesi, op. cit. Véanse los capítulos 7 y 8 sobre las instituciones de reciprocidad y sobre las de dominación.

Quien imaginó que los ideales de igualdad y de fraternidad pudieran nacer de la envidia, confundió de manera inadmisible el momento cálido, fluido, creativo, de la sociedad, con su momento frío, con su solidificación. La envidia corresponde a la rigidez, a la inmovilidad, a la estasis, a la extinción de la vida, al desvanecimiento del ímpetu, a la disipación del entusiasmo y del amor.