¿Fuerza conservadora o fuerza revolucionaria?

¿Fuerza conservadora o fuerza revolucionaria?
1) Envidia y movimientos
Muchos son los que han intentado encontrar una función social a la envidia, asignarle un papel importante en la historia, en el desarrollo de la civilización. Alguien, como vimos, la colocó en la base de la idea de igualdad y de justicia. Pero esta tesis no es sostenible. Después de un largo examen nos vimos obligados a reconocer que el sentido de justicia tiene un origen independiente.
Examinemos ahora la tesis, también difusa, según la cual la envidia es una fuerza perturbadora, revolucionaria. Es lo que sostiene Schoeck.1 Según él la envidia se mueve desde lo bajo hacia lo alto: es la mirada de odio, que dirige el inferior hacia el superior, el pobre hacia el rico. Es un deseo impotente, lleno de rencor, pero siempre dispuesto a estallar cuando las circunstancias maduran, cuando se le presenta la ocasión.
Es la fuerza que amenaza a toda sociedad
1 H. Schoeck: L’invidia e la societá, op. cit.
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estratificada y jerarquizada desde su interior, porque odia la diferencia y la superioridad, y no tiene paz hasta que no la destruye. Los hombres soportan la superioridad, pero la detestan. Soportan la jerarquía pero la combaten, soportan el poder, pero se oponen a él. Si lo aceptan, si obedecen, sólo es porque han sido vencidos, doblegados, obligados a la impotencia por el miedo.
A este miedo impotente, a este deseo bañado de rencor, a ese arrastrarse por tierra como serpientes esperando el momento de morder, Nietzsche lo llamó el resentimiento. Que es una envidia exasperada por la humillación, macerada en la injusticia, convertida en avidez de venganza.2
Para Marx la historia ha sido siempre lucha de clases. Lucha por apropiarse del superávit generado por el sistema económico. Los ricos, los hermosos, los poderosos, los felices, los veraces, los aristocráticos admirados por Nietzsche, lograron arrancar a los demás, a todos los demás, el fruto de su trabajo y acumularlo, transformarlo en medios de producción para disfrutarlo mejor, en poder armado para oprimir a los demás, en leyes para dirigirlos, en religiones, para convencerlos de seguir siendo buenos, para adormecerlos.
Pero cada vez, la comparación hace renacer el deseo y la lucha vuelve a comenzar. Basta que se debilite el poder de la clase dominante, que se resquebraje su carácter compacto, para que la clase oprimida se rebele.
Esta idea, de que existe un río de envidia
2 Véase el capítulo 15, “La provocación“.
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subterránea que mina a la sociedad y que, como la lava de un volcán, estalla periódicamente y destruye los valores dominantes y el orden social, es fascinante, pero errada, absolutamente insostenible.
La envidia individual no es una fuerza revolucionaria sino una fuerza conservadora. El verdadero envidioso tiende únicamente a conservar su privilegio y a adquirir uno nuevo. Un millón de envidiosos no modifican la situación. Cada uno mira a su vecino, y éste a su vecino, en una cadena sin fin. Ibdos critican los criterios de justicia, no porque tengan criterios superiores, sino porque esperan obtener una ventaja personal. Los envidiosos no son un ejército en marcha hacia una meta, son un conjunto de personas inquietas, que se escrutan continuamente, que se estimulan, que se confunden recíprocamente, que se insultan para disminuir su desasosiego.
La envidia es la cara negativa del deseo. Cuando otro que se encuentra en una posición similar a la nuestra y con nuestras mismas posibilidades, obtiene algo preciado, nos sentimos inclinados a quitárselo. Ocurre como en una carrera de bicicletas. El grupo avanza compacto hasta que un corredor, imprevistamente, acelera y toma la delantera. Los primeros del grupo se lanzan a seguirlo. Pero no para superarlo, para correr hacia la llegada. Antes bien para reabsorberlo en el grupo, para evitar que tome ventaja.
La envidia es el gran mecanismo que frena, que reabsorbe a todos aquellos que quieren so-
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resalir, destacarse. Los que actúan son los vecinos, los pares, los que tienen las mismas posibilidades. En la pirámide social, cada nivel trata de retener a los suyos, a fin de evitar que asciendan al nivel siguiente. Y lo mismo ocurre en cada agrupación social, desde la familia a las empresas, a la iglesia, al partido. Desde el punto de vista social, la envidia es un mecanismo de inercia, que tiende a conservar la estructura tal como está, inmóvil.
La envidia constituye la resistencia de fondo, biológica, primordial, que oponen los individuos, en toda sociedad, a quien intenta elevarse más alto que ellos. Todos los seres vivientes se aplastan unos a otros para afirmarse, para vivir, para difundir los propios genes, o en el caso de los hombres, su influencia, sus ideas, sus creaciones. Y contra uno que quiere sobresalir están todos los demás que le ponen obstáculos, que lo retienen, que lo aprisionan.
Este proceso existe mucho antes de hacerse consciente, en la maraña competitiva de las raíces de las plantas de una selva, o en el aferrarse espasmódico de las plantas trepadoras, en la defensa universal que cada animal hace de su territorio. Y lo encontramos, en otra forma, hasta en el nivel inorgánico. En física, la inercia, que influye en el movimiento de los cuerpos, en electricidad, la resistencia, que impide el flujo de la corriente eléctrica.
Si alguien quiere defender la idea de que en la base de cada revolución está la envidia, debe añadir que para convertirse en fuerza colectiva,
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en ideología movilizadora, esta fuerza de freno debe convertirse en algo completamente diferente, sufrir una metamorfosis radical.3
Los movimientos surgen habitualmente como consecuencia de un proceso de desarrollo económico que hace aparecer nuevas formas de riqueza y de poder. En la ciudad griega, una burguesía y un artesanado ciudadano, a mitad de camino entre los eupátridas, los señores de la tierra y los campesinos. En el estado-ciudad medieval italiano, una “clase media”, situada entre los señores feudales y los siervos de la gleba. En las revoluciones industrial, un proletariado, una pequeña y una gran burguesía, colocada entre los campesinos y los nobles.
Estas nuevas clases deseaban ávidamente alcanzar a las superiores, mientras, al mismo, tiempo, se convertían en objeto de imitación, emulación y envidia, de aquellas confinadas en el nivel inferior.
Ahora la sociedad se ha hecho más dinámica porque aumentan los deseos, las esperanzas, las aspiraciones de todos. Este proceso ha sido llamado “revolución de las expectativas crecientes”.
Por eso, dinamismo social y envidia siempre crecen juntos. Un gran número de personas comienzan a querer más, a compararse con el que es más rico y poderoso, a sufrir porque no puede alcanzar sus mismos resultados. Comienza a pre-
3 Véase G. di Paria: L’invidia e il risentimento nella ge-nesi dei valori, en G. Pietropolli Charmet y M. Cecconi (comps.): L’invidia, op. cit., págs. 91-102.
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guntarse también si el orden social es justo, si los privilegios consolidados son realmente legítimos. Estos lamentos, estas dudas, son al principio aislados y, como tales, impotentes.
Pero lo que no logra el individuo aislado, lo 1ogra el movimiento. El movimiento, mediante una experiencia particular que hemos llamado estado naciente,4 pone radicalmente en tela de juicio el orden existente. Y se hace la pregunta crucial, esencial: “¿Por qué las cosas son como son? ¿Por qué las relaciones sociales son así y no de otro modo?” Con esta pregunta sacude en su base el fundamento de legitimidad de las diferencias existentes y transforma lo que hasta un instante antes eran deseos, en derechos, en aspiraciones colectivas legítimas.
Se tiene éxito al crear una nueva solidaridad colectiva, un nosotros, que da voz a la aspiración de justicia y de igualdad. En su interior se vive una extraordinaria experiencia de fraternidad y un gran deseo de igualdad.
Además, el movimiento, crea una polaridad, distingue claramente entre nosotros y ellos, entre amigos y enemigos. Quienes participan del movimiento constituyen un campo de solidaridad, se sienten solidarios. Las diferencias pierden importancia, todos se ayudan, se prodigan en la tarea colectiva. Desaparecen así la competencia recíproca y la envidia. La agresividad se vuelve contra el adversario.
Por eso, el movimiento colectivo, tiene la
4 F. Alberoni, Genesi, op. cit. 192

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propiedad de desviar la agresividad individual de los vecinos y de los parecidos, y dirigirla contra un enemigo colectivo. Reduce la envidia dentro de la comunidad y la transforma en u: sentimiento de justicia. Le confiere la consagración de la legitimidad.
Este tipo de legitimidad continúa siendo parcial. Es la legitimidad desde el punto de vista de uno de los contendientes * de la lucha. El principio fundamental de Rawls, según el cual cada uno debe establecer los criterios de justicia sin saber cuál es su posición, se aplica sólo en el interior de la comunidad de los hermanos. Pero nunca respecto del enemigo.
Llamaremos ideológico a este sentimiento de justicia unilateral, que no hace ningún intento por evadirse de su posición parcial.
El movimiento, con su elaboración ideológica, hace aparecer sentimientos típicos de los estados convulsionados y revolucionarios. Con frecuencia se oye decir que antes de la Revolución Francesa el pueblo envidiaba a los nobles y a la rica burguesía. En realidad eso no es verdad. Los nobles se envidiaban entre ellos, la rica burguesía envidiaba a los nobles, la pequeña burguesía envidiaba a la grande, mientras que los campesinos envidiaban a aquellos que estaban apenas un poco por encima de ellos. El deseo y la envidia se activaban en las fronteras entre clases.
Fue durante la revolución y no antes cuando comenzaron a considerarse intolerables las diferencias sociales, aun las más pequeñas. Fue durante la revolución cuando estalló el odio contra
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la aristocracia, odio que llevó a las masas a la plaza para ver guillotinar a los señores de la nobleza. Antes les tenían admiración y respeto. Para que pudiese aparecer el odio era necesario que se difundiera la ideología, igualitaria, que la agresividad encontrara una justificación ideológica.
Lo mismo ocurrió en la relación entre proletariado y burguesía. El obrero no estaba en condiciones de envidiar al rico burgués. Le temía, lo admiraba, incluso si ocasionalmente experimentaba impulsos de odio. Fue solo el movimiento organizado de los trabajadores quien le indicó a la burguesía como enemigo, como causa de sus males. Mediante el concepto de aumento de trabajo y de explotación de la plusvalía, se convenció de que la riqueza del burgués era el resultado de un robo realizado a sus expensas.
Llegado a este punto, dejó de sentir simple envidia. Su sentimiento se transformó en indignación, cólera, odio. Ocurrió la metamorfosis.
Podemos concluir diciendo que las ideologías envidiosas utilizan la energía deseosa que nace de la comparación con el otro y la agresividad de la frustración, sentimientos que, generalmente, están en la base de la envidia y que engendran odio contra un enemigo. Una vez lograda la metamorfosis, la envidia desaparece y da lugar a su equivalente colectivo, el odió de clase, el odio racial, el odio religioso o político.
Estos sentimientos, a pesar de nacer de las mismas fuentes de la envidia, ya no son envidia. La envidia individual está inundada de dudas, es
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una lucha contra uno mismo y contra los demás. El envidioso es también un personaje vacilante. En cambio el militante fanático no tiene dudas, combate por una causa que considera justa y no se plantea problemas de este género.
2) Resentimiento y envidia colectiva
También el resentimiento de que hablan Nietzsche y Max Scheler,5 es decir, la mezcla de envidia, odio y deseo de venganza, tiene una naturaleza colectiva. Para que nazca, es necesario que se haya constituido algún tipo de conciencia del nosotros, contrapuesto al ellos. Esto, como vimos en las páginas anteriores, es el producto de los movimientos. El error de Nietzsche y de Scheler consiste en suponer que el resentimiento existe antes que el movimiento, antes que la colectividad. El error de Marx consiste en suponer que el odio de clase aparece antes que la clase misma, esto es, antes que los movimientos de los cuales surge la conciencia de clase, el sentido de pertenecer a una determinada clase y la identificación de la clase adversaria.
Pero, una vez desarrollado este proceso, una vez que se establece que de un lado estamos nosotros y del otro ellos, la envidia, el odio y el deseo de venganza encuentran un objeto común. Los pobres, los miserables, los oprimidos, pueden
5 Max Scheler, II risentimento nella edificazione nella morale, Milán, Vita e Pensiero, 1975.
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mirar con odio a los ricos, a los felices, a los poderosos. Pueden desear tanto la ruina personal como la ruina colectiva de ellos.
Porque ésta es una característica del resentimiento, como lo es del odio de clases o del odio racial. Que se dirige a todo un grupo, pero también a cada miembro individual de ese grupo. El antisemita odia a todos los judíos, y también al individuo judío. El marxista convencido odia al capitalismo como clase, pero también al individuo capitalista que tiene frente a sí.
Pero el odio contra un grupo no es una suma de los odios individuales. Ambos nacen de una elaboración que produce, simultáneamente, los dos objetos.
Esta es la clase de resentimiento que experimentaban los negros americanos liberados de la esclavitud pero que continuaban siendo discriminados socialmente. Es el que experimentan los negros de Sudáfrica, la única población de color que vive todavía bajo la dominación blanca; o el que sienten los árabes musulmanes respecto de Europa y de los europeos. Porque alguna vez tuvieron una gran civilización, y ahora deben asistir impotentes al triunfo de los infieles.
Nietzsche tenía razón cuando hablaba del resentimiento de los judíos que, como pueblo, se consideraban elegidos por Dios y, sin embargo, debían sufrir la vejación y el desprecio de los cristianos.
Hoy, el resentimiento es una característica ampliamente difundida en todos los pueblos del Tercer Mundo. Dondequiera que haya habido fases de occidentalización seguidas por movimien-
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tos nacionalistas de reacción,6 intentos de expulsar los valores occidentales, y luego nuevos períodos de acercamiento.
Este proceso de aculturación y de rechazo, de admiración y de denigración, de atracción y de odio no sólo conduce al resentimiento sino también, precisamente por su complejidad y su ambivalencia, a la envidia colectiva que se diferencia del resentimiento por una “ambivalencia mayor, una admiración más intensa y una experiencia subjetiva de mala fe.
Después de la invasión iraquí a Kuwait, miles de jordanos manifestaron contra la embajada norteamericana pidiendo la Guerra Santa y la destrucción del Satanás occidental. Mientras tanto, algunos de ellos estaban haciendo los trámites para emigrar a los Estados Unidos y se hubieran sentido felices de ser aceptados aun a costa de volver como soldados al campo enemigo.
Estos despreciaban a los occidentales solamente porque, en su fuero íntimo, los consideraban superiores o temían que lo fuesen. Aplaudían al dictador Saddam Hussein no porque lo apreciaran, sino solamente porque era fuerte y podía hacerle un mal al odiado Occidente. Finalmente ensalzaban al Islam no porque fuesen piadosos musulmanes, sino únicamente para tener un valor, una bandera que alzar contra Occidente.
6 V. Lanternari: Movimenti di liberta e di salvezza dei popoli oppressi, Milán, Feltrinelli, 1962. [Hay versión en castellano: Movimientos religiosos de libertad y salvación, Barcelona, Seix Barral, 1965.] Sobre el mismo tema, véase F. Alberoni: Consumí e societá, Bolonia, II Mulino, 1963.
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Por eso es un proceso ambiguo, hecho de avances y de retiradas, de argumentaciones capciosas, de histerismos cultivados, de hipocresía, de mala fe.
Por eso, la envidia colectiva y el resentimiento son similares, pero no deben confundirse. El resentimiento es un estado de odio, de rencor, de deseo de venganza crónico. Un estado mental permanente, el prolongado deseo de apropiarse de los bienes de los demás y arrancarlos de sus manos, de ver sufrir al enemigo. Cuando existe resentimiento, no hay dudas, ni existe el tormento de la mala fe, ni el deseo espasmódico de ser como el otro, ni la disposición a traicionar que caracterizan a la envidia. El resentimiento es más ideológico, más radical, más seguro de sí mismo, más firmemente fanático. La envidia colectiva, en cambio, está principalmente centrada en el individuo, más entrelazada con la ambición personal, más dispuesta a traicionar, a cambiar de bandera.
La envidia colectiva nace en situaciones de fracaso repetido, de ambivalencia crónica, de relaciones prolongadas, ambiguas entre una civilización superior y una inferior, relaciones en las cuales la civilización inferior no logra colocarse de manera estable de un lado o del otro, no consigue ni continuar siendo ella misma hasta lo más profundo, ni cambiar y transformarse en algo semejante a su modelo. El trabajo de la envidia, que en este caso es tanto quejido individual como ideología colectiva, adquiere con frecuencia las características
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de un rencor atormentado, malsano y envenenado.7
Entonces, la aparición de un movimiento agresivo nucleado alrededor de algún líder fanático constituye una terapia, o también únicamente un alivio momentáneo de este sufrimiento envidioso, que lo transforma en entusiasmo, en resentimiento, en odio.
Basándonos en todo lo que dijimos, podemos llegar a la conclusión de que tanto el resentimiento como la envidia colectiva están destinados a acrecentarse en un futuro próximo. En realidad, el mundo está netamente dividido entre países ricos y Tercer Mundo, un inmenso proletariado externo8 que tiene pocas posibilidades de mejorar, pero que, con los medios de comunicación social y con la emigración, está firmemente expuesto al efecto demostrativo de los países dominantes. Por eso se verifica en escala planetaria la situación que describimos respecto de los negros de los Estados Unidos, de los de Sudáfrica o respecto de los países árabes. Profundas ambivalencias, movimientos nacionalistas y fases de occidentalización. Por consiguiente, una profunda, prolongada ambivalencia. Por consiguiente, resentimiento o envidia colectiva que, periódicamente dan lugar a movimientos, a recomposiciones solidarias, a la formación de regímenes antioccidentales y seguidamente, a estados de guerra.
7 Esta experiencia fue dramáticamente descrita por F.
Fanón: / dannati della térra, Turín, Einaudi, 1962.
8 La expresión pertenece a Arnold Toynbee: El estudio
de la Historia, Emecé, Buenos Aires, 1962.