Admiración y envidia

Admiración y envidia
¿Qué relación hay entre la envidia y la admiración? ¿No es acaso posible que la envidia sea una admiración enmascarada, rechazada? El envidioso admira al envidiado, quisiera ser como él, encontrarse en su situación. Siente la fascinación del envidiado como un amante desilusionado, traicionado. Su pensamiento lo busca continuamente, como hipnotizado, aun cuando luego, al encontrarlo, retroceda turbado, quiera olvidarlo y no lo logre. ¿No es ésta acaso una típica experiencia de amor y de identificación rechazada, denegada?
Estas observaciones están en la base de una de las más fascinantes teorías de la envidia, expuesta por Rene Girard,1 según la cual este sentimiento nace inmediata y espontáneamente de la admiración y del amor. Veamos de qué manera. Cuando amamos y admiramos a alguien, cuando nos identificamos con él, participamos de su vida,
1 Rene Girard: Menzogna romántica e venta romancesca, Milán, Bompiani, 1965, y La violenza e ü sacro, op. cit.
B
de sus experiencias, experimentamos sus mismos deseos. Somos, en sustancia, como él. Pero, siendo como él, queremos lo mismo que quiere él, de la misma idéntica manera.
Hemos visto antes que aprendemos nuestros deseos. Es un proceso complejo que se desarrolla en el curso de toda la vida. Según Girard, en cambio, el proceso por el cual aprendemos el deseo es inmediato y coincide con la identificación. Cuanto más fuerte es la identificación, más emulamos al otro, nos convertimos en su doble y estamos dispuestos a toparnos con él para poseer el mismo objeto.
Si el modelo de identificación está lejos, es, por ejemplo, una estrella del deporte o del espectáculo, un jefe carismático o más bien inaccesible, como en el ejemplo de Don Quijote, un personaje imaginario como Amadís de Gaula, no tenemos conflicto con él. Si en cambio, este modelo, este objeto de identificación está cerca, en relación concreta con nosotros, si él desea lo mismo que deseamos nosotros, mediante su ejemplo, aprendemos a desear y la confrontación se hace inevitable. Competimos con él por el mismo objeto, por la misma meta, por el mismo valor. Y competimos porque hemos modelado ese deseo siguiendo exactamente el suyo hasta en los mínimos detalles. Cuando él desea algo de manera exclusiva, nosotros también lo deseamos de manera exclusiva, precisamente porque él lo desea.
Imaginemos a dos jóvenes, dos amigos, que se quieren y que se identifican uno con el otro. Llega una muchacha y uno de ellos se siente atraído por ella. Le hace la corte. El segundo, precisamente porque se siente identificado con el primero, se ve impulsado a desearla a su vez, como guiado, dirigido por el deseo de su amigo. Si hubiera estado solo, quizá no le hubiera dedicado ni una mirada, pero ahora le fue señalada como objeto de valor y a su vez la quiere para sí. Así se pone en movimiento un proceso circular de fortalecimiento del deseo y la muchacha se transforma en el objeto de una violenta competencia.
Teoría fascinante, ¿no es verdad? Pero quizá demasiado simple. En realidad aprendemos nuestros deseos, ya sea mediante la identificación, ya sea mediante la indicación.2 Hasta los llevamos en nuestro interior como aspiraciones, como modelos ideales. Cuando, en la situación envidiosa, experimentamos el deseo de poseer lo que el otro tiene, con frecuencia sólo se nos está poniendo de manifiesto algo que ya deseábamos antes.
Entonces, ¿no hay ninguna relación entre la admiración y la envidia, entre la identificación y la envidia? Por cierto que la hay. Pero es una relación de oposición y de exclusión.
Para despejar el terreno comencemos observando que, contrariamente a la teoría de Girard, existen formas de amor y de identificación no envidiosas. Lo vemos en el amor de los padres por sus hijos, en el enamoramiento, en la amistad,
2 Retomaremos esta distinción y la analizaremos más ampliamente en el capítulo 8.
pero también en la relación con los divos, con los jefes carismáticos.3
Los jóvenes sienten hacia un cantante o su campeón preferido un cálido sentimiento de simpatía, de admiración. Es una verdadera identificación. El sujeto fluye en el otro, participa de su alegría y de sus dolores, participa de su grandeza y de su carácter extraordinario.
En esta relación, el sujeto nunca se contrapone al objeto de su identificación admirada. Está completamente de su parte, se enriquece a través de él. No se compara con él, no piensa que pueda obtener algo para sí, un valor para sí separado del otro. Si alguien lo incita a confrontarse con su objeto de admiración, dirá que él mismo no vale nada, que es el otro el que tiene todo el valor, pero no sufre por ello y está contento de que sea así.
El muchacho que admira a Elvis Presley, a Joan Baez, a Madonna o a Prince, siente que hay una distancia infinita entre él y su ídolo. Ellos son superiores, extraordinarios, maravillosos. Pero, aunque disminuido, se siente enriquecido por ellos.
Una relación análoga se establece entre los discípulos y el jefe carismático. El jefe es infinitamente más inteligente, más valiente, más merito-
3 Sobre esta relación en el divismo, véase Edgar Morin: / divi, Milán, Garzanti, 1977 [Hay versión castellana: Las stars, Barcelona, Dopesa, 1972]; F. Alberoni: L’elite senza potere, Milán, Bompiani, 1973, y Cario Sartori: La fabbrica delle stelle, Milán, Mondadori, 1983.
rio que ellos. Lo quieren, lo admiran como una amante al amado. La relación con el jefe, la cercanía del jefe, son fuentes de alegría y un medio de elevación. El jefe es una puerta, un camino para autosuperarse y acercarse a los valores absolutos, a la perfección.
Este tipo de relaciones está caracterizado por una energía ascendente que tiende hacia el modelo como si tendiera hacia una perfección. Al pensar en su modelo, el sujeto se siente enriquecido de energía. Al identificarse con él logra participar de su fuerza, penetrar en el flujo positivo que lo arrastra.
Esta energía corresponde, en gran medida, a aquello que los griegos llamaban eros.* Es la atracción universal que mueve cada cosa hacia lo que es más elevado y más perfecto, hacia su modelo y, de modelo en modelo, hacia el modelo supremo, la divinidad. En el mundo griego el amor es un movimiento que va desde quien es inferior, el amante, hacia quien es superior, el amado. Del mismo modo, lo vacío se mueve hacia lo pleno, la ignorancia hacia el saber y hacia la virtud.
En este universo no hay lugar para la envidia. Cada diferencia positiva, cada diferencia de más, pone en movimiento el deseo de ser como el otro, de ascender hasta él. Incluso podemos imaginar muchas personas que corren una carrera
4 Sobre el concepto griego y cristiano de amor (eros y ágape), véase Anders Nygren: Eros e ágape, Bolonia, II Mu-lino, 1971. [Hay versión castellana: Eros y ágape, Barcelona, Sagitario, 1969.]
para acercarse a su modelo común, atraídas todas ellas positivamente por su perfección.
La envidia no es la continuación de este movimiento. Es su interrupción, su inversión. La envidia nace de una catástrofe del movimiento ascendente, de una catástrofe del eros.
No existe ninguna razón interna que transforme la identificación adoradora en rivalidad envidiosa. Los muchachos pueden continuar admirando a su ídolo o abandonarlo por otro. Del mismo modo en que pueden experimentar varias veces el sentimiento de amistad o violentas pasiones eróticas, sin que aparezca nunca un rastro de envidia.
La envidia, en cambio, puede manifestarse, obstinadamente, en los bancos de la escuela, por alguien que logra mejores resultados que los demás, el mejor alumno de la clase, alguien a quien los demás no querían particularmente. Es verdad que los compañeros se sienten atraídos, sienten admiración por él, pero entre ellos se establece una relación cualitativamente diferente de la anterior, podríamos decir, opuesta.
Mientras el éxito y la riqueza del divo preferido enriquece al joven, el éxito del primero de la clase lo bloquea. Mientras la excelencia del divo lo llena, la de su compañero, lo vacía. Cuando hace la comparación y se da cuenta de que su ídolo es infinitamente superior a él, se siente feliz; cuando se compara con su compañero, se siente aniquilado. Porque se separa de él, porque está obligado a ocuparse de sí mismo, a colocarse a sí mismo en primer plano, a escogerse a sí mismo, en lugar de al otro.
En la confrontación con el divo, su ser fluye en el otro, se reconoce en la plenitud del ser ajeno. Y, al idealizar al divo, se enriquece, porque no hay una separación entre ambos. No existe un sí mismo que deba conquistarse un lugar en el mundo, que deba ganarse un reconocimiento de valor. La relación con el ídolo es la continuación o la réplica de la relación con la madre y con el padre, con la familia, con el grupo. Objetos de amor y de identificación que se absorben. Grandes objetos de amor y de valor, entre los cuales el joven encuentra su propio sentido y su propio valor. Si crece la potencia de ellos, crece también la propia, porque ellos están en su interior, son una parte constitutiva de él.
Cuando hay envidia, en cambio, esta relación se derrumba, queda interrumpida. La envidia hace su aparición cuando se produce la separación entre nosotros y el otro. Cuando ya nadie puede tomar nuestro lugar e incluirnos en él. En la medida en que esto es posible, en la medida en que un gran objeto de amor y de identificación (dentro del cual y a través del cual encontramos nuestra sustancia de ser, nuestro valor) la envidia no es posible. La envidia se manifiesta cuando esta participación se interrumpe. Por eso ella es la expresión de la escisión del individuo, más bien de su deserción, de su expulsión, que lo convierte en una entidad aislada, en desesperada busca de su sustancia, de su fundamento, de su valor. Ahora ya no encuentra en el otro la puerta, el sendero para alcanzar una entidad autosufi-ciente que se funda a sí misma, invita y acoge, sino que encuentra la señal de un límite. El otro señala la barrera insuperable que no permite alcanzar la región del valor, que está más allá, inaccesible. El otro es parte de uno mismo, está animado por la misma sustancia, participa del mundo de los valores, pero constituye la barrera frente al sujeto que queda condenado a permanecer de este lado de la fractura o la muralla que se ha creado.
Por consiguiente la experiencia de la envidia es la vivencia de una pérdida esencial y el angustioso descubrimiento intolerable del sí mismo separado y carente de valor. Del sí mismo en el exilio, en inútil espera frente a la puerta cerrada del ser.
A través de la experiencia de la envidia, el sujeto comprende que ya nada le será dado, que todo deberá ser obtenido, mendigado o conquistado. Porque esa puerta podrá reabrirse, pero seguirá siendo siempre un límite mirado y vigilado, siempre dispuesto a volver a cerrarse siguiendo leyes desconocidas, complejas, engañosas, que hay que descifrar. Y adquiere la experiencia de que para lograr su propio fundamento debe depender del arbitrio de los demás, de sus juicios despiadados.