A quién envidiamos
Con frecuencia no reflexionamos sobre el hecho de que nuestros deseos, incluso los más íntimos, han sido aprendidos. Nos parecen la parte más espontánea, surgida más naturalmente de nosotros mismos. Como si brotaran, sin motivo, de nuestra individualidad. En realidad, los aprendemos de los demás, desde la primera infancia y luego, poco a poco, en el transcurso de la vida mediante dos mecanismos fundamentales: la identificación y la indicación.
Veamos cómo opera el mecanismo de la identificación en los niños pequeños. Imaginemos a dos niños, dos hermanitos. Le damos un juguete a uno. El otro, casi inmediatamente querrá quitárselo o querrá uno idéntico. El hecho de que el otro tenga en sus manos un objeto, suscita su deseo. El que no ha recibido el juguete se coloca idealmente en lugar del otro y desea ser como él, hacer lo que hace él, y poseer lo que él posee.
El segundo mecanismo es la indicación. Nuestros padres, nuestros maestros, la televisión, y otros personajes significativos nos indican qué tiene valor, qué es importante, qué vale la pena desear y qué debe evitarse.
Estamos siempre frente a un proceso doble. Por un lado se nos indica qué debemos querer, por el otro qué debemos evitar.
Todo el psicoanálisis se ha ocupado sobre todo de las metas prohibidas, inhibidas, de la sociedad. El niño, desde los primeros años de vida, aprende que ciertas cosas son buenas, aprobadas y apreciadas por todos, y que otras, en cambio, son malas, malvadas, feas. El depósito de esas prohibiciones infantiles constituye el superyó y produce, en la vida adulta, sentimientos de culpa angustiantes y aparentemente sin causa.
El proceso de aprendizaje de lo que está socialmente prohibido continúa, sin embargo, ininterrumpidamente. En determinado momento las órdenes explícitas, las prohibiciones manifiestas cesan. Colocados frente a la posibilidad de hacer un mal a quien amamos, nosotros mismos nos ponemos límites, juzgamos y frenamos nuestros deseos. Si violamos estos límites, experimentamos un intenso sentimiento de culpabilidad.
En cambio cuando la inhibición de estos deseos depende del control social, nos frena la vergüenza. No queremos que se nos descubra haciendo algo prohibido, como un niño que es sorprendido con la mano en el tarro de la mermelada.
Luego está toda la clase de deseos a los cuales aprendemos a renunciar porque están más allá de nuestras posibilidades. Algunos los aprendemos desde la infancia, otros los seguimos aprendiendo continuamente, con frecuencia, por el método de prueba y error.
Renunciamos a muchos deseos y aspiraciones con desgano y sólo después de haberlos cultivado largamente en nuestro corazón, esperando poder satisfacerlos algún día. Pensamos en muchos de ellos únicamente en forma de fantasías, de sueños con los ojos abiertos, o réveries realizadas durante la duermevela, o cuando no logramos dormirnos por la noche. Hemos vivido otros solamente a través de un tercero, identificándonos con los personajes de una película, de una novela, participando, gracias a la magia del arte, de sus vidas, de sus alegrías. Hemos experimentado otros, en cambio, leyendo las biografías de los grandes personajes históricos, de personajes célebres.
Habitualmente este mundo de deseos se organiza alrededor de algunos modelos ideales, sólo parcialmente conscientes, a los cuales corresponden personajes en los cuales nos reconocemos, personajes que admiramos y emulamos.
Estos modelos están más allá de lo que nosotros consideramos que podemos realizar en nuestra vida cotidiana. Si alguien nos pregunta: “¿Realmente esperas ser como él?”, respondemos con humildad: “Es verdad que me gustaría, pero no soy capaz”. Es la relación que tienen los jóvenes con su cantante favorito, los deportistas, con los grandes campeones del deporte. Pero a todos les ha ocurrido admirar profundamente a una persona, considerarla un modelo ideal y, precisamente por esto, inalcanzable.
Sin embargo, algo de ese modelo se filtra en nuestra vida. Constituye una guía, indica una dirección, un camino. Con frecuencia pensamos en él a fin de decidir cómo comportarnos en circunstancias difíciles. Volvemos a pensar en él cuando tenemos un éxito. Entonces sentimos como si hubiéramos dado un pasito en su dirección. En nuestra fantasía, por un momento nos sentimos en lo alto, a su lado.
Tenemos entonces en nuestro ánimo, una multitud de sueños, de esperanzas, de aspiraciones que permanecen en estado potencial o que inhibimos con prepotencia porque los consideramos irrealizables. Pero existen y están continuamente a la espera de poder reanimarse, de poder satisfacerse. La envidia tiene mucho que hacer con este depósito de “sueños prohibidos” y se enciende cuando un acontecimiento externo debilita nuestra vigilancia, nos hace entrever la posibilidad de satisfacerlos, de volver a ponerlos en movimiento.
¿Qué o quién tiene la mayor probabilidad de reanimarlos, de hacérnoslos desear nuevamente? El hecho de que alguien como nosotros, parecido a nosotros, haya logrado realizarlos. Alguien con quien podemos identificarnos, pero que ha tenido éxito en lo que nosotros hemos fracasado, o en aquello a lo que habíamos renunciado. Alguien que, siendo al principio como nosotros, se transformó en lo que nosotros hubiéramos querido ser, pudo obtener lo que nosotros hubiéramos querido tener.
Esta ley fundamental fue descubierta y redescubierta por todos aquellos que se ocuparon de la envidia, empezando por Aristóteles. El gran filósofo griego escribe en la Retórica: “Envidiamos a las personas que están cerca, en el tiempo, en el espacio, en la edad, en la reputación (y en el nacimiento)”.1 Es decir, a las personas que tienen más o menos los mismos deseos y las mismas posibilidades. El muchacho envidia al hermano que ha recibido un regalo que no le han dado a él. La muchacha envidia a la amiga que asistió a un baile al que ella no fue invitada. Ambos desean algo que razonablemente podrían imaginar obtener.2
Vecindad, en este sentido, significa semejanza en la posición social, en los deseos, en los gustos, en las aspiraciones, en los sueños, en las posibilidades. Pero también equivale a decir conocimiento, directo o indirecto, contacto, información. Las mismas idénticas condiciones sobre cu-
1 Aristóteles: Retórica, op. cit.
2 El efecto demostrativo que está en la base de la teoría
del consumo de Modigliani y Duesenberry establece que la
propensión al consumo es proporcional al número de las ex
posiciones de ejemplos de consumo concretos. Por lo tanto,
alcanza el máximo entre vecinos, en la misma franja de po
der adquisitivo o en los límites entre dos franjas. Véase J. S.
Duesenberry: Income, Saving and the Theory of Consumer
Behavior, Harvard University Press, Cambridge, 1949.
También la teoría sociológica de la privación relativa y de los grupos de referencia alcanza resultados análogos. La confrontación requiere la existencia de contactos o de informaciones, y por consiguiente es siempre una función de la proximidad social. Véase W. G. Runciman: Ineguaglianza e coscienza sociale, Turín, Einaudi, 1972.
ya base hemos aprendido nuestros deseos. Mirando al hermano, al vecino, a quien tiene una actividad comparable con la nuestra, ingresos no muy superiores a los nuestros, aprendemos qué desear. Si veo pasar frente a mí un nuevo y maravilloso automóvil, puedo experimentar estupor y admiración, pero no el inmediato y acuciante deseo de poseerlo. Si, en cambio, veo volver a su casa a un colega de mi oficina con ese automóvil, voy a mirarlo de cerca, le pregunto cuánto cuesta y comienzo a desearlo yo también.
Si la persona tiene muchas similitudes conmigo me identifico inmediatamente con ella y asumo su deseo como si fuera el mío. Entre semejantes no es necesario que se indique expresamente el valor del objeto. No es necesario que alguien me haga una lista de las ventajas o el prestigio o las posibilidades que me procuraría ese objeto. Lo intuyo inmediatamente.
Todo esto ocurre antes de que yo haya tenido tiempo de pensar en los beneficios que él obtiene y en los que yo, comparativamente, no tengo. Es una impresión inmediata de disminución de ser, de esencia, de valor. Ni siquiera puedo decir que haya disminuido mi autoestima; me siento empequeñecido, carente, incompleto. Su plenitud ha creado en mí un vacío. Ese vacío es la envidia.
Mientras tanto él cambia de aspecto. A mis ojos, aparece más alto, más hermoso, más seguro, más fuerte. Tengo la impresión de descubrir sólo ahora su realidad. Y me doy cuenta de hasta qué punto esa persona resulta agradable y deseable para sus parientes, sus colegas, las mujeres, el mundo entero. En él y a través de él entreveo una posibilidad de beatitud y de felicidad olímpica, perfecta, de la que ignoraba la existencia.
Llegado a este punto ya ni siquiera puedo decir que deseo aquel automóvil. Porque ahora están en juego otras cosas: yo mismo, lo que valgo, lo que soy capaz de hacer. El es más que yo. El vale y yo no. El automóvil fue el medio por el cual lo advertí. El automóvil puso de manifiesto una diferencia. Ahora esa diferencia me resulta insoportable.
Pero una diferencia excesiva entre él y yo atenúa el deseo, porque hace que la confrontación sea más difícil y le quita significación. Continuemos con nuestro ejemplo. Después de haber deseado el automóvil nuevo del vecino, me detengo a pensar en él. Lo conozco desde hace mucho tiempo, sé que siempre tuvo una pasión por los automóviles. La tuvo desde muy joven porque su padre era rico y porque a él le gustaba correr. Cada vez que hacía un buen negocio y tenía un poco de dinero, se compraba un coche deportivo. Incluso a costa de desangrarse, de renunciar a cosas que, a mi juicio, eran mucho más importantes.
Mientras hago estas reflexiones aquel automóvil deja de interesarme. En otras palabras, le “restituyo” su deseo, lo aparto de mí. Al reflexionar sobre su conducta, al interpretarlo, en lugar de acercarme a él, me alejo de él. Ahora, aquella adquisición me parece una extravagancia y ya no tengo deseos de imitarlo. Y ya no lo siento superior a mí. Dejó de serlo cuando yo recordé que tenemos gustos, mentalidades diferentes, cuando la adquisición del automóvil dejó de ser el símbolo de una capacidad, de una excelencia de él y, se convirtió, por el contrario, en un símbolo de sus caprichos. Por eso, el automóvil no me interesaba en sí mismo. Sino como elemento constitutivo de un valor. La envidia utiliza los objetos, pero tiene en la mira los valores. Quitada del medio la confrontación de valores, el objeto pierde importancia, ya no cuenta.
Por consiguiente, lo que cuenta en el conjunto de las relaciones sociales que mantenemos es el significado de aquel objeto. Detrás de la inmediatez de mi identificación y del deseo que surge, asoma un tejido social compacto, en el cual nos movemos tanto yo mismo como mi modelo, un corredor estrecho, más allá del cual nos perdemos de vista y dejamos de reconocernos.
Dos vecinos, dos colegas, o bien dos periodistas que trabajan en el mismo periódico, dos médicos que están en el mismo hospital, tienden también a definirse a sí mismos y su propio valor de análoga manera. Se espera de ellos que tengan aspiraciones semejantes, conductas semejantes, modelos morales semejantes, que sus acciones tengan los mismos significados. Todos estos elementos entran en la constitución de su papel social y, una vez internalizados, se convierten en piedras constitutivas de sus identidades personales. La diferencia que pone en movimiento el deseo espasmódico y la envidia es, por consiguiente, algo que influye en la idea que ellos tienen de sí mismos, la manera en que ellos se definen y se diferencian de los demás, la manera en que se reconocen.3
La envidia estalla cuando, en este tejido homogéneo, habitual, conocido, familiar, aparece una diferencia inesperada y, sin embargo, posible, imprevista y, sin embargo, predecible. Como cuando un auto de cilindrada similar a la del tuyo se te adelanta en la autopista. Si te supera un auto de carrera lo consideras natural, si se trata de un automóvil desvencijado, que lo hace a duras penas y a los sacudones, te ríes. El acto te afecta cuando lo realiza alguien que es más o menos como tú, pero que se manifiesta superior.
Es pues la violación de una disposición considerada estable, la creación de un desequilibrio en un lugar donde todo debía permanecer como estaba, la irrupción de una diferencia donde se esperaba lo idéntico. Es una perturbación de la estabilidad del sí mismo, de su tendencia a vivir inmóvil en un ambiente inmóvil. Por lo menos, en el ambiente inmediato de la persona, aquel frente al cual hemos desarrollado particulares defensas, con el cual estamos siempre dispuestos a identifi-
3 Encontramos una hermosa descripción de la forma de envidia que se constituye dentro de las diferentes profesiones en Eugéne Raiga: L’envie, París, Alean, 1932. Raiga pone de manifiesto que la envidia es particularmente virulenta entre los abogados y algo menos entre los médicos, porque éstos están subdivididos en numerosas especializaciones. En general, la multiplicación de la división del trabajo en el mundo moderno tiende a reducir las confrontaciones envidiosas.
Carlos, porque, como nosotros mismos, es constitutivo de nuestra identidad.
La envidia se desencadena cuando resulta perturbada esta zona protegida, esta zona sustraída a las tentaciones más peligrosas, esta zona de refugio, defendida por una barrera de renunciamiento y de prohibiciones.
La envidia nace de una herida en esta epidermis social que se extiende, que se desgarra y deja que irrumpan lo infinitamente deseable y la confrontación imposible. Se agolpan entonces en esta herida todos los sueños prohibidos, todas las esperanzas reprimidas, pero solamente para provocar una derrota, para revelar una impotencia.
A quién envidiamos
Published on Marzo 9, 2008
in El sentido de la vida.
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